—Alexander… —¿Terminaste? ¿Puedo irme ahora? —preguntó él mientras se ajustaba la corbata frente al espejo. —No. —Quiero ir. Ya terminé todo aquí —suplicó Alexander, mirando alrededor de su solitaria habitación. —¿No tienes nada que hacer en el trabajo hoy? —preguntó Renata. —Cancelé toda mi agenda. —No tienes que hacerlo. —Claro que sí. Eres mi prioridad. La voz de Alexander fue firme, y eso hizo que Renata sonriera. —Entonces arréglate rápido. Estaré allí en treinta minutos. —Está bien. —Te amo. —Yo también te amo. Alexander colgó la llamada. Abbey, que estaba junto a Renata, la miró con una sonrisa divertida. —Mírate… ya estás sonrojándote. Renata se cubrió las mejillas con ambas manos. —¿En serio? Se sentó frente al espejo y comenzó a maquillarse. Abbey se acercó y s

