Mateo Montes El trayecto de regreso a la mansión fue un ejercicio de contención absoluta. Olivia no dejaba de hablar, su voz era un zumbido irritante que rebotaba contra las ventanas del coche, una mezcla de indignación y planes de contingencia. Pero yo no la escuchaba. Mi mente estaba atrapada en el pasillo del hospital, reviviendo el momento en que Ángel recibió la bofetada y no dijo ni una sola palabra para desmentir la acusación. Aunque una parte de mí, la más pragmática y fría, sabía que el hecho de que Olivia se obsesionara con Ángel era una bendición un escudo de carne y hueso que me mantenía fuera del radar de sus sospechas, la otra parte, la que todavía sentía el calor de Alya en mis manos, se estaba pudriendo de celos. ¿Por qué Ángel no negó nada? ¿Por qué se quedó allí, fi

