Aunque sabía que su hermano no era así, ese era el único escenario que podía imaginar desde que lo había visto tan deprimido estos días.
—Oye, hermanita… yo no soy así. Deberías conocer muy bien a tu hermano —le dijo mientras bebía su vino.
Gabby todavía no podía creer que no fuera un mujeriego; por la forma en que la había abrazado con cuidado, simplemente no podía aceptarlo.
—En serio… ¿qué pasó con tu declaración de que solo amas a Renata? —le preguntó.
Alexander se veía muy cansado en ese momento. Dio un largo sorbo a su vino.
—Todavía la amo, Gabby. Esa dama es ella… —miró a su hermana.
—¿Quién es ella? —preguntó Gabby.
Pensó por un momento y luego sus ojos brillaron.
—¿La de la que hay rumores? —preguntó.
Alexander le dio un ligero golpecito en la frente.
—No tengo rumores con esa dama.
Gabby se frotó la frente con delicadeza.
—Está bien… ¿la de la que la prensa tiene una idea equivocada? —preguntó mientras bebía su vino.
—Sí —respondió, con la mirada distante.
—No podía dejarla allí, borracha. Me duele cada vez que la veo así —exhaló.
Gabby miró a su hermano en silencio.
—Me pregunto cómo vas a sobrevivir, ya que ella será tu esposa la próxima semana —le dijo.
Alexander la miró.
—¡Oye! Aún no hemos decidido eso —respondió con indiferencia.
Gabby lo miró con simpatía.
—Siento tu dolor, hermano. Ojalá pudiera ayudarte —dijo.
Alexander pareció tener una idea y la miró con seriedad.
—Puedes ayudar —le dijo.
Gabby, al ver la expresión de su hermano, negó con la cabeza.
—Más vale que no tengas ninguna idea desagradable. No me metas en eso —le advirtió.
—Solo ayuda a tu hermano. Tómalo como si estuvieras actuando en uno de tus dramas infantiles —suplicó.
Gabby puso los ojos en blanco y lo miró con firmeza.
—Para empezar, Alexander, estás loco —le dijo, sabiendo perfectamente lo que él quería que hiciera—. ¿Quieres que me avergüence en público, verdad?
Ella se puso de pie; no estaba dispuesta a escuchar más de sus ideas absurdas.
—Demasiado por beber vino contigo en la noche. Solo te vuelves más estúpido a estas horas —le dijo.
No le tenía miedo a su hermano. Aunque otros le temían, ella no.
—Buenas noches, Alexander —dijo antes de irse a su habitación.
Alexander suspiró y dio otro sorbo a su vino.
—Sería una buena idea si ella ayudara un poco… —murmuró.
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Camila se despertó a la mañana siguiente con un ligero dolor de cabeza. Abrió suavemente los ojos y miró a su alrededor, sorprendida.
—¿Dónde estoy?
Se incorporó inmediatamente en la cama y miró a izquierda y derecha, llevándose una mano a la cabeza.
La habitación era amplia; la cama, grande y espaciosa, y todo parecía lujoso. El lugar era como uno de esos que se ven en las películas.
—Parece una gran mansión… —murmuró en voz baja.
Recordó que había bebido alcohol la noche anterior y levantó la colcha para comprobar su ropa. Aún la llevaba puesta.
“Está bien… estoy a salvo”, pensó. Ahora tenía que averiguar dónde estaba.
Camila bajó de la cama, tomó su teléfono y se sorprendió al ver la cantidad de llamadas perdidas de sus padres.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó—. Estoy muerta hoy.
Se apresuró a ponerse los zapatos, tomó su bolso y salió corriendo de la habitación.
Bajó las escaleras y se encontró contemplando una enorme mansión. Miró a su alrededor, asombrada.
—¡Vaya! ¿Quién será el dueño de esta casa? ¿Cómo puede tener tantos pasillos y habitaciones…? ¿Dónde estará la entrada principal? —pensó en voz alta.
—El vestíbulo está a la derecha —respondió una voz desde arriba.
Camila, que estaba buscando la salida, lo escuchó.
—Oh… el vestíbulo a la derecha… —repitió mientras caminaba en esa dirección, pero se detuvo de repente.
¿De dónde venía esa voz?
Se volvió y miró hacia arriba, encontrándose con Alexander Zack observándola desde el piso superior.
—¿¡Qué estás haciendo ahí!? —preguntó, sorprendida al verlo.
Lo reconoció de inmediato: era el grosero idiota que había conocido en la carretera y que había estado involucrado en un escándalo en las noticias.
Alexander bajó las escaleras con las manos en los bolsillos.
—Deberías hacerte esa pregunta tú —le respondió.
Camila frunció el ceño.
—¿Quieres empezar otro escándalo? —le gritó.
Alexander se burló mientras la miraba. Tenía el cabello despeinado y una pequeña marca de baba en la comisura de los labios.
—Deberías agradecerme por salvarte la vida y traerte a un lugar seguro, en vez de dejarte vulnerable al peligro —dijo.
—Para empezar, nunca te pedí que me ayudaras —respondió Camila, suspirando. En realidad, no recordaba nada de la noche anterior.
Alexander pasó junto a ella, se sentó en una silla y abrió un periódico.
—Sal de mi casa si ya estás sobria —dijo con frialdad.
Camila puso los ojos en blanco.
—¡Ustedes los ricos son todos unos idiotas! —le espetó.
Alexander la miró. Ella no recordaba nada de la noche anterior: cómo se había aferrado a él e incluso lo había besado. Se burló para sí mismo; la ingenua era ella.
Camila se alisó el cabello y luego lo miró.
—¿Puedes hacerme un favor? —preguntó.
Alexander sonrió. Esa chica era increíble: hacía un momento lo llamaba psicópata y ahora le estaba pidiendo un favor. La miró con ironía.
—¿Ahora estás pidiendo un favor?
Camila lo miró con el ceño fruncido.
—No te adelantes. Solo quiero pedirte algo: la próxima vez que me veas en peligro, no me ayudes. Porque con solo mirarte me dan ganas de pelear contigo diez veces más —le dijo.
Alexander pareció molestarse. Bajó el periódico y la miró con frialdad.
—Eso es todo. ¡Lárgate de mi mansión! —ordenó, señalando la salida.
Camila suspiró.
—No tienes que decirlo dos veces. Ya me voy.
Salió por la puerta, maldiciéndolo a él y a la casa en voz baja.
Gabby, que había estado observando toda la escena desde arriba, aplaudió y bajó las escaleras.
—Buen drama, Alexander. Vaya, debí haber grabado esta escena. No puedo esperar a ver cómo será esta casa después de tu matrimonio.
Gabby rió y negó con la cabeza, divertida.
—Seguiré disfrutando de dramas interminables. Buen trabajo, hermano —dijo, levantándole el pulgar con un guiño.
—¡Eres tan molesta, Gabby! —respondió Alexander antes de marcharse.
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Camila fue a su lugar de trabajo. Entró en el restaurante y vio a la señora que la había contratado.
La mujer le entregó un sobre.
—Aquí tienes.
Camila lo miró confundida.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Tu pago por el trabajo de ayer. Estás despedida —dijo la mujer.
Camila la miró, sorprendida.
—Lo siento mucho. Cometí un error anoche y también por llegar tarde esta mañana —se disculpó.
La mujer la miró con severidad.
—Camila, no necesito a alguien que juegue con mi tiempo. Solo vete —respondió antes de alejarse para atender a los clientes.
Camila salió del restaurante.
—Y así termina mi nuevo trabajo… —murmuró para sí misma—. Ese hombre trae mala suerte. Siempre que me cruzo con él, algo malo pasa. Ojalá hoy también tenga un pésimo día.
Maldijo a Alexander en voz baja.
Luego llamó a Clara, quien respondió de inmediato.
—Hola, Camila. ¿Estás bien? ¿Dónde has estado? ¿Qué pasó anoche? ¿Por qué no regresaste a casa? —preguntó Clara sin pausa.
—¡Oye, Clara, cálmate! —respondió Camila—. Son demasiadas preguntas de una vez. Estoy bien… bueno, no del todo. Me acaban de despedir —dijo haciendo un puchero.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Clara, sorprendida.
—Mala suerte —respondió Camila en una sola frase—. ¿Dónde estás ahora?
—En casa. ¿Dónde más estaría? —contestó Clara.
—¿Puedes reunirte conmigo en mi casa? Tengo algo importante que contarte —dijo Camila.
Clara dudó antes de responder.
—Ahora sí me consideras importante, ¿verdad? —replicó con sarcasmo.