Lía
“El silencio que observa.”
Gael no me dejó discutirlo.
Ni siquiera intenté hacerlo mucho.
Después de lo que ocurrió en la calle… después del coche alejándose… después de ver la furia en sus ojos…
no tenía energía para llevarle la contraria.
Caminamos hasta su piso en un silencio extraño.
No tenso.
No cómodo.
Un silencio que parecía caminar entre los dos con las manos metidas en los bolsillos, mirando el suelo, murmurando:
“mira lo que pasó… mira lo que podría haber seguido”.
Cuando cerró la puerta detrás de nosotros, fue como si el mundo quedara fuera.
—Siéntate —dijo.
No era una orden.
Tampoco una sugerencia.
Era simplemente Gael siendo Gael.
Me senté en su sofá, mientras él recogía el botiquín casi sin mirarme.
Tenía esa forma de moverse cuando algo lo remueve demasiado: rápida, eficaz, como si tener ocupadas las manos mantuviera la cabeza lejos de la tormenta.
—No necesito vendas —murmuré.
Él me miró entonces.
De verdad.
—Yo sí —respondió.
Y siguió limpiando la herida pequeña de mi muñeca como si fuera una fractura abierta.
No dije nada.
No podía.
Porque verlo así —tan tenso, tan contenido— me apretó algo bajo las costillas.
Ya era de madrugada cuando finalmente habló.
—Fue Nico —dijo sin rodeos, sentado al borde del sillón, con las manos entrelazadas.
No me sorprendió.
—Lo sé —susurré.
—No. No lo sabes.
Lo que hizo fue… medir.
Estudiarte.
Jugar con tus reacciones.
Tragué saliva.
—Entonces también te estaba midiendo a ti.
Él no respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
Intenté dormir un rato en el sofá, pero cada vez que cerraba los ojos veía la escena repetirse.
Las manos.
El muro.
El coche encendiéndose a lo lejos.
Me levanté a beber agua, y ahí la sentí por primera vez:
Esa presión en la nuca.
No miedo.
No tensión.
Vigilancia.
Como si alguien estuviera detrás de mí sin moverse.
Me giré despacio.
Gael estaba despierto, apoyado en la pared entre sombras, mirándome como si acabara de vivir una pesadilla que no era la suya.
—Te pasa algo —dijo, acercándose.
—Es… una sensación —respondí—. Como si alguien… estuviera mirando.
Gael no se sorprendió.
No me trató de paranoica.
No intentó suavizarlo.
Solo se acercó un paso más, despacio, como si yo fuera cristal fino.
—Es porque te marcaron.
Mi respiración se detuvo un segundo.
—¿Marcarme?
—Sí. —Su voz era un cuchillo bajo control—. Cuando un tipo como Nico decide que eres… “interesante”, no te quita los ojos de encima.
Ni cuando estás sola.
Ni cuando estás acompañada.
Ni cuando duermes.
Ni cuando respiras.
Me sostuvo la mirada.
—Y no va a parar.
No temblé.
Pero algo dentro de mí sí lo hizo.
—¿Qué hago entonces? —pregunté.
Gael no tardó.
—Aprender a mirar también.
Y no caminar sola.
Un músculo le saltó en la mandíbula.
No era posesión.
Era… miedo.
Por mí.
Era la primera vez que lo veía así.
La primera vez que él lo dejaba ver.
Y en ese instante entendí algo que me recorrió como un golpe:
Nico me había marcado.
Pero Gael… ya estaba marcado también.
Por mí.
Gael
“Cuando el depredador reconoce al otro.”
No dormí.
Ni lo intenté.
Lía sí lo intentó, aunque solo un par de horas, y en cuanto empezó a moverse inquieta, supe que el sueño no la estaba llevando a ningún sitio bueno.
El piso estaba en silencio, pero mi cabeza no.
Cada vez que cerraba los ojos veía al chico con la muñeca rota.
Y detrás de esa imagen, siempre aparecía él.
Nico.
No necesitaba verlo para saberlo.
Ese movimiento llevaba su sello:
torpeza inicial, violencia improvisada, intención calculada.
Lo conocía demasiado bien.
Nico nunca gustó del barro.
Nunca se manchó las manos.
Pero disfrutaba viendo cómo otros lo hacían por él.
Eso lo hacía más peligroso que cualquier matón.
Me apoyé en el alféizar de la ventana, observando la calle vacía.
Cada sombra podía ser él.
Cada coche detenido demasiado tiempo podía ser un mensaje.
Y ahí estaba la parte que me jodía admitir:
Me estaba provocando.
A mí.
Directamente.
Él no quería solo aterrorizar a Lía.
Él quería ver cómo reaccionaba yo.
Quería medirme.
Ponerme nervioso.
Hacerme perder el control.
Y lo peor era que casi lo consigue.
Recordé la mirada de Lía cuando me gritó “ya”.
No era miedo.
Era… dolor.
Como si le estuviera mostrando un lado que no quería conocer de mí.
Esa imagen me pesó más que toda la sangre que dejé en la calle durante años.
Respiré hondo, apoyando la frente en el cristal frío.
Ella estaba marcada.
Y yo estaba en medio.
Sin quererlo.
Sin buscarlo.
Sin poder evitarlo.
Cuando escuché movimientos detrás de mí, giré la cabeza.
Lía estaba en la cocina, con un vaso de agua en la mano.
Descalza.
Ojerosa.
Hermosa de una forma que me irritaba porque me hacía sentir demasiado.
—¿No duermes? —preguntó ella.
Negué.
—No puedo.
Se apoyó en el borde de la encimera y me miró fijamente.
Tenía esa forma de mirar que atraviesa, que desarma, que te obliga a decir la verdad aunque no quieras.
—Dime la verdad, Gael. —Su voz estaba firme, pero no dura—. ¿Qué está pasando?
Me pasé la mano por la nuca.
No era fácil decirlo.
No porque no confiara en ella, sino porque decirlo en voz alta lo convertía en una realidad irreversible.
—Nico —respondí finalmente— ha decidido meterse con lo que es mío.
Su ceja se arqueó.
—¿Lo que es tuyo?
Sentí el estómago apretarse.
Quise corregirme.
No pude.
No debía.
No era el momento.
—Me refiero a… lo que estoy protegiendo —dije, pero sonó peor todavía.
Ella suspiró.
—Gael… yo no soy algo que proteger.
—Ya lo sé —respondí rápido.
Demasiado rápido.
Ella me miró largo rato.
Después bajó la vista al agua del vaso, como si buscara algo allí dentro.
—Entonces por qué lo haces —susurró.
Esa pregunta me tocó un sitio que no había tocado en años.
Cerré los puños en los bolsillos.
—Porque él no va a parar —dije al final—.
Y porque, queramos o no, ya te vio.
Ya te eligió.
Ya te marcó.
Y si yo me aparto ahora…
él va a pensar que puede tomar lo que quiere.
Ella tragó saliva.
Yo también.
—No voy a dejar que te pase eso —añadí, sin suavizar la voz—.
Ni una vez más.
Ni con él.
Ni con nadie.
No dije “porque te necesito”.
No dije “porque me importas”.
No dije “porque se me hiela la sangre de solo imaginarlo”.
Pero ella lo sintió.
Estoy seguro.
Cuando volvió al sofá, me quedé en la ventana un rato más.
Miré las sombras.
Los coches.
Las esquinas.
Y entendí lo que realmente había cambiado esa noche:
Ya no estaba solo mirando por ella.
Ahora estaba mirando también por mí.
Porque si Nico tocaba algo que era de Lía…
…era tocar algo mío, aunque ella todavía no lo supiera.
Nico
“El placer del cálculo.”
El barrio siempre tenía dos versiones.
La que veía la gente.
Y la que veía yo.
A estas horas, con las calles húmedas y los portales medio apagados, la frontera entre ambas era tan fina que casi podía meter la mano y romperla.
Desde el coche, vi encenderse una luz en el piso de Gael.
Ahí estaban.
Ella.
Y él.
Sonreí.
Él había hecho exactamente lo que yo esperaba.
No se había ido.
No la había dejado sola.
No había podido.
Y esa era la primera marca que quería grabarle.
Los cazadores que se implican demasiado pierden precisión.
Pierden distancia.
Pierden juicio.
Pierden.
Encendí un cigarro con calma.
El humo dibujó una línea suave frente al cristal empañado del parabrisas.
Los chicos habían fallado en algo básico:
no supieron medirla.
Lía no se había asustado.
Había peleado.
Había hecho sangrar.
Eso me sorprendió.
Y lo que sorprende… interesa.
Me incliné un poco hacia adelante, observando la ventana de Gael.
La silueta de él se movía dentro, inquieto como un animal que reconoce que otro ha marcado su territorio.
Perfecto.
—Yo pongo las reglas —murmuré, dejando que el humo saliera lento.
Nadie parecía entenderlo todavía, pero esto no iba de robarle algo a Gael.
Él nunca tuvo nada.
Nunca poseyó nada.
Lo que yo quería era simple:
Que él supiera que podía quitárselo.
Cuando quisiera.
Como quisiera.
Y sin tocarla siquiera.
Miré el móvil.
Un mensaje nuevo.
De uno de los chicos.
“Lo siento, tío, nos pasamos. No sabíamos que…”
Borré el mensaje sin leer más.
Nunca fueron importantes.
Las piezas sacrificables no deben creer que tienen voz.
Volví a mirar hacia el piso.
No veía su rostro, pero sabía que estaba preocupado.
Lo podía oler aunque estuviéramos a metros de distancia.
Gael siempre había sido transparente para mí.
Fuerte.
Peligroso.
Útil.
Pero transparente.
Nunca supo ocultar lo que le importaba.
Y ahora…
lo que le importaba tenía ojos grandes, tatuajes que hablaban de un pasado roto, y una boca que se defendía mejor que sus puños.
Interesante.
Muy interesante.
Apreté el cigarro contra el cenicero y dejé que la brasa muriera.
No tenía prisa.
Esto apenas empezaba.
Y mañana…
mañana se acercaría un poco más.
No a Lía.
No todavía.
A él.
Porque antes de tomar lo que quiero…
siempre disfruto viendo cómo el otro se desarma.
Gael ya había dado el primer paso.
En breve, daría el segundo.
Y cuando lo hiciera…
sonreí.
…yo estaría ahí, mirando.