Lía
“La señal que no quería ver.”
No dormí más que un par de horas en el sofá del piso de Gael.
El amanecer entró por la ventana con esa luz gris que nunca anuncia nada bueno.
Gael me ofreció acompañarme al bar.
Dije que no.
No porque no lo quisiera, sino porque necesitaba recuperar algo de control.
O al menos fingirlo.
Caminé sola.
La ciudad aún medio dormida.
El aire húmedo.
Mis pasos más lentos de lo normal.
La primera alarma la sentí antes de ver nada:
un nudo en el estómago, una opresión en la garganta.
Ese instinto que aprendí a la fuerza años atrás…
y que nunca falla.
Me detuve frente a la puerta del bar.
La cerradura estaba torcida.
Como si alguien hubiese metido una llave equivocada a propósito.
Como si la hubieran manipulado, pero sin terminar el trabajo.
No era un robo.
Era un aviso.
Pasé la mano por el borde metálico.
Frío.
Reciente.
Apreté los dientes.
—Hijo de… —susurré.
Empujé la puerta con cuidado.
Entré.
Y el silencio me golpeó de lleno.
El bar estaba tal cual lo dejamos anoche.
Nada robado.
Nada tirado.
Nada fuera de lugar.
Excepto una sola cosa.
Mi pulsera.
Esa que llevaba en el bolsillo la noche del ataque.
La que perdí entre el forcejeo.
La que di por desaparecida.
Estaba ahí.
En el centro perfecto de la barra.
Como si alguien la hubiese colocado con la precisión de un cirujano.
Me tembló la mano.
Solo un poco.
Pero lo suficiente.
La toqué.
Fría.
Demasiado fría.
Esto no era vandalismo.
Esto no era casualidad.
Esto era él.
Nico no quería robarme.
Ni atacarme.
Ni asustarme.
Quería demostrarme una sola cosa:
Puede entrar donde quiera.
Y cuando quiera.
Tragué saliva.
El aire se volvió denso, como si el bar entero respirara detrás de mí.
Saqué el móvil.
No debía llamarlo.
No debía.
Pero lo hice igual.
—¿Gael?
Su voz sonó alerta al primer tono.
—¿Lía? ¿Qué pasa?
Miré la pulsera otra vez, brillando bajo la luz tenue.
—No estaba sola —dije, y la voz me salió más baja de lo que pretendía.
Hubo un silencio.
Peligroso.
Tenso.
—Dime dónde estás —ordenó.
—En el bar.
—Voy.
Intenté protestar.
No me dejó.
—Voy —repitió, y cortó.
Me apoyé contra la barra, respirando hondo, intentando que las manos dejaran de temblar.
Pero en el fondo sabía la verdad más simple:
El ataque de anoche fue el primer movimiento.
Esto…
Esto era el segundo.
Y ya no había sombras.
Había golpes.
Golpes en la oscuridad que no buscaban herirme.
Buscaban quebrarme.
Gael
“El punto que quiebra.”
Llegué al bar más rápido de lo que debería.
Demasiado rápido.
Tanto que ni recuerdo haber cruzado dos semáforos.
Cuando vi la puerta, la rabia me subió desde el estómago como un golpe seco.
Una cerradura torcida.
Manipulada.
Un gesto pequeño, casi elegante, que decía más que cualquier amenaza escrita.
Nico había estado ahí.
Otra vez.
Más cerca.
Más preciso.
Empujé la puerta y la encontré a Lía en el centro del local, quieta, con algo entre los dedos.
Me acerqué.
La pulsera.
Su pulsera.
La que perdió anoche.
La que no debería estar ahí.
Me ardió la mandíbula de apretar los dientes.
—¿La encontraste aquí? —pregunté. Mi voz fue más grave de lo que quería.
Ella solo asintió.
Miré alrededor.
Nada movido.
Nada roto.
Nada robado.
Solo una marca.
Una firma.
Un “yo estuve aquí”.
Y lo dejó en el lugar más visible, más simbólico, más íntimo:
la barra.
Su barra.
Sentí algo frío subir por mi espalda.
No miedo.
Algo peor.
Certeza.
Nico no venía por ella.
No todavía.
Estaba viniendo por mí.
Estaba diciendo:
“Puedo entrar donde duermes.
Donde trabajas.
Donde respiras.
Y no puedes detenerme.”
Lía habló por fin.
—¿Ves ahora por qué dije que no era paranoia?
Me giré hacia ella.
Tenía el ceño fruncido.
La piel tensa.
Pero sus ojos…
sus ojos ardían en algo que no era miedo.
Era dignidad.
Valentía.
Furia.
Eso me partió por dentro.
Me acerqué un paso.
—No vuelves a abrir este bar sola —dije.
Ella levantó la barbilla, desafiante.
—Gael…
—No vuelves a abrir este bar sola.
No vuelves a caminar sola.
No vuelves a—
Me detuve.
No era mi lugar.
No era mi derecho.
Ella entrecerró los ojos.
—Estás cruzando una línea.
—Lo sé —respondí. No intenté negarlo—.
Y él también.
Su respiración se aceleró un segundo.
La mía también.
—Esto no es un aviso —continué, señalando la pulsera—.
Esto es una marca.
Y no para ti.
Para mí.
Ella me sostuvo la mirada.
—¿Y qué piensas hacer?
Una pregunta simple.
Una respuesta imposible.
Porque sabía exactamente lo que quería hacer:
encontrarlo.
romperlo.
acabarlo.
Pero no podía decir eso.
No a ella.
No ahora.
Así que dije la única verdad que podía decir sin destruir nada:
—Lo que haga falta para que no vuelva a tocar tu vida —dije con voz baja, tensa—.
Ni tu casa.
Ni tu bar.
Ni tu sombra.
Ella tragó saliva.
Yo también.
Por un momento largo, eterno, el bar quedó en silencio.
Solo ella.
Solo yo.
Y esa pulsera en su mano, brillando como un insulto.
Un insulto directo.
Personal.
Del tipo que Nico sabía que no iba a dejar pasar.
Y lo peor es que él lo hacía a propósito.
Me conocía.
Sabía exactamente qué cuerdas tocar.
Sabía que esto me iba a romper la calma.
Sabía que esto me encendía.
Y yo lo odiaba por eso.
Pero también me odiaba a mí mismo… por importarme tanto.
Ella puso la pulsera en la barra despacio, como si dejara un arma sobre la mesa.
—Entonces tenemos un problema —dijo.
—Sí —respondí—.
Uno muy serio.
No añadí lo evidente:
Y ese problema lleva tu nombre pintado encima.
O el mío.
O los dos.
Nico
“La firma invisible.”
Los hombres que necesitan mostrarse no sirven para nada.
Los que necesitan gritar, tampoco.
El poder real siempre está en el gesto pequeño.
En la marca mínima.
En lo que el otro entiende sin que tengas que decirlo.
Por eso dejé la pulsera en la barra.
No por ella.
Por él.
Gael siempre tuvo un sentido enfermizo de protección.
Una debilidad.
Solo necesitaba tocarla.
Solo necesitaba verla con algo suyo en la mano.
Y explotaría.
Desde la esquina del callejón, vi cómo entraba al bar casi corriendo.
Vi su cuerpo tensarse al ver la puerta.
Vi cómo buscó a Lía con los ojos antes de mirar cualquier otra cosa.
Lo vi todo.
Y sonreí.
No necesitaba entrar.
No necesitaba acercarme.
No necesitaba ensuciarme.
Solo necesitaba que él supiera lo que yo podía hacer.
Podía entrar a su bar.
Podía acercarme a ella.
Podía romper lo que quisiera.
Y sin tocar nada, ya lo había hecho.
Apreté el encendedor entre los dedos, escuchando el “clic” en la oscuridad.
—Golpe uno —murmuré.
No era una amenaza.
Era una advertencia.
Y él la había recibido.
Perfecto.
Lía
“La grieta que duele.”
Cuando Gael se fue a revisar la puerta por última vez, me quedé sola unos segundos frente a la barra.
La pulsera seguía allí.
Brillando.
No como un recuerdo.
Como una amenaza.
La toqué con la punta de los dedos.
No para recogerla.
Para obligarme a aceptar la verdad que llevaba evitando desde anoche.
Esto ya no era un juego de miradas.
No era un susto.
No era un error.
Alguien había entrado en mi vida sin permiso.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que sabía cómo entrar.
Mi pecho se apretó.
No por miedo.
Por impotencia.
Yo podía pelear.
Yo podía defenderme.
Podía sobrevivir a hombres peores.
Pero esto…
esto era distinto.
Esto era cálculo.
Esto era obsesión.
Esto era una marca invisible que se quedó pegada a mi piel desde anoche.
Respiré hondo.
No sirvió de nada.
Gael volvió a entrar, serio, con las manos aún tensas.
—La puerta la tengo que arreglar hoy —dijo—. No la cierres sola más.
—Gael…
—No es negociable.
Ese tono…
ese tono era el mismo de anoche, entre la rabia y el miedo.
No me acerqué.
No me alejé.
Solo lo miré.
—Tengo miedo —dije al fin.
Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas.
Él se quedó quieto.
Completamente quieto.
Como si no esperara escucharlo de mi boca.
—No por mí —continué, bajando la mirada—.
Por lo que esto puede hacer contigo.
Gael dio un paso.
Solo uno.
Pero lo sentí como un terremoto.
—Esto no va de mí —respondió, más suave de lo que le había escuchado jamás.
Levanté la vista.
Tenía los ojos oscuros, encendidos de algo que no supe nombrar.
—Lía… —susurró.
Y por un segundo, uno solo, pensé que iba a tocarme.
Que iba a dejar caer la coraza.
Que iba a decir algo que lo cambiaría todo.
Pero no lo hizo.
Ni yo tampoco.
Porque si ese contacto ocurría ahora,
si dejábamos que ese muro se rompiera justo en este momento…
ninguno de los dos sabría cómo ponerlo de pie otra vez.
Él bajó la mano.
Yo respiré.
Muy despacio.
—Vamos a salir de esta —dijo al final—. Lo prometo.
No le creí del todo.
Pero su voz me sostuvo más que la promesa.
Tomé la pulsera de la barra.
La guardé en el bolsillo.
No porque quisiera conservarla.
Sino porque dejarla ahí era admitir derrota.
Y yo no había llegado hasta aquí para rendirme.
Cuando salimos del bar juntos, la calle estaba igual que siempre.
Vacía.
Callada.
Oscura.
Pero ya no era la misma.
Ahora sabía una cosa con absoluta claridad:
No estaba sola en la calle.
Y tampoco estaba sola en la guerra.