Territorio Dracul en Bran, Braşov, Transilvania, Rumania, minutos después de haber acabado la primera batalla de la Guerra por la Unificación de los pueblos sobrenaturales.
Tan solo minutos necesitó Klaus para sentirse completamente recuperado. Amelia había ordenado al ángel de la muerte alejarse del licántropo para que su alma volviera a ser uno con su cuerpo, continuando su existencia en el plano donde habitan los vivos. Katha ya había perdido a su madre, y perder a su compañero eterno ese mismo día hubiera sido un golpe muy fuerte para la pequeña pelirroja, por lo que la hija de la Madre Luna no dudó en regresar a la vida al enorme guerrero Höller. Tras un fuerte abrazo que la pareja de predestinados se dio al saberse juntos, Katha recordó a su padre, quien de seguro ya había sentido la ausencia de su compañera eterna en este plano.
- Debo ir a ver a mi padre -soltó Katha mientras dejaba el abrazo con Klaus y limpiaba las lágrimas que aún corrían por sus mejillas -. Quiero estar a su lado en este momento tan difícil.
- Por supuesto -con esas palabras, Stefan otorgó el permiso para que la híbrida se aleje de sus responsabilidades en la manada y vaya en busca de su padre-. Te recomiendo sacar a Abelard del bosque y llevarlo a Lima. Que sus últimos días los pase a tu lado, rodeado de su manada, sintiendo que es comprendido y amado.
- Gracias, Alfa. Así lo haré -tras emitir su respuesta a la sugerencia de Stefan, Katha tomó la mano de Klaus y junto a su compañero eterno cruzó un portal que Amelia abrió para llevar a la pareja hacia su destino.
En menos de un minuto, Katha y Klaus estaban en lo profundo del bosque en la frontera entre Alemania y Austria. A raíz de la deforestación de los grandes bosques, en muchos de ellos no quedaban espacios sin explorar por los humanos; sin embargo, los brujos habían abierto el paso hacia una dimensión paralela, a la cual solo podían acceder los sobrenaturales. Esta dimensión mostraba los bosques en su completa extensión, cuando La Tierra fue creada y las hadas eran los únicos seres que la poblaban. Al cruzar hacia la dimensión que mantenía ocultos a aquellos sobrenaturales que decidieron alejarse de sus pueblos para vivir una vida tranquila, sin tener que acoplarse a los avances tecnológicos y cambios que se daban en el mundo, Katha y Klaus se encontraron con una pequeña cabaña muy cerca de un río. La pequeña pelirroja reconoció de inmediato el hogar donde nació y creció hasta que sus padres decidieron que era el momento que se integrara a la manada, ya que ella debía acoplarse al tiempo en que nació, y no quedarse atrapada en uno que sus padres añoraban, por lo que decidieron vivir en la dimensión paralela.
Katha corrió hacia el interior de la cabaña, abrió cada puerta, pero no encontró a Abelard en ninguna habitación. La híbrida recordó que detrás de la cabaña estaba el huerto que su madre amaba trabajar, e imaginó que ahí encontraría a su padre, y no se equivocó. Al salir por la puerta trasera de la cabaña, pudo ver la imagen de Abelard, arrodillado entre los sembríos que su amada Aideen cuidó para ser cosechados cuando llegue el otoño. Las lágrimas que caían de los ojos del licántropo mojaban la tierra que las pequeñas y amorosas manos de Aideen habían nutrido con esmero durante siglos, ya que, al no ser un hada de la tierra, su talento para sembrar y cosechar era limitado, pero sus ganas de ver crecer la vida en ese huerto que su amado licántropo preparó para ella, llamándolo “El huerto de mi amada de fuego”, superaron las expectativas, y cada año otorgaba hermosos, enormes y nutritivos vegetales.
- ¿Papá? -soltó temerosa Katha, buscando llamar la atención de Abelard. Ver la mirada acuosa de su padre, con esa expresión de dolor emocional que ella había experimentado minutos atrás, hizo que nuevamente la pequeña pelirroja empezara a llorar. Abelard, sin despegar las rodillas de la tierra del huerto, extendió sus brazos, pidiéndole a Katha un abrazo. La híbrida corrió hacia su progenitor, y se unió a él en un fuerte gesto que buscaba otorgar consuelo y resignación.
Klaus contemplaba al padre y a la hija llorar a la madre que nunca más volverían a ver con vida. El guerrero licántropo entendió que la familia que había iniciado al encontrar a Katha y descubrir que era su alma gemela crecería, ya que al percibir el sufrimiento de Abelard, entendió la recomendación de Stefan. A él no le disgustaba la idea de ser más de dos en casa. Acostumbrado a una enorme familia, ya que provenía de una que vio nacer ocho crías, Klaus no solo pensó en acoger a Abelard para cuidar de él hasta que su momento de partir de este plano llegue, sino en un hecho más que esa noche discutiría con Katha mientras la abrazaba al permanecer echados enfrente de la chimenea de la cabaña mientras Abelard dormía en su recámara.
- Mañana, cuando padre Abelard despierte, le haremos saber lo importante que es para nosotros que nos acompañe a Lima para que se sume a nuestra familia -Katha no dijo nada, solo se aferró con más fuerza a su amado Klaus, ya que el gesto de este la conmovió-. Y creo que debemos hacer algo para darle a padre Abelard un motivo para existir feliz mientras llegue su momento de partir al encuentro con el Dios Supremo y madre Aideen -Katha no entendió a lo que su amado se refería.
- ¿Y qué se te ha ocurrido que le podemos dar para mantener a papá alegre? -la cara llena de duda de Katha era muy graciosa, por lo que Klaus empezó a reír a carcajadas-. ¡No hagas tanto ruido, Klaus! Vas a despertar a papá -pidió Katha tratando de no reír, ya que ella se contagiaba fácil de las ganas de reír cuando escuchaba a Klaus haciéndolo.
- Que tengamos una cría -soltó Klaus acercando su rostro al de Katha, pero sin llegar a besarla. Solo dos milímetros separaban sus bocas. Él quería escuchar la respuesta de su compañera eterna, una que debió esperar por varios minutos, ya que su confesión tomó por sorpresa a Katha, así que se demoró en procesar lo que acababa de escuchar.
- ¿Hablas en serio, Klaus? -preguntó tímidamente la pequeña pelirroja.
- Completamente -la tierna mirada que Klaus ofreció a su amada fue a consecuencia de que empezó a imaginársela luciendo un enorme vientre que contenía el fruto del amor que se tenían.
- Pero ¿no crees que es un mal momento para concebir y que nazca un bebé? Apenas ha iniciado esta terrible guerra contra Satanás -preguntó Katha tratando de ser coherente con el momento que se vivía.
- Habrá quienes debamos aparentar ante los humanos que nada raro ocurre más allá de su entendimiento, y al trabajar en el instituto, creo que podemos ser nosotros quienes nos encarguemos de ello. Marianne, al pertenecer a la familia alfa, tendrá que ir a la guerra, así que nosotros nos quedaremos lejos del combate para hacer su trabajo. No podemos dejar todo a la deriva, necesitamos seguir cumpliendo con nuestros deberes ante los humanos y generar ingresos para sostener a la manada -la explicación de Klaus le pareció inteligente y cierta, por lo que Katha cortó el milimétrico espacio que quedaba entre sus bocas para darle un beso.
- Entonces, acepto tu propuesta. Tengamos una cría -soltó Katha plasmando la felicidad que sentía en su rostro con una enorme sonrisa que hacía que sus pecas se vuelvan más notorias.
Una semana después, Klaus y Katha llegaron junto a Abelard al vecindario privado de Renania en la ciudad de Lima. Lo que había convencido al longevo licántropo de dejar la pequeña cabaña donde vivió con su amada Aideen fue la idea de ver a su única hija embarazada, ayudarla en lo que pueda mientras estuviera gestando y conocer a la nueva generación de la familia.
- Bienvenido a Renania, Abelard -saludó Stefan extendiendo la mano al guerrero licántropo. Al reconocer que tenía enfrente de él al Alfa Höller, el padre de Katha apretó la mano de Stefan e hizo una reverencia.
- Gracias, mi Alfa -respondió Abelard-. Permítame decirle que tiene un gran parecido al Alfa Axel, su ancestro -agregó el guerrero licántropo al notar el parecido entre Stefan y quien fuera el Alfa Höller once generaciones antes que él, aquel que lideraba la manada en los tiempos en que Abelard nació.
- Alguien a quien conociste bien al ser uno de sus mejores guerreros -agregó Stefan, sonriéndole a Abelard.
- Un excelente Alfa y mejor licántropo. Todos ustedes provienen de un linaje digno y honorable -señaló Abelard mirando también a los ex Alfas Höller, quienes aceptaron el halago con una sonrisa.
Sin que Abelard se percate, toda la manada se reunió en el Parque de Renania para darle la bienvenida. Además de ser uno de sus ancianos, era el padre de Katha, a quien apreciaban muchísimo, y el compañero eterno del hada de fuego que se sacrificó para salvar a los guerreros más jóvenes del ataque sangriento y nefasto de los orcos mejorados. Por ello, la manada había preparado un recibimiento con un almuerzo que unía a todos los miembros. Con un hechizo cantado por Ravi, lo que ocurría en el vecindario privado quedó fuera del entendimiento humano, y todos pudieron pasar una amena tarde. Fue ese momento, en que Abelard estaba departiendo con los miembros de la manada, que Klaus y Katha pidieron hablar con Stefan y Amelia, dirigiéndose al interior de la mansión para mayor privacidad.
- ¿De qué quieren hablar con nosotros, apreciados amigos? -preguntó Stefan a la par que invitaba a la pareja de predestinados a tomar asiento en uno de los sofás de la sala que habían elegido para platicar sin ser interrumpidos.
- Por favor, olvídense del protocolo. Somos amigos, y en este momento tratémonos como tales -agregó Amelia, quien ya sabía lo que llevó a la pareja a querer hablar con ellos.
- Está bien -dijo Katha. La híbrida miró a su amado compañero, a quien le pidió ser el que tomara la iniciativa con tan solo mirarlo con timidez. Klaus le sonrió y dejó un beso en el dorso de una de las manos de ella.
- Stefan y Amelia, Katha y yo estamos aquí porque deseamos pedirles que nos exenten de participar como guerreros en las batallas que se den por la guerra que se ha iniciado -Klaus fue directo al grano, ya que entre amigos no hay por qué darle vueltas al asunto que se quiere tratar en confianza.
- ¿Es por Abelard? Entiendo que no lo quieran dejar solo -dijo Stefan, pero de inmediato fue interrumpido por Katha.
- Es porque queremos tener una cría -soltó la pequeña pelirroja hablando muy rápido, dejando mudo a Stefan y con una sonrisa a Amelia.
- ¿Escuché bien? -preguntó Stefan a su amada Luna.
- Sí. Katha y Klaus quieren ser padres -respondió Amelia a la par que se acercó a Katha para darle un abrazo-. Serás una buena madre, querida Katha. Tienes viva en tu memoria el ejemplo de aquella que te dio la vida y crio -comentó Amelia, y Katha empezó a llorar aferrada a los brazos de quien consideraba una amiga.
- Entonces, si ese es el motivo para pausar sus deberes como guerreros, no se diga más -señaló Stefan, y se acercó a Klaus para darle un fuerte abrazo-. Se nos están adelantando -bromeó el Alfa con el guerrero.
Cuatro meses después, Katha dio la noticia de estar esperando a su primera cría. Los licántropos se desarrollan en el vientre de la madre por seis meses. Las elevadas temperaturas que alcanza el cuerpo gestacional de la hembra supera el promedio de 40 °C que los licántropos suelen tener, y por esa razón, el desarrollo del feto es mucho más rápido que el de un humano. Durante los meses de gestación, Katha llegó a bordear los 80 °C, ya que sus genes de hada de fuego se descontrolaban constantemente.
- ¿Y si nuestro bebé resulta ser un hada de fuego? -preguntaba Katha a Klaus y Abelard mientras acariciaba su vientre al descansar sobre la mecedora, que el padre había fabricado para ella, después de un agotador día de trabajo en el instituto-. Hoy casi enciendo los expedientes de los alumnos del instituto cuando fui al archivo -comentó sonrojada la pequeña pelirroja.
- Pues será una enorme hada de fuego. Lo digo por el tamaño de tu vientre –comentó Abelard expresando alegría en una sonrisa, pero siempre con la tristeza en su mirada.
- Lo que sea, lo esperamos con ansias y mucho amor -añadió Klaus a la par que se arrodilló ante Katha para besar el vientre de su amada.
Los días que vivió la maternidad con su hijo en el vientre fueron muy alegres, pero también incómodos, ya que era notorio que la cría era demasiado grande para el tamaño de Katha, por lo que, al cuarto mes de gestación, Katha dejó de ir al instituto porque se le hacía difícil moverse, además que, cuando menos se lo esperaba, su cuerpo se encendía en llamas, por lo que no podía exponerse de esa manera ante los humanos.
Una tarde que Solís, Torres y sus pequeños hijos visitaron a la madre embarazada, se desató el poder de fuego de Katha a un nivel que podía causar un dantesco incendio en el vecindario. Torres puso a buen recaudo a sus hijos, mientras que Solís fue por el extintor que sabía que Klaus guardaba en la cocina. La expolicía no dudó en verter sobre la licántropa de fuego toda la espuma, lo cual calmó las llamas. Klaus y Abelard miraban asombrados a Solís, por la frialdad y valentía que tuvo al reaccionar al ser una humana, ya que a ninguno se le hubiera ocurrido extinguir las llamas con ayuda de ese aparato portátil.
Alertados por Torres, Amelia y Ravi, los únicos que se encontraban en la mansión en ese momento, llegaron a la casa que quedaba a dos cuadras, en un simpático condominio que agrupaba diez pequeñas, pero modernas y muy estilizadas, viviendas. Al ver a Katha rociada con la espuma del extinguidor, Amelia, con un simple chasquido de sus dedos, dejó a su embarazada amiga limpia y seca, mientras que Ravi empezó a cantar un hechizo para saber si todo marchaba bien con la madre y la cría.
- Todo está bien con ambos -comentó Ravi lanzando un suspiro de alivio-. Creo que la Señora Solís, una vez más, nos ha ayudado a encontrar el remedio para algo que los sobrenaturales no podemos controlar -el brujo sonreía tímidamente, ya que Solís, aunque era pequeña, tenía un temperamento tan volátil que hasta al más valiente guerrero hacía retroceder.
- ¡No es para tanto! -sonreía Solís al hacerle gracia lo dicho por Ravi-. Mi entrenamiento como policía es lo que me permite tener mente fría ante situaciones difíciles -agregó Solís-. Aunque debo confesar que por un segundo dudé si hacía bien en verter el contenido del extinguidor sobre Katha, ya que temía que la espuma fuera dañina para ella y el bebé.
- Por fortuna Katha es una licántropa, por lo que esta clase de químicos no la dañan -agregó Ravi.
A partir de esa tarde, Klaus llenó el almacén de la cocina y el que tenía en la cochera con extintores, y Abelard estuvo más ocupado que nunca entre apagar las llamas de Katha y limpiar la espuma del extintor.
(…)
Cuando llegó el momento del alumbramiento, Abelard fue quien ayudó a su hija a parir. Él ya había vivido la experiencia junto a Aideen, y la similitud del comportamiento de su hija con el de su compañera eterna en plena labor de parto causó que el longevo licántropo tuviera un déjà vu.
Katha no podía controlar las llamas que su cuerpo creaba, y al igual que hizo con Aideen, Abelard acomodó a su hija en la tina de baño, mientras que la manguera de la ducha la estiró y posicionó de tal manera que el flujo de agua constantemente cayera sobre él. Sin tiempo para pedir ayuda, Abelard animó a Katha a pujar. Ella ya había llegado al tope de la dilatación vaginal, así que cumplir con el pedido que hizo su padre fue aliviador. Por la conexión entre predestinados, Klaus supo que su cría estaba naciendo, por lo que salía con prisa de las instalaciones del instituto mientras dejaba la noticia del nacimiento de su hijo de manera apurada al tener que correr para llegar al lado de Katha. Para la fortuna de Klaus, Ania se encontraba esa mañana de sábado en el instituto, ya que la jovencita se había dedicado a ayudar durante su tiempo libre en alguna labor operativa de baja responsabilidad, ya que quería aportar de alguna manera a mantener la dirección del centro de estudios en orden mientras su madre se ausentaba por los deberes que tenía como guerrera licántropa. La joven bruja detuvo al enorme guerrero licántropo, y después de cantar un hechizo que abrió un portal en medio de la oficina de la Dirección, lo empujó con la fuerza que había heredado de su lado licántropo para que lo cruce y llegue de inmediato a Renania.
El portal que trasladaba a Klaus se abrió en medio del jardín posterior de la Mansión Höller. Al ver caer de la nada al guerrero licántropo, el personal de servicio alertó a Amelia y las ex tres Lunas, los únicos miembros de la familia que se hallaban en ese momento. Las cuatro mujeres corrieron detrás de Klaus, quien cojeaba un poco al quedar algo golpeado tras caer violentamente en el jardín. Al llegar a casa de la joven pareja de predestinados, escucharon la voz de Abelard animando a Katha a pujar y los quejidos de dolor de la pequeña pelirroja. Cuando habían terminado de subir hacia la segunda planta, para llegar al baño donde la madre estaba alumbrando a su cría, el asombro al escuchar un potente llanto de un recién nacido los inmovilizó.
Tras salir de la obnubilación en que cayeron al darse cuenta que el alumbramiento había concluido, continuaron hacia el baño, encontrándose con la hermosa imagen de Katha alimentando a un enorme bebé varón de cabellos castaños como los del padre y con pecas sobre la pequeña nariz como las de la madre. Al mirar a Abelard, Amelia lo socorrió para que las ampollas que lucían sus manos por haber aguantado el fuego que expedía el cuerpo de Katha mientras alumbraba, y esta no podía controlar, desaparecieran de inmediato. El longevo guerrero licántropo había ayudado una vez más a que la vida llegara a La Tierra.
- ¿Y qué nombre le pondrán a este precioso cachorro? -preguntó Margot mientras ella, Stephanie y Marie contemplaban anonadadas al pequeño recién nacido alimentándose de su madre.
- Se llamará Keith -dijeron Katha y Klaus al unísono, haciendo que Abelard abriera los ojos de par en par por el asombro de escuchar el nombre que su amada Aideen había elegido poner a su cría si hubiera nacido siendo un macho.
- Sí, papá, ese será su nombre, en honor a mamá -dijo Katha llorando con una mezcla de alegría y tristeza al tener a su hijo en brazos y extrañar la presencia de la amada madre.
Tras asear a Katha y al recién nacido, Klaus acomodó a su compañera e hijo sobre la cama conyugal. Las visitas empezaron a llegar para conocer al recién nacido, atiborrándose alrededor de donde madre e hijo descansaban. Abelard se mantuvo sentado en una esquina de la habitación, sobre un pequeño banco. La mirada del ahora abuelo decía tantas cosas, pero lo que más resaltaba era la determinación de proteger a quien apenas empezaba a andar por la vida encarnada. «¿Escuchaste, Aideen? Nuestro nieto se llama como te hubiera gustado nombrar a nuestro hijo si hubiéramos tenido una cría macho. Es tan pequeño e indefenso. Lo siento, amada mía, vas a tener que esperar un poco más por mí porque no pienso irme de este mundo sin dejar asentada la paz en él, para que Keith crezca feliz. Tú te sacrificaste para que nuestra hija y yerno vivan, y yo me dedicaré a hacer de este mundo un mejor lugar para nuestro nieto. Así lo haré, y así será», juró Abelard ante el recuerdo de su amada mientras contemplaba la escena de Klaus, Katha y el pequeño Keith unidos en un abrazo.