Alya Fuentes El aire en el salón de mi casa se sentía denso, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por plomo. Al entrar, lo primero que vi fue a mi madre; se lanzó hacia mí con un afecto que, en cualquier otra circunstancia, me habría parecido reconfortante, pero hoy se sentía como una red tratando de atraparme. —¡Alya, cariño! —exclamó, besando mis mejillas—. ¡Al fin llegas! Tenemos tantas cosas que organizar. Mis ojos se desviaron hacia la montaña de maletas que se alzaba junto a la entrada. Mis maletas. Mi ropa, mis libros, mis cosas personales estaban allí, amontonadas como si yo fuera una mercancía lista para ser trasladada. —¿Por qué mis cosas están empacadas, mamá? —pregunté, mi voz sonando mucho más firme de lo que me sentía por dentro. Ella me dedicó una sonris

