Gael
“Lo que nunca dije.”
La noche había caído sin avisar, silenciosa, pesada.
Acompañé a Lía hasta su casa después del cierre, sin hablar demasiado.
No quería invadirla.
No quería presionarla.
Solo quería asegurarme de que subía las escaleras sin temblar.
Cuando llegó a la puerta de su piso, apoyó la espalda en la madera y soltó un suspiro.
Ese sonido me golpeó más de lo que debería.
—¿Quieres pasar? —preguntó.
No sonó a invitación romántica.
Sonó a rendición cansada.
Asentí.
Ella abrió.
Entré.
El silencio del piso la envolvió enseguida.
Yo me quedé cerca de la puerta, sin moverme.
—¿Estás bien? —pregunté.
Ella rió sin humor.
—¿Tú qué crees?
Eso me rompió más que cualquier amenaza de Nico.
No podía decirle “todo va a estar bien”.
Ni siquiera podía decirle “te protejo”.
Las palabras que quería decir eran demasiado grandes para un mundo tan roto.
Me acerqué un paso.
—Lía… —dije, y mi voz salió baja, áspera, sincera—.
Tú piensas que soy duro, que no siento nada, que puedo con todo.
Pero no es verdad.
Ella levantó la mirada.
Estaba cansada.
Pero no rota.
Nunca rota.
—Gael… no tienes que—
—Sí tengo —la interrumpí suavemente—.
Porque tú no sabes lo que provoca esto en mí.
Hice una pausa.
Mis manos temblaron.
Las escondí en los bolsillos.
—Cuando te vi contra esa pared —tragué saliva, la garganta cerrada— pensé que llegaba tarde otra vez.
Que iba a perder algo que ni siquiera me pertenece.
Y eso… —respiré hondo— me jodió.
Mucho más de lo que debería.
Ella se quedó quieta.
Era la primera vez que me escuchaba hablar así.
La primera vez que yo me permitía hablar así.
Me acerqué otro poco.
No la toqué.
No podía.
No debía.
—No sé qué nombre tiene lo que siento por ti —admití—.
Pero sé qué no quiero:
no quiero ver tu vida en manos de alguien como Nico.
No quiero imaginar tu miedo.
No quiero que vuelvas a pasar por algo como… como eso.
Ella frunció el ceño.
—Manuel —susurró, como si la palabra le secara la boca.
Asentí.
No dije nada.
No hacía falta.
Ella dio un paso hacia mí.
Y yo… casi retrocedí.
Porque su cercanía dolía.
Porque su cercanía era un riesgo en sí misma.
—Gael —dijo bajito—.
Esto que estás diciendo… no deberías decirlo.
Sonreí triste.
—Lo sé.
Pero lo estoy diciendo igual.
Mis ojos se encontraron con los suyos.
Por primera vez sin defensa.
Sin máscara.
Sin rabia.
Solo verdad.
Ella tragó saliva.
Su voz casi no salió.
—¿Y qué esperas que haga con esto?
Me acerqué lo justo para que pudiera sentir mi respiración en su piel.
—Que no lo olvides —susurré.
Y me aparté antes de hacer algo que los dos lamentaríamos… pero también deseábamos.
Fui hacia la puerta.
—Descansa —dije, casi en un hilo de voz.
No la miré al irme.
Porque si lo hacía…
me quedaba.
Lía
“El eco que no se apaga.”
Cuando Gael cerró la puerta detrás de él, el silencio del piso cayó de golpe.
No fue un silencio vacío.
Fue un silencio lleno.
Pesado.
El tipo de silencio que deja alguien que acaba de decir demasiado.
Me llevé una mano al pecho.
No sabía si mi corazón latía rápido… o si simplemente estaba cambiando de forma.
Me dejé caer en el borde del sofá.
El mismo donde dormí anoche.
El mismo donde él me cubrió con su chaqueta.
Gael.
Sus palabras seguían ahí dentro de mí.
Empujando.
Rasgando.
Abriendo grietas que creía selladas desde hacía años.
“Pensé que llegaba tarde otra vez.”
“No quiero ver tu vida en manos de alguien como Nico.”
“No sé qué nombre tiene lo que siento por ti.”
Me temblaron los dedos.
Gael no es un hombre que hable.
Gael actúa.
Gael pelea.
Gael ruge.
Pero hoy…
hoy susurró.
Y eso fue peor.
Mucho peor.
Porque un susurro puede atravesar defensas que un grito no rompe nunca.
Me quedé mirando la puerta por varios segundos, como si pudiera hacerla abrirse sola.
Como si él fuera a aparecer otra vez.
Como si yo fuera a llamarlo.
No lo hice.
No debía hacerlo.
Pero mi cuerpo…
mi cuerpo no estaba de acuerdo.
Sentía su presencia todavía en el aire.
En mi piel.
En la forma en que la habitación parecía más pequeña desde que se fue.
Me levanté y me acerqué a la ventana.
La calle estaba oscura.
Silenciosa.
Pero sabía que Nico andaba por ahí.
Sabía que esto no había terminado.
Sabía que los golpes en la oscuridad apenas habían empezado.
Y aun así…
Aun así lo que más me inquietaba era lo otro.
El susurro.
La grieta que abrió Gael sin querer.
La grieta que yo había dejado abrir.
Porque por primera vez desde Manuel,
por primera vez desde ese pasado que me tatué para no olvidar…
Tenía miedo de algo que no era violencia.
Tenía miedo de algo que podía doler más que un puño.
Tenía miedo de sentir.
Me apoyé en el cristal frío.
—Gael… —susurré, aunque él no estaba—.
No sé si puedo con esto.
Y la verdad más peligrosa me atravesó por dentro:
No sé si quiero poder.
Oscar
“Ojos que ven más de lo que deberían.”
El bar estaba casi vacío cuando llegué.
Había pasado a dejarle unas llaves a Héctor, pero la expresión de mi amigo me detuvo.
Estaba serio.
Más serio que de costumbre.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Héctor secó un vaso, sin levantar la mirada.
—Vinieron temprano.
Ella…
y Gael.
Eso bastó para que me tensara.
—¿Juntos? —dije.
—No como tú crees —murmuró—.
Ella estaba rara. Él también.
No sé qué pasó anoche, pero algo pasó.
Me acerqué un poco más, apoyando las manos en la barra.
—¿Ella está bien?
—No.
Pero lo está fingiendo.
Esa respuesta me atravesó.
Conocía a Lía lo suficiente como para saber que cuando fingía estar bien…
es que todo estaba muy mal.
—¿Y Gael? —pregunté con recelo.
No me fiaba del todo de él.
No por maldad, sino porque venía de un mundo capaz de tragarse a quien se cruzara.
Héctor se encogió de hombros.
—Él está peor.
No lo dice, pero… está ardiendo por dentro.
Y no sé si es por ella… o por lo que está fuera.
Guardé silencio un segundo.
Observé el bar.
La energía rara que flotaba.
El aire tenso.
Y lo supe.
—Esto no es solo entre ellos —dije en voz baja—.
Aquí hay algo más.
Héctor alzó la vista, por fin.
—Sí.
Algo oscuro.
Algo que huele a peligro.
Y entonces, casi sin querer, dijo la frase que me dejó helado:
—Gael la mira como si en ella hubiera algo que pudiera salvarlo… o destruirlo.
Me pasé una mano por el rostro.
Porque yo también lo había visto antes:
Ese tipo de mirada es un arma.
Y en el mundo del que venimos Lía y yo…
…las armas emocionales siempre se cobran un precio.
Suspiré.
—Voy a hablar con ella —dije.
—Hazlo —respondió Héctor—.
Pero hazlo con cuidado.
Está más vulnerable de lo que parece.
Y Gael…
él también.
Lía
“Lo que me queda cuando todos se van.”
Óscar había venido a verme después de su turno.
No me dijo exactamente por qué, pero lo supe apenas entró por la puerta:
me miró como si buscara heridas.
No físicas.
De esas que duelen más.
—¿Todo bien? —preguntó, con esa voz que siempre usa cuando intenta no sonar preocupado.
Asentí demasiado rápido.
Él levantó una ceja.
—Mentís peor que hace diez años.
Solté una risa ahogada.
Oscura.
De cansancio.
—Estoy… —empecé a decir, pero la frase se me murió en la garganta.
Óscar no insistió.
Se sentó en el sofá, a mi lado, sin tocarme, pero suficientemente cerca como para que sintiera su presencia.
—Héctor me contó que estuviste rara hoy —dijo—.
Y que Gael también.
Me tensé.
—Óscar, no…
—No me mientas —interrumpió—.
Si no querés hablar, no hables.
Pero no me mientas.
Respiré hondo.
Mis manos seguían frías desde que Gael cerró la puerta horas atrás.
—Pasaron cosas —dije al fin.
—¿Con Gael?
No aparté la mirada.
No podía.
—Sí —susurré.
Óscar hizo algo extraño entonces.
No se enfadó.
No se puso protector.
No se puso celoso.
Solo… bajó la mirada.
Como si lo hubiera estado temiendo.
—Lía —murmuró—.
Vos sabés que lo que viviste con Manuel te dejó marcas.
Y que hay hombres… que saben entrar justo por esas grietas.
Cerré los ojos un segundo.
Me ardieron.
—Gael no es Manuel —dije firme.
—No dije eso —respondió suave—.
Pero tampoco es un hombre sencillo.
Y vos… no estás en un momento sencillo.
Me llevé una mano a la frente.
Porque tenía razón.
Porque no quería que la tuviera.
Porque una parte de mí quería que alguien me dijera que esto podía salir bien sin romperme otra vez.
Pero nadie podía prometerme eso.
—No sé qué hacer —admití, con la voz más rota de lo que quería.
Óscar apoyó un codo en la rodilla, inclinado hacia mí.
—No hagas nada hoy.
Ni mañana.
Ni cuando tengas miedo.
Las decisiones desde el miedo siempre salen caras.
Lo miré.
Me sostuvo la mirada con esa mezcla rara de hermano, amigo, y testigo de mis ruinas.
—¿Y si ya es tarde? —pregunté.
Óscar exhaló lento.
—Con Gael… nunca va a ser tarde.
El problema es que, si te metés demasiado, tampoco va a haber vuelta atrás.
Sentí un escalofrío.
Porque eso era exactamente lo que me estaba aterrando.
No Nico.
No el peligro.
No la oscuridad del barrio.
Gael.
O más bien…
Lo que podía hacerme sentir.
Óscar se levantó.
—Descansá —dijo con esa voz suya que siempre parece saber más de mí de lo que yo misma sé—.
Mañana vas a ver las cosas con otra luz.
—No creo —susurré.
Él sonrió con tristeza.
—Lo sé.
Me dio un beso en la cabeza.
Como siempre.
Como antes.
Como cuando éramos chicos y yo volvía llena de moretones espirituales.
Cuando cerró la puerta detrás suyo, el piso quedó demasiado grande.
Demasiado silencioso.
Demasiado lleno de un nombre que no quería pronunciar.
Gael.
Me llevé la mano al pecho.
Otra vez.
Ese lugar que estaba empezando a doler.
Me tumbé en el sofá, incapaz de ir a la cama.
Y ahí, en la oscuridad, con el eco de sus palabras aún quemándome…
supe una verdad insoportable:
No tenía miedo de que Gael me engañara.
Ni de que me fallara.
Tenía miedo de que me importara tanto que ya no supiera sobrevivir sin él.
Y ese era el golpe más fuerte de todos.