—Sí, decime, ¿sucede algo grave? — preguntó Franco adquiriendo cierta rigidez en su sillón.
—Las lenguas bífidas de la gente a veces son dignas de ser escuchadas, no sé si será este el caso. Dominga es una clienta muy asidua en el trabajo. Es una mujer que gasta fortunas en carne y es la esposa de un hombre que suele traerte el auto cada dos por tres. El nombre de este señor es Francisco Rotundo.
—¡Ah!, sí, sí. Lo conozco —comentó Franco desde su posición recta en el asiento.
—Ella es una mujer mayor y no forma parte de aquellas que van y que se dedican a defenestrar a medio pueblo, por lo que sus palabras y sus dichos, no son para tomarlos a la ligera — Un cierto nerviosismo comenzaba a apoderarse de Ramiro conforme se iba acercando al tema en cuestión. Él siguió: —Franco, antes de continuar, quisiera pedirte que no me odies por esto que tengo para decirte, pero sé que, si no lo hago y vos te enterás que en el frigorífico se rumorean estas cosas, vas a molestarte conmigo por no haberte puesto en situación, cuestión que yo entendería perfectamente — Franco sólo observaba y esperaba. Ramiro siguió: —Dominga me viene contando que desde hace un tiempo tu esposa se ve con un hombre mucho menor que ella, un tipo que vive en un complejo de departamentos justo al frente de su casa. Yo le pregunté si estaba segura y me contestó que estaba totalmente segura porque en varias ocasiones acompañó a su esposo hasta aquí y pudo cruzarla.
—Y tiene toda la razón, amigo mío — respondió Franco mientras se dirigía hacia un armario y extraía de él un bibliorato de color n***o. Franco siguió: — Mirá —dijo después de buscar en los archivos de la carpeta — Entre el año pasado y este año vino tres veces este hombre, y yo recuerdo que dos de esas veces, vino con esta mujer. Lo que no recuerdo es si Alicia justo estaba por aquí, pero si esta mujer lo dice y es creíble, entonces no quedan dudas.
—Franco…
—No te preocupes por nada, Ramiro. Has hecho bien — respondió Franco sin dejar que Ramiro concluya su idea. Él prosiguió: —¿Te cuento algo? Olía esto, lo imaginaba. Desde hace un tiempo que vengo notando comportamientos inusuales en ella: ropa nueva, perfumes, respuestas, actitudes. Juro que estaba a punto de ponerle un detective, pero me salvaste de gastar un dineral en una basura como ella. Te agradezco la información. Mirá vos, como si el destino nos hubiese unido para salvarte de un problema con tu mujer y para abrirme los ojos con la mía. Esto era así, estaba escrito. Esto debía pasar de esta manera.
El timbre de la puerta sonó cortado. Alicia conocía a la perfección las señales de Gloria y, esbozando una sonrisa, dejó de zurcir las medias hediondas de Franco y fue a atenderla. El almuerzo ya estaba listo y sólo debía calentarlo un poco más unos cinco minutos antes de la llegada de su esposo. Mientras tanto, se puso a remendar las medias asquerosas que él le tenía prohibido tirar y a ponerla a su amiga en las actualizaciones pertinentes.
—¿Hasta cuándo vas a seguir parchando estas inmundicias? —preguntó Gloria con un gesto de horror.
—¿Te respondo?
—No, gracias —dijo Gloria y continuó: —Contame, amiga mía, cómo te fue con el galán.
—Hermoso, Gloria, la pasamos de maravilla — respondió alborozada Alicia y continuó: —Cada vez que estamos juntos siento que la vida se atreve a sonreírme. Me siento plena, única: me siento yo en verdad.
—Qué hermoso es escucharte hablar de esa manera, pero, sobre todo, verte así. Amo verte feliz y plena y no hecha una piltrafa como suelo verte aquí cada vez que vengo.
—Sí, te entiendo y tenés toda la razón del mundo, pero a mí me pasa que sólo necesito estar bien cuando estoy al lado de Victorio. Él es el único que me da ánimos y me hace volar en los aires que deseo hacerlo. Estar aquí me desconecta de la vida, me provoca espasmos y ganas de morirme.
En los días subsiguientes, Franco se las había arreglado para recolectar información acerca de los pasos dados por Alicia. Para ello había contactado a dos fuentes seguras: Ramiro y Don Francisco. el primero le proveía información de buena fuente que recababa de Dominga, la esposa de Francisco, además de lo que podía juntar en los momentos cumbres cuando el frigorífico hervía de mujeres ávidas de descolgar sus lenguas. El segundo costó más trabajo, pero finalmente, Franco, usando fuertes estrategias y haciendo gala de su carisma natural, cayó en la trampa y prácticamente forjaron una amistad desprendida de la estratagema. Dominga, por su lado, llevaba a Ramiro información cada vez más fresca y coincidente en cuanto a vestimentas y horarios; Francisco, por su parte, dolido por las heridas de Franco, le proveía fotos y vídeos que con su teléfono tomaba desde la ventana de la casa. Después de un seguimiento de seis meses, Franco había tenido la paciencia y la perseverancia para recoger pruebas contundentes que dejaban al desnudo las infidelidades cometidas por su esposa, y sólo restaba cotejarlas en las propias narices de ella.
Ese viernes por la noche Alicia sufriría uno de los peores castigos recibidos en su vida. Durmió sola en la cama matrimonial, abierta de brazos y de piernas, ensangrentada desde la punta del pelo hasta la punta de los pies, y agonizando como un perro aplastado por mil camiones. Durante una semana completa Franco no asistió a su taller aduciendo que estaba de vacaciones, y se dedicó de lleno a cuidar que Alicia no muera más que dedicarse a su recuperación. El castigo infringido le había hecho perder el habla, su visión estaba comprometida y las magulladuras eran profundas, a punto tal de que el mismo Franco comenzó a ver n***o su horizonte. Pero se las arregló para salir de esa encrucijada justo en una semana como se lo había propuesto. Ese domingo, ya con Alicia caminando y con su visión y su habla en franca recuperación, Franco decidió poner un ultimátum, una especie de plus de vida que Alicia debía saber usar con inteligencia y audacia.
—Tendría que haberte matado, pero nadie me hace las felatios que vos me hacés; podría haber terminado con vos en el primer impulso, pero la manera en que introducís tu ano en mi pene, no la he hallado en ningún otro lugar, ni si quiera, en la festichola que se mandó el Hugo Cáceres hace dos meses, en donde las putas no tenían ni la más mínima idea de chuparla; podría haber hecho con tu vida lo que se me hubiese ocurrido, pero creo que toda persona debe tener una oportunidad en la vida, ¿no te parece? — Alicia, perdida en el plato de comida vacío, sólo asentía mecánicamente con su cabeza, mientras sus lágrimas surcaban la herida aún fresca que su rostro dibujaba. Él prosiguió: —Imagino que sos una mujer inteligente y que, al menos, le darás un poco de valor a tu vida. Ya sabés cómo podés terminar. Yo sé que tu amor se murió esa madrugada en el Gold Palace, pero mientras yo esté a tu lado, o vos estés viviendo aquí conmigo, tendrás que respetarme, venerarme y portarte como una señora honrada, pura y respetable. Te lo dije mil veces, y siempre recibías algún castigo porque la información parece no llegarte al cerebro de la manera en que yo pretendo que llegue. Te lo he vivido advirtiendo y jamás te he golpeado sin previo aviso, pero llegaste demasiado lejos. Te queda una vida nada más, señora de Spataro.