Alya Fuentes Me quedé sentada en el suelo frío de mi habitación durante lo que parecieron horas, aunque el reloj apenas marcaba unos minutos. El eco de ese beso entre Mateo y mi madre seguía retumbando en mis oídos como una detonación. Sentía una náusea física, un nudo de hiel y fuego que me quemaba la garganta. La imagen de ellos dos, de sus cuerpos unidos frente a mi puerta, era la prueba final de mi propia degradación. —Ya basta —susurré, limpiándome las lágrimas con un movimiento violento de la mano. No podía quedarme ahí. No podía pasar una noche más bajo el mismo techo que ese monstruo que jugaba a dos bandas con una crueldad que me dejaba sin aliento. Me puse de pie con las piernas temblorosas y me vestí lo más rápido que pude. Me puse unos jeans, una blusa sencilla y tomé

