Capítulo 80. No tienes por qué saberlo. El sol del mediodía los encontró trabajando codo a codo. Aunque Sol ya no cargaba peso ni se agachaba tanto, seguía involucrada en cada decisión. Esa propiedad no era solo una reconstrucción física, era la metáfora de una vida nueva. Y mientras los ladrillos se alineaban sobre el suelo fértil que alguna vez fue escenario de dolor, también se alineaban los sueños. Los de ella. Los de Enzo. Los de una familia que apenas comenzaba a respirar. La tarde caía sobre la ciudad con el mismo ritmo que el polvo lo hacía sobre las botas de trabajo de Sol. Cansada pero satisfecha, contemplaba lo que pronto sería su hogar definitivo. Entre los cimientos aún frescos, las estructuras de acero que se elevaban con la ayuda de los obreros, y las paredes apenas traza

