CAPÍTULO 1: VOY A MATARLO

1638 Words
Un mes antes... —Esto es una mierda —se quejó Fabien mientras inclinaba la cabeza hacia un lado para que la maquillista que lo estaba atendiendo pudiera cubrir con una base especial el tatuaje que tenía en el cuello—. Detesto los días que tenemos que estar aquí, fingiendo ser perfectos muñequitos de porcelana. Angeline, su hermana mayor, se rio mientras bebía un trago de la copa de champán que tenía en una mano y, con todo el gusto del mundo, dejaba que otra maquillista cubriera la manga de tatuajes en su brazo. —¿De verdad no te gusta, hermanito? —preguntó Angeline—. A mí me parece divertido. —¿Qué tiene de divertido fingir ser algo que no somos? Y, además, fingir que somos unos malditos aburridos. Parezco un marica de p**o corto. —Oye —habló su madre llamando su atención—. Yo sé que no te gusta esto. Créeme, a mí tampoco me gustaba cuando estaba joven y me gustó menos luego de que huí y conocí a tu padre... —Qué suerte que conociste a mi padre y no terminaste casada con ese duque de pacotilla —comentó Angeline. —Duque p**o corto, princesita —dijo su padre y Angeline rio. —Malote —dijo Evangeline, dándole a su esposo una palmada en el brazo. —¿Qué? Es la verdad —dijo Fabien padre inclinándose hacia su esposa para darle un beso—. Tú sabes muy bien que ese muñequito de torta jamás te habría dado lo que yo te doy. Evangeline rio como una colegiala y le dio un beso a su esposo. —Eso lo tengo bastante claro, Malote. —Deberían buscar una habitación —les dijo Angeline—. Tienen suficiente tiempo para romancear antes de que comience el evento. Evangeline se separó de su esposo y miró a sus hijos. —Lo que quiero decir es que, por favor, necesito que me ayuden y me apoyen en esto poniendo todo de su parte para que la gala sea perfecta, ¿sí? Aunque no nos guste esto y prefiramos nuestros otros negocios y nuestra otra vida, recuerden que cuando mi padre murió hace años, todos decidimos seguir su legado y convertirnos en esto, así que pongan una sonrisa en sus caras y hagan su mejor esfuerzo para fingir que son los perfectos príncipes de Mónaco, ¿de acuerdo? —Tú sabes que yo no tengo ningún problema con eso, madre —dijo Angeline—. Yo sí me divierto con esto y me la paso bien fingiendo ser idiota. Su padre se rio. —Yo tampoco, Princesa —le dijo a su esposa, agarrando su mano para llevarla a sus labios, dejando un beso en ella—. Tú sabes que yo te apoyo en todo. Evangeline le sonrió a su esposo y luego miró a su hijo. —¿Y tú, Fabien? Fabien soltó un resoplido y asintió. —No te preocupes, madre. Te prometo hacer mi mejor esfuerzo. —Gracias, cariño —le agradeció Evangeline con una sonrisa que se esfumó cuando fue interrumpida por una de las personas del equipo de preparación que se acercó a mostrarle un vestido. —Su Majestad, ¿le parece bien este vestido? —le preguntó el hombre con una reverencia. —¿Qué te parece, Angeline? —Evangeline pidió la opinión de su hija. —Me parece perfecto para la ocasión, madre. A ti todo te queda fabuloso. Incluso enrollarte en papel periódico. —El papel periódico es fácil de quitar —dijo Fabien padre y Evangeline sacudió la cabeza y se dirigió al hombre. —Ese vestido está perfecto. A su alrededor, el salón era un caos perfectamente organizado. Estilistas iban y venían con prendas colgadas en percheros móviles, maquillistas intercambiaban brochas con rapidez y precisión, asistentes hablaban en voz baja mientras revisaban listas en tabletas. El sonido de telas deslizándose, tacones sobre el mármol y órdenes discretas llenaba el ambiente. Todo giraba en torno a ellos, como si fueran el centro de un escenario cuidadosamente orquestado. [...] Horas después, el salón principal del castillo brillaba. La gala se desplegaba en salones iluminados por enormes candelabros, donde el cristal y el oro reflejaban cada movimiento. Invitados vestidos con trajes impecables y vestidos de alta costura se deslizaban entre conversaciones superficiales, risas medidas y copas que nunca permanecían vacías demasiado tiempo. Fabien estaba sentado frente a la barra y le señaló su vaso al encargado de servirle tragos y bebidas a los invitados. Con una sonrisa cómplice, el hombre sacó la botella de Macallan que tenía escondida y que solamente le servía a los Lacroix, no la mierda suave que le servían a los otros invitados. Una vez que su vaso fue lleno, Fabien bebió un trago y se giró en su asiento. Observó alrededor con una mueca de fastidio. Nada en ese lugar le alegraba. Todos eran unos malditos aburridos. Miró a su hermana al otro lado del salón, sonriendo como una idiota mientras hablaba con un grupo de esas mujeres tontas y se preguntó cómo ella podía disfrutar de eso y de lucir como una vendedora de biblias elegante, cuando en ese mundo oscuro y peligroso en el que se movían ella era una de las mujeres más peligrosas de la organización. Como si lo hubiese escuchado, Angeline se disculpó con las mujeres del grupo y se acercó a él. Disimuladamente, le quitó el vaso de las manos y con rapidez bebió un trago antes de que alguno de los invitados la pudiera ver. —Necesito alcohol fuerte si quiero seguir soportando a esas idiotas —susurró Angeline, acomodándose el cabello detrás de los hombros y luego se ajustó las gafas falsas que usaba sobre el puente de la nariz—. No hablan de nada interesante. Puras tonterías. —No estás obligada a soportarlas —le dijo Fabien—. Haz como yo. Mantente alejada de ellas. —Yo no soy una amargada como tú. Además, tiene su lado divertido. —Pues solo tú lo ves, porque yo no lo veo. Y como no lo veo, esta farsa se acabó para mí por este día —dijo poniéndose en pie—. Dile a mamá que nos vemos mañana. —¿Te vas? —Sí. Iré a buscar algo más divertido que hacer. —Bien. Solo recuerda que no puedes mostrar tu otra identidad en la ciudad, porque si un paparazzi te ve... —No te preocupes. Lo tengo controlado, Lin. Mientras sigamos en Mónaco seguiré siendo el maldito Príncipe Fabien Lacroix-Chevillard Guillaume. Con eso, le hizo una ligera reverencia cargada de ironía y salió de allí, dispuesto a buscar algo de diversión. [...] Madeleine no debía estar allí. Lo sabía desde el momento en que cruzó la puerta de la discoteca. Las luces, la música, el ambiente cargado de energía… todo gritaba exceso, libertad, peligro. Y aun así, allí estaba. En Mónaco. En territorio enemigo. Juliette había insistido durante días. Se suponía que debían estar en Saint-Tropez, celebrando su graduación como correspondía: sol, playa, tranquilidad. Pero Juliette no había dejado de hablar de Mónaco, de sus casinos, de su vida nocturna, de sus discotecas y de lo mucho que quería venir. Y Madeleine había cedido. Ahora, mientras avanzaban entre la gente, solo esperaba que ni su madre ni su hermano llegaran a enterarse. Poner un pie en Mónaco no era solo una imprudencia. Era una prohibición. Observó el lugar con atención. Tenía que admitirlo: era impresionante. La música vibraba en cada rincón, las luces recorrían los cuerpos que se movían al ritmo, y el ambiente tenía algo adictivo. Se acercaron a la barra. —Dos cosmopolitan —pidió Juliette. Mientras esperaban, Madeleine se giró ligeramente, dejando que su mirada recorriera el lugar. Sintió el impulso inmediato de bailar, de dejarse llevar por el ritmo movido del lugar. Pero no lo hizo porque debían esperar las bebidas. Su atención siguió subiendo, más allá de la pista, hacia los balcones VIP. Y entonces lo vio. Un hombre de espaldas, apoyado en el barandal, hablando con otro. Rodeado de hermosas mujeres y de otros hombres. Algo en él le resultó familiar. Entrecerró los ojos, intentando distinguir mejor y en ese momento, él se giró. El reconocimiento fue instantáneo. Se trataba de Fabien Lacroix, el príncipe de Mónaco. El hijo de los malditos que habían destruido a su familia. Nunca lo había visto en persona, pero sabía que era él. El aire pareció desaparecer de sus pulmones. Toda la tensión se instaló en su cuerpo en un segundo. Sus músculos se endurecieron, su mandíbula se apretó, y una oleada de rabia le recorrió el pecho como fuego. Juliette la observó. —¿Qué te pasa? Madeleine no apartó la mirada. —Es él. —¿Quién? —Fabien Lacroix —respondió, con voz baja y cargada de veneno—. Está allí arriba. Juliette siguió su mirada. Lo vio. Y cuando volvió a mirar a Madeleine, su expresión había cambiado. —¿Quieres irte? —No. La respuesta fue inmediata. —¿Entonces qué vas a hacer? Madeleine guardó silencio. Sus ojos permanecieron fijos en él mientras su mente trabajaba con rapidez. Durante años había visto su rostro en imágenes, en noticias, en artículos. Durante años había alimentado el odio hacia ese apellido. Y ahora estaba allí. A unos metros. Al alcance. La decisión llegó sin previo aviso. —Ya sé lo que quiero hacer. Juliette frunció el ceño. —¿El qué? Madeleine sonrió. Una sonrisa que no tenía nada de inocente. Volvió a mirarlo, con determinación. —Voy a llamar su atención. —¿Su atención? ¿Para qué? Madeleine no dudó. —Voy a seducirlo para acercarme a él y ganarme su confianza… Hizo una pausa. —Y voy a matarlo.
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