Camila sabía que su prima estaba ofendida.
—Lo siento. Solo fue una llamada de trabajo —se disculpó.
—Acepto tus disculpas, pero tendrás que invitarme a cenar, ¿de acuerdo? —respondió Clara.
Ambas se echaron a reír.
Camila llegó a casa e intentó entrar sin hacer ruido. Abrió la puerta principal con cuidado y asomó la cabeza al interior.
Sonrió al no ver a nadie en la sala. Entró y caminó de puntillas hacia las escaleras, pero de pronto sintió que alguien la observaba.
Se dio la vuelta y vio a su padre mirándola fijamente. Bajó la mirada, culpable.
—Buenos días, mamá… papá —dijo con una sonrisa forzada—. Papá, ¿hoy no fuiste a trabajar? Mamá, ¿cómo estuvo el mercado?
Esperó una respuesta, pero ninguno habló. Se mordió el labio inferior.
—¿Alguien murió? —preguntó, inquieta ante el silencio y las miradas frías.
Miró a su alrededor al no obtener respuesta. No veía a su hermano menor.
—¿Dónde está Tanner? ¿Está bien? —preguntó alarmada, con los ojos muy abiertos.
—Camila, ven. Siéntate —ordenó Laura, señalando el sofá frente a ella.
Camila soltó el aire bruscamente. Tanner debía estar bien; la que estaba en problemas era ella.
—Ah… está bien.
Se sentó en el sofá y miró sus manos. Siempre hacía eso cuando sentía que había hecho algo malo, y sabía que sus padres no estaban nada contentos.
—¿Dónde has estado? —preguntó Trevor con voz profunda.
—¿Dónde pasaste la noche? —Laura la miró con el rostro inexpresivo.
—¿Qué fue lo que pasó ayer? —insistió Trevor, observando atentamente a su hija.
—¿Estás bien? —preguntó Laura con un tono más suave.
Eso hizo que Camila levantara la vista hacia su madre. Sabía que los había preocupado. Los ojos de Laura recorrieron su cuerpo, asegurándose de que no estuviera herida.
—Mamá… papá, estoy bien. Ayer me emborraché —confesó, bajando la mirada nuevamente hacia sus manos.
—¡¿Borracha?! —exclamó Trevor—. ¿Cómo?
—Entonces, ¿dónde dormiste? —preguntó Laura, presa del pánico. Si su hija se había emborrachado y no volvió a casa, significaba que había estado vulnerable.
Camila se mordió los labios. Nunca les había mentido a sus padres y no quería empezar ahora. Levantó la cabeza.
—Hice un reto de bebidas con unos hombres que no querían pagar sus entregas —respondió a la pregunta de su padre y luego miró a su madre—. Dormí en una mansión.
—¡¿Una mansión?! ¿Alguien te hizo algo? —Laura parecía preocupada y alarmada.
—No, mamá —respondió Camila de inmediato. ¿Por qué su madre pensaría eso?
Sabía que debía tranquilizarlos, así que decidió contar la verdad. Había estado evitando ese momento desde que entró por la puerta. Ojalá no hubieran estado en casa cuando llegó.
Se enderezó y miró a su madre.
—El hombre que salió en la televisión… él me vio y me llevó a su mansión para mantenerme a salvo.
—¿El heredero de la propiedad Glammaly? —preguntó Trevor.
—Sí.
Camila vio a sus padres suspirar aliviados. Sabía que el hecho de que fuera él haría que se sintieran más tranquilos. ¡Dios mío! ¿Cómo había terminado en esa situación?
—Fue muy amable de su parte —sonrió Laura, ya más relajada—. Entonces… ¿qué pasó después? —preguntó con una pequeña risa.
Camila sabía perfectamente a qué se refería su madre. Hace un momento estaba preocupada por si alguien había abusado de su hija y ahora parecía más interesada en si había ocurrido algo romántico. Su madre estaba imaginando demasiado.
—Mamá, por favor, no empieces con ideas locas —dijo Camila, frunciendo el ceño. Sabía que jamás haría nada con ese hombre.
—Está bien, está bien —Laura dejó de reír, aunque la sonrisa seguía dibujada en sus labios.
—No deberías arriesgarte así por un trabajo —dijo Trevor con suavidad, pero con evidente preocupación.
—No te preocupes, papá. Ya me despidieron —respondió Camila en voz baja.
—¡¿Despedida?! —Laura abrió los ojos con sorpresa.
—Sí. Y fue porque vi la mala suerte apenas desperté esta mañana.
Se refería a Alexander. Para ella, todo lo que sabía era que ese hombre solo le había traído problemas. Desde el momento en que lo conoció en aquel camino… negó con la cabeza. No quería pensar en ese idiota.
Camila se puso de pie. Estaba cansada y hambrienta.
—¿Mi desayuno está en la nevera?
—Sí —respondió Laura, todavía sonriendo.
Camila miró a su madre con sospecha, preguntándose qué estaría pensando. Sea lo que fuera, estaba segura de que no era nada realista.
—Lo tomaré y subiré a mi habitación. Si llega Clara, por favor dile que estoy arriba.
Se dio la vuelta y salió de la sala.
—¿Quién es la “mala suerte”? —preguntó Laura, mirando a su esposo y recordando las palabras de su hija.
—No lo sé —respondió Trevor con expresión confundida.
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Felicity llamó a la puerta de la oficina de Alexander y entró después de recibir permiso.
—Señor, su café.
—Déjalo en el escritorio —respondió Alexander sin apartar la vista del documento en su computadora.
Felicity se acercó para dejar la taza, pero resbaló y derramó el café caliente sobre la computadora. El equipo se apagó de inmediato.
Ella lo miró aterrada.
—Lo siento, señor —dijo con voz temblorosa.
Alexander se levantó furioso y golpeó el escritorio con la mano.
—¿Acaso no puedes hacer un trabajo sin cometer un solo error? —su voz la hizo estremecerse—. ¡Lárgate de aquí ahora mismo!
La despidió con un gesto brusco, como si estuviera ahuyentando a una mosca.
—Lo siento, señor —se disculpó Felicity mientras sacaba su bufanda para intentar limpiar el escritorio.
—¿Estás sorda? —gruñó Alexander, haciendo que Felicity diera un respingo—. Dije que abandonaras la oficina ahora mismo. Y ten en cuenta que tu trabajo está en juego. Recibirás un mensaje en breve.
Las lágrimas llenaron los ojos de Felicity. Sabía que la despedirían por aquello.
—No fue intencional, señor. Lo siento mucho —suplicó.
Alexander presionó el intercomunicador.
—Philip, ven y escolta a esta secretaria fuera de mi oficina. Parece que no escucha.
Alexander miró por la ventana y se pasó las manos por el cabello.
—¿Tienes idea de lo importantes que eran esos documentos? —miró a Felicity, cuyos ojos llenos de lágrimas solo aumentaban su molestia—. ¡El programa estaba planeado para continuar mañana y lo arruinaste! ¿Cómo pudiste ser tan descuidada?
—Me aseguraré de restablecerlo todo antes de mañana —suplicó Felicity justo cuando Philip entraba en la oficina.
—¿Crees que es tan fácil decirlo? —Alexander enarcó una ceja y la miró fijamente.
—Señor, estoy aquí —anunció Philip.
Al verlo, Felicity se apresuró a decir:
—Si logro solucionarlo, ¿podría reconsiderarlo?
Alexander observó su rostro desesperado. Estaba intentando conservar su trabajo.
—Philip, puedes sacarla —ordenó finalmente.
—Señor, por favor —insistió Felicity, pero Philip la condujo fuera de la oficina.
Luego regresó.
—Señor.
—¿Qué clase de mala suerte es esta? Philip, te dije que contrataras a alguien con urgencia, pero nunca te pedí que trajeras a una persona descuidada.
Alexander miró la computadora. El archivo en el que estaba trabajando no se había guardado y ahora tendría que empezar desde cero si usaba otro sistema.
—¿Cómo vamos a arreglar esto ahora? El registro oficial es pasado mañana.
Se echó el cabello hacia atrás con frustración.
—Programa una reunión urgente con los cuatro miembros del consejo de administración. Tenemos que planificar todo de nuevo.
—Sí, señor —respondió Philip antes de salir para organizar la reunión.
Alexander volvió la mirada hacia la ventana.
—Suficiente con haber visto a ese dolor de cabeza esta madrugada…
Estaba convencido de que Camila le había traído mala suerte. Se arrepentía de haberla llevado a su casa. Desde que apareció, todo había salido mal.
Se acercó a su escritorio, tomó la chaqueta de su traje, recogió un documento y salió de la oficina.
—¡Maldición!