Alya Fuentes El silencio que siguió a mis palabras se sintió como el peso de una sentencia. Mateo me miraba con una fijeza que parecía querer atravesar mi cráneo y leer la verdad que el mensaje de Marcus acababa de confirmar. El risotto, la cena, los planes de mi madre... todo se desvaneció, dejando solo el eco de nuestros latidos en la inmensidad del penthouse. El aire entre nosotros estaba saturado de una electricidad estática, una tensión que ya no era solo sospecha, sino un deseo desesperado de encontrarnos en medio de tanto caos. Mateo dejó su copa de vino sobre la mesa con una lentitud deliberada. Sus ojos, oscuros como el café sin azúcar, no se apartaron de los míos. Se puso de pie y rodeando la isla de la cocina, se detuvo frente a mí. No hubo palabras, no hubo reclamos. Si

