Mateo El silencio en el salón era tan espeso que podía sentirlo presionando mis sienes. Alya estaba sentada en el borde del sofá, con la mirada perdida en el vacío y las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos habían perdido todo rastro de color. No era la misma mujer que había salido de aquí hacía una hora; algo se había quebrado en su interior, o quizá, algo se había endurecido. Me acerqué con cautela, midiendo cada paso como si caminara sobre cristales rotos, temiendo que cualquier movimiento brusco la hiciera desvanecerse frente a mis ojos. Me senté a su lado, sintiendo el frío que emanaba de su cuerpo a pesar de la calefacción central de la casa. Su respiración era corta, superficial, como si le doliera inhalar el aire de la habitación. No dije nada al principio, simple

