Camila salió en busca de trabajo con Clara acompañándola. No estaba dispuesta a dejar que todo lo que estaba pasando la hiciera sentir mal.
Clara miró a su prima.
—Camila, date un descanso —le dijo—. Hemos estado moviéndonos de un lugar a otro buscando trabajo para ti.
Camila la miró con ojos decididos.
—No, Clara. Si quiero ser rica, tengo que defenderme y vivir mi propia vida. También debo detener esos rumores descuidados sobre estar en una relación con alguien a quien apenas conozco.
Luego miró hacia adelante.
—Empezaré desde abajo hasta conseguir lo que quiero.
Clara la observó preocupada.
—El matrimonio ya se ha hecho público —le recordó.
Camila se volvió hacia ella con el ceño fruncido.
—No me importa. Buscaré la manera de detenerlo. Pero primero tengo que encontrar trabajo.
—Entonces no hay nada más que decir. No puedo detenerte —respondió Clara con un suspiro. Sabía lo terca que era Camila y que nada la haría cambiar de opinión.
—Menos mal que sabes cuándo parar.
Siguió caminando hasta que vio un letrero de oferta de empleo. Corrió hacia él, con Clara detrás.
Clara leyó el anuncio y la miró con una ceja levantada.
—No me digas que quieres este trabajo.
Camila sonrió.
—Es un trabajo de reparto. Será un mejor paso para ganar dinero que quedarme sentada en casa.
—¡Dios mío, Camila! —exclamó Clara, mirándola con incredulidad.
—Ahórrate esas miradas, Clara.
Camila tomó el anuncio y entró al restaurante, mientras Clara la esperaba afuera.
Dentro, Camila vio a una mujer y se acercó.
—Hola, señorita.
La mujer la miró.
—Sí, ¿en qué puedo ayudarle?
—Vi esto afuera y estoy interesada —dijo Camila, mostrándole el anuncio.
—Oh, gracias a Dios. Hemos estado escasos de personal para las entregas —respondió la mujer con una sonrisa.
Camila la miró expectante.
—Entonces, ¿puedo empezar de inmediato?
—Por supuesto.
Agradecida, Camila comenzó a ayudar llevando los platos vacíos que algunos clientes habían dejado a la cocina. Luego atendió la llamada del dueño, quien le entregó varias loncheras para repartir a los clientes que habían hecho pedidos.
Salió a colocarlas en la motocicleta de reparto y, al hacerlo, notó que Clara aún la esperaba.
—Clara, ¿todavía estás aquí? —preguntó sorprendida.
Clara la miró fijamente.
—¿Olvidaste que me pediste que te esperara aquí?
Camila sonrió, avergonzada.
—Un poco… lo siento. Conseguí el trabajo y estoy haciendo una entrega ahora mismo. Hasta luego.
Se subió a la motocicleta y se marchó.
Clara la vio alejarse y se sintió triste por haber sido olvidada.
—Aish… A veces me pregunto si realmente soy su prima. Soy tan invisible para ella…
Hizo un puchero.
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Gabby Zack estaba sentada sola en la barra de un club, bebiendo, cuando un hombre se acercó a ella.
—Hola, bebé —dijo mientras se sentaba a su lado—. Sabía que te encontraría aquí. ¿Qué pasa con ese ánimo? No es propio de ti.
Gabby lo miró sin el menor interés.
—¿Quién eres tú? —preguntó con frialdad.
El hombre la miró sorprendido y un poco ofendido.
—¿Eh? ¿Quién soy yo? No me digas que no me conoces.
Intentó tocarle el hombro de manera coqueta, pero Gabby apartó su mano de inmediato.
—No sé quién eres —respondió con firmeza mientras se levantaba para irse.
Cuando intentó marcharse, él la agarró del brazo.
—¡Oye, perra! —espetó, ahora claramente furioso.
Algunas personas del club se volvieron para observar la escena.
Gabby lo miró con ojos helados.
—¡Suéltame ahora mismo! —gritó, golpeándole la mano con su bolso.
Logró liberarse y lo fulminó con la mirada.
—No me interesa saber quién crees que eres. ¿Eres ingenuo o simplemente estúpido para no entender lo que te estoy diciendo? Ni siquiera sabes comportarte como un caballero.
Lo recorrió con la mirada de pies a cabeza, evaluándolo con desprecio.
—¿Te miraste al espejo antes de venir aquí? —preguntó, tapándose la nariz—. Dios, hueles a alcohol barato. Ve a darte una ducha si quieres acercarte a una mujer hermosa… y aféitate, porque tu cara es un desastre.
Dicho eso, se dio la vuelta y lo dejó allí, completamente atónito.
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Alexander Zack estaba sentado con un director neozelandés en la sala VIP de un restaurante. Después de la cena, comenzaron a hablar de negocios.
—Después del rumor —o debería decir, la noticia— sobre su reciente escándalo, estuvimos a punto de retirar el contrato. Pero viendo cómo resolvió el problema sin causar una gran crisis, lo consideramos confiable y digno de este acuerdo —dijo el director con una sonrisa.
Alexander sonrió con cortesía.
—Muchas gracias por depositar su confianza en mí. No los defraudaré. Mi compañía se encargará de manejar esta noticia que está circulando actualmente.
—Estoy seguro de que es capaz de lograrlo —respondió el director con una leve risa.
El rostro de Alexander se tornó serio.
—Sobre la producción, ¿han decidido cuándo vendrán?
—Sí.
El director le entregó un archivo.
—Aquí están los detalles y el cronograma. Debería realizarse este fin de semana.
—Ya hemos preparado todo. Espero que podamos llevarlo a cabo sin inconvenientes —respondió Alexander.
Ambos asintieron y continuaron con la discusión.
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Por otro lado, Camila Joey llegó con una entrega al mismo restaurante. Tocó la puerta de una de las habitaciones y esta se abrió lentamente…
—Su pizza está aquí —anunció al entrar.
Vio a un grupo de cuatro hombres bebiendo alcohol y se acercó a la mesa.
—Hola, llegó su pedido de pizza.
Todos levantaron la vista al mismo tiempo.
—Wow, es muy bonita —dijo uno de ellos.
Camila bajó la mirada, incómoda.
—¡Eh, tú! —gritó uno, haciendo que ella volviera a mirarlo—. Ya no necesitamos la pizza.
—Pero ustedes hicieron el pedido —respondió ella.
—Llegaste tarde —dijo otro mientras bebía.
—Lo siento, había tráfico —se disculpó Camila.
El hombre se burló.
—Nos hiciste esperar. ¡Ya no la queremos! —alzó la voz.
Camila se mordió el labio inferior. No podía devolver la pizza; el pedido ya estaba preparado según lo solicitado.
Miró la mesa y vio varias botellas de alcohol. Entonces se le ocurrió una idea. Sonrió.
—Si me termino dos botellas de ese alcohol, tendrán que reconsiderarlo —les propuso.
Uno de los hombres soltó una carcajada.
—¿Dos? Eso es poco. ¿Por qué no bebes cuatro?
—Lo reconsideraré si te terminas cinco botellas —añadió otro con una sonrisa maliciosa.
Camila los miró fijamente. No estaba dispuesta a echarse atrás.
—Está bien.
Se acercó a la mesa. Los hombres empezaron a animarla. Terminó la primera botella… luego la segunda.
Uno de ellos la observó con diversión.
—Ya estás bastante mareada con solo dos. ¿Por qué no te rindes, pagas las bebidas y te vas con tu pizza? —dijo riendo.
Camila lo miró con determinación.
—No me rindo fácilmente.
Tomó la tercera botella y la terminó. El alcohol ya comenzaba a afectarla.
—¡Vaya! —exclamaron sorprendidos al verla beber otra más.
—Es una buena bebedora —rió uno, pasándole la cuarta botella.
Camila luchó por terminarla. Su visión estaba borrosa y su cuerpo empezaba a tambalearse.
Sabía que se estaban divirtiendo a su costa, pero no podía rendirse ahora. Si lo hacía, tendría que pagar las bebidas y la pizza se perdería de todos modos.
Finalmente terminó la cuarta botella y se apoyó en la mesa para recuperar el aliento.
—Puedo hacerlo… —murmuró, jadeando.
Tomó la quinta botella y la miró fijamente.
—Oye, está bien. La compraremos —dijo uno de los hombres, deteniéndola antes de que bebiera más.
Camila los miró con una sonrisa torpe.
—¿Ven?… No me rendí —dijo, completamente ebria.