Alya El sonido de la cerradura electrónica resonó en el pasillo como un disparo, recordándome que el tiempo de la tregua se había agotado. Mis manos, que hasta hace un segundo sostenían con delicadeza la taza de té de mi padre, empezaron a temblar de una manera casi imperceptible. Miré al hombre sentado frente a mi en la mesa de la cocina; se veía tan pequeño, tan frágil bajo la luz cálida de las lámparas de diseño que Mateo había elegido con tanto esmero. Me sentí invadida por una oleada de vergüenza punzante por haber traído todo este caos, todo este dolor acumulado durante décadas, al único lugar donde me sentía a salvo. —Él ya está aquí, papá —susurré, tratando de que mi voz no delatara el pánico que me trepaba por la garganta. Él asintió con una lentitud que me partió el alma, ende

