– Xía, despierta. – Hmm… – Despierta ya, que vamos a visitar a la abuela. – Déjame… – Muy bien, tú lo pediste. –Me cubro con las sabanas, para que, lo que sea que me esté molestando, me deje en paz. De repente, siento una presión a los laterales de mi cabeza, justo en mis odios. Y explota, figuradamente. – ¿¡Pero qué…!? –Me siento de un tirón en la cama, dando manotazos a los lados de mi cabeza para detener el ruido infernal– ¿¡Que mierda!? – Te dije que te levantaras. –Veo a mi hermano sentado en la silla con ruedas de mi escritorio, a un lado de mi cama. – ¿Qué demonios haces aquí? –Somnolienta, estiro mi brazo hasta llegar al borde de mi escritorio donde está mi despertador, lo tomo y lo veo: señala las 8:15 am, y es domingo. – ¿¡Por qué mierda me despiertas a las ocho de la m

