Camila se mordió el labio inferior y lo miró, arqueando una ceja. —Han pasado dos días desde que llegamos aquí y ni siquiera he podido mirar a mi alrededor. Es una gran pérdida de dinero —dijo, parpadeando. Alexander levantó ligeramente la comisura de los labios. —Es mi dinero. No me estoy quejando —respondió, cruzándose de brazos. Camila ya estaba cansada de toda esa charla. Frunció el ceño. —¿Puedes continuar con lo que estabas haciendo? —señaló el escritorio lleno de documentos—. No me gusta quedarme quieta; el aburrimiento no corre por mis venas. Abrió la puerta de la habitación para irse, pero se detuvo un momento y lo miró por encima del hombro. —Y una cosa más: no eres mi dueño —dijo con frialdad antes de salir de la habitación y del hotel. Alexander se pasó las manos por el

