Alya Fuentes La rosa azul de Ángel descansaba sobre la mesa, un recordatorio silencioso de que el mundo podía ser amable, pero el aire en este resort seguía oliendo a traición. Estaba por deshacerme del vestido, buscando el refugio de las sábanas para procesar todo lo que Ángel me había contado, cuando unos golpes violentos sacudieron la puerta. No eran golpes de cortesía. Eran golpes de posesión. Abrí la puerta con el corazón martilleando en mis oídos, asustada, esperando lo peor. Y lo peor estaba allí. Mateo se alzaba en el umbral como una sombra de tormenta. Tenía una ropa casual, el cabello desordenado y una expresión de furia tan pura que me hizo retroceder un paso. —¿Dónde demonios estabas? —su voz era un susurro gélido, pero cargado de veneno. —Fui a desayunar, Mateo.

