Capítulo 11

1324 Words
Han pasado cuatro días desde ese día, he entrado varias veces a la oficina por documentos que él quería, para hablar algunas cosas del trabajo y al parecer ya ha olvidado todo lo que pasó, pero yo jamás lo olvidaré y me prometí que no volvería a pasar y de eso estaba segura. Estaba tecleando un reporte que él quería para en ese instante, lo odiaba que cada vez que lo veía quería clavarle unas cucharas en los ojos y sacárselos. Lo odio tanto. El parece tomarse todo tan a la ligera que me molesta la manera en que me trató esa vez, pero ahora es tan frio cuando me habla y eso hace que las pequeñas partes de mi corazón se rompan un poco más. —¿Hola? — escuché una voz proveniente del otro lado del escritorio y eso hizo que rápidamente levantara la mirada que tenía puesta a la computadora que tenía enfrente. Sorpresivamente me encontré con unos ojos color azul que me miraban amigablemente, él sonrió y me di cuenta que era un hombre muy hermoso. — Soy Jack Bolton, tengo una cita con el señor Rickford. — yo teclee una vez más para buscarlo en la agenda del señor todo poderoso, pero en ella no se encontraba su nombre. —Su nombre no está... — empecé a decir, pero él me interrumpió sonriendo. —¿Cómo te llamas? — se acomodó en el escritorio mirándome con la ceja alzada, esto último hizo que me ponga nerviosa. Me removí en la silla y abrí la boca queriendo responderle a éste hermoso hombre, en realidad era hermoso. —No te pago para que estés coqueteando. — una voz muy conocida salió de la nada, pero al mirar a un lado ahí estaba Alexander sonriéndome fríamente. No pude evitar poner los ojos en blanco y desviar la mirada hacia el teclado de la computadora asintiendo, ahora que él ha aparecido se encargará de Jack Bolton. —Hola, hermano. — dijo Jack Bolton abrazándolo a lo que Alexander no respondió el abrazo, qué descortés. Yo fruncí el ceño por lo frío que era y el me miró molesto, desvié la mirada nuevamente al teclado, ya que suponía que no era de mi incumbencia lo que éste hiciera con sus invitados o familiares. —¿Qué quieres Bolton? — contestó con molestia. —Siempre tan mezquino, él no cambia. — espetó Jack dirigiéndose a mí y yo sonreí cortés sin desviar la mirada del teclado, sin embargo, no podía evitar mirar a Jack Bolton, éste hombre realmente era muy amigable y guapo, ¿tal vez era un casanova? Le lancé una última mirada, no lo creo, tal vez si sea amigable. —¿Pues qué más querría si no verte? He venido desde Italia y ¿así me recibes? — y después volvió a mirarme —yo estuve en Italia dos meses con él, hasta que su padre murió y él ha vuelto. Yo igual tuve que volver por problemas personales y ahora no me iré. — me susurró y luego me guiñó el ojo. Esto último me sorprendió. —Suficiente, te espero en mi oficina. — dijo Alexander lleno de furia, éste cambio de humor siempre está presente en mi jefe. Después de su grito se fue hacia su despacho dando zancadas, dejándonos solos —Llámame. — me dijo Jack dándome un papelito, yo fruncí el ceño y miré el papelito con su número de celular, le sonreí cortés y lo metí en mi bolso. Jack se dio la vuelta con esa misma sonrisa y caminó despreocupadamente hacia la oficina del señor Rickford. * Miré mi reloj en la computadora y desvié la mirada hacia la puerta color marrón, ya han pasado un par de horas en las cuales estaba sumergida en mi trabajo, tecleando y tecleando una y otra vez dudando continuamente si lo que he puesto en el informe era correcto, puesto que mi jefe era sumamente exigente, después de unos minutos la puerta se abrió y de ella salió Jack quien pasó sonriendo a mi lado diciendo un —Hasta luego. — no pude evitar sonrojarme. El pequeño dolor de cabeza que estaba en mi escritorio sonó y anunció una llamada que venía de la oficina, contesté temblando porque entrar a esa oficina es cómo una pesadilla. —¿Sí? — contesté insegura. —Ven a mi oficina, ahora. — contestó Alexander autoritario y se escuchaba molesto. —Pero no he terminado el reporte... —Ahora. — y colgó dejándome helada. Me levanté de mi silla y con las piernas temblando me acerqué a esa puerta color marrón que me mataba del susto, la abrí y ahí estaba el hombre a quien odio sentado cómo siempre en su silla-trono creyéndose el dueño de todo el mundo, lo que tal vez sea cierto. Me quedé parada unos segundos antes de caminar hacia él, tomando una respiración larga. Cuando él se paró y caminó hacia mí me tomó por sorpresa y eso hizo que yo retroceda instintivamente en guardia a cualquier posible encuentro inoportuno, tenía que admitir que tenía miedo, él me intimidaba y en éstos momentos estaba muy cerca de mi. —¿Te gustó? — me soltó de sopetón y yo abrí los ojos sin saber de qué está hablando. —¿De qué habla? — susurré sin poder creerlo, no tenía idea de que estaba hablando y porque me hablaba de esa forma. —No te hagas a la inocente que no lo eres, ¿Te gustó mi amigo? — preguntó de forma grosera y de reproche. —¿Por qué pregunta eso? — le pregunté confusa cuando él me atrajo a él agarrándome de las caderas, rápidamente yo lo empujé para que se alejara de mí, sin embargo, él era más fuerte que yo y me trajo más contra sí dejándome sin aliento. — Suélteme— le dije entre dientes molesta de que me haga esto, me prometí que él no iba a volver a jugar conmigo. —Dime ¿Te gustó? — contestó acercándose más a mí y apretando más el agarre, lo que hizo que me ponga roja de furia. —Si me gusta o no.... no es su problema y si le quiero llamar tampoco es su problema, así que suélteme y déjeme seguir trabajando. — contesté acalorada por la situación. —¿Qué no es mi problema? — espetó casi escupiendo las palabras. Se acercó a mis labios robándome un beso al que yo no respondí hasta sentir que el abrió su boca y por fin cedí enrollando mis brazos en su cuello, acercándolo más a mí. Jugueteé con su lengua hasta que me cansé y el me alejó de él poco a poco dejándome cómo siempre; sin aliento. Lo miré a los ojos y aún estaba molesto a lo que yo alcé mi mano y le acaricié la barbilla, una perfecta barbilla tallada por los mismísimos dioses. El comenzó a respirar más despacio y cerró los ojos fuertemente apoyándose en mis caricias y ahora si me sentí querida. Mi corazón palpitaba como dos caballos galopando, quería a este hombre, lo quería, aunque fuera conmigo una mierda de persona, aunque lo odie de vez en cuando, quería a este hombre y sé que soy una idiota, pero en realidad le quiero y lo peor es que él no ha hecho nada para conquistarme, al contrario. [Estás loca] Tal vez. Él abrió los ojos y miré a esos ojos color miel tan bonitos que ya no estaban llenos de rabia. —No te gusta— susurró a lo que yo asentí con la cabeza estando de acuerdo. —Dilo. —No me gusta. — respondí. El me miró a los ojos fijamente y yo respondí con una sonrisa, él era cómo un niño pequeño que si no tiene lo que tiene explotará, no llorando, si no destruyendo y en éste caso me destruiría a mí. 
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