Capítulo 14

1654 Words
James nació en la provincia Zu. El sur de Bianca es conocido por sus valles. Se celebra el festival de primavera en las llanuras que hay entre las montañas. Debido a distancia con la ciudad, puede creerse que la provincia es rural. De hecho, los biancanos de la capital creían que el resto de Bianca era pasto y campo. ¡Qué equivocados estaban! Zie-tse es la ciudad de la provincia. En la época de los pájaros de hierro, tiempo en el que me ubico para narrar esta historia, no habían tantos edificios. Así que James fue criado en una zona que apenas era transitada por coches. La estación de tren era la obra arquitectónica más moderna, porque el resto de la ciudad mantenía el estilo victoriano en sus hogares y comercios. Viajar a Zie-tse, era ir hacia el pasado. El pavimento conservaban el empedrado y hacia contraste con el asfalto de las calles. Algunos lugarteniente de las zonas rurales, iban en carrozas empujadas por cuatro caballos. Incluso habían panaderías que usaban los métodos tradicionales para la elaboración del pan, pasteles y dulces. La era industrial apenas había tocado a la provincia y ni qué decir de la modernidad. Ya habían aparatos como el F-4 en la capital, y el aeropuerto militar de Zie-tse conservaba unos modestos P51 Mustang. Por supuesto, los dinosaurios vivían y a veces hacían vuelos de practica con ellos. Un joven James de trece años, soñador y con aires de campesino, admiraba la danza del P51 en los prados Osmoe. No había peligro en aquel entonces, dado que la fauna era inofensiva. Sentado en la estaca del alambrado, veía los movimientos suaves del P51. Su corazón estaba excitado. —¡James! —gritó un amigo suyo. Jonast nació en la misma provincia. James conoce a su futuro mejor amigo, en la escuela del centro de la ciudad. Los padres no se conocían, pero luego del desarrollo de la amistad de James y Jonast, no les quedó más remedio que conocerse. La familia de James era conservadora y hermética. No les gustaba interactuar ni con sus vecinos. Al contrario de su hijo, rehuían de cualquier trato social. Resulta contradictorio que el padre de James fuera comerciante. Sin embargo, por más descastado que fuera el señor Anford, vendía sus productos importados de Lianca. «La máscara se usa con la gente. En el hogar, tu zona de confort, retiras la máscara y la guardas hasta el día siguiente», decía su padre mientras conducía en dirección al hogar. James, a su corta edad, no entendía lo que decía. «¿Qué diablos es esa máscara de la que habla padre?», se preguntaba cuando pelaba papás en la cocina. —¡Jonast! —respondió James. Ambos se saludaron con un choque de puños que siguió con un fraternal abrazo. —¿Otra vez admiras al cacharro volador? —inquiere Jonast—. ¡Vamos! ¿No has leído las revistas aeronáuticas? ¡En la capital hay cazas modernos y distintos a esa cosa. Sí había leído las revistas, pero era difícil explicar a Jonast el sentimiento que sentía al ver un P51 maniobrar en el prado. No era cuestión de modernidad, sino de comprender la libertad que el ser humano había buscado en el aire. Aunque era una libertad simulada, además de censurada, ya que los aviones son prótesis, una burda imitación de la naturaleza. James le decía: «Naturaleza mecanizada». —No entenderás si te lo explico, tampoco tengo palabras para decírtelo. Es un cacharro —miró el aparato, que seguía volando—, pero para mí es un ave creado por el ser humano. —Vale. —Levantó las manos a la altura del hombro—. Sí lo dices así, debo darte la razón. ¿Sabes? Es diferente conversar contigo. Los chicos del barrio solo hablan estupideces. ¡Aburren! Pienso que mi intelecto es superior al de ellos. —Ya veo que tengo un seguidor. Aunque desde hace mucho que somos amigos, ¿no? ¡Venga, tonto! No me elogies, soy tan estúpido como tú. —¿Me llamas estúpido? —Se señaló a sí mismo. —Jonast —mira a su amigo con indiferencia—, somos unos niñatos para los adultos. ¿A caso debemos hablar como ellos para justificar que no decimos estupideces? ¡Al diablo! Yo hablo así porqué he leído muchos libros y, además, mamá me enseñó a usar un lenguaje distinto para dar entender mi posición social. —¡Ah, ah! ¡Qué condicionado estás! Desnúdate y verás que tu condición social deja de valer —reprendió Jonast con una sonrisa burlona—. Sé más libre de las imposiciones y etiquetas. Este sistema pronto nos absorberá. Las escuelas nos preparan para la esclavitud moral y la represión del espíritu. —Desde que nacimos con un nombre, estamos etiquetados y condenados. Pero, vamos, no hace falta avergonzarme si estoy desnudo, ya que si tengo una bolsa de dinero en la mano derecha, verás que los pobres dirigirán sus ojos a la bolsa y no al pene. ¿Acaso las prostitutas ven el pene de su cliente? No. Saltó de la estaca y rodeó el hombro de Jonast con el brazo. —Hablas y hablas, pero no haces nada por demostrar tus palabras —desafió Jonast. —No hace falta demostración, ya que no existe una causa para los efectos, sino miles de causas para los efectos. ¿Comprendes? —Ahora hablas con cacofonía y eso me aturde. Guardaron silencio. El viento movía la hierba alta. Un azulejo aleteó hasta posarse en la rama de un árbol. El P51 seguía volando. Jonast y James desternillaron. —¡Vaya, parecemos unos personajes de novelas! —exclamó James. —¡Ni qué lo digas! Las clases de teatro sí ayudan… —¡Ayudan a reírnos! Venga, ¿qué es eso de los miles de efectos? ¡Importa un demonio la causa de los efectos! Te diré una buena causa que puede ser curada con efecto. —A ver, dime. —Tengo sed y la causa de esa sed, es el sol y el efecto es el calor del mismo. Por tanto, nace la sed de la causa y efecto. ¡Uf! Hace mucho calor. —Se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Tengo ganas de tomar unas cuantas gaseosas especiales. Jonast sonrió con picardía. —Conozco el sitio —dijo Jonast. Horas más tarde, estaban tomando cerveza en un bar subterráneo. Los jóvenes de quince años, cortejaban a las camareras y los muchachos de trece a catorce, solo bebían en grupo. James y Jonast eran chicos alejados de la muchedumbre. Su intelecto los distanciaba de los ignorantes. —No podemos llegar borrachos a la casa, descubrirán el maldito sitio —dijo Jonast con voz de borracho. —¡Bobo, ya estamos ebrios! —replicó James y eructó—. ¡Esmeralda, acércate un poquito! —le dijo una guapa muchacha de catorce a dieciséis años, rubia, ojizarco y piel nívea. —¿James? —su voz sonó encantadora, pues le agradaba el chico, aunque no la edad. Sin embargo, el escote dejaba lucir la línea de sus pechos y ella, intencionadamente, se dobló para deleite de James. —¡Wow, Esmeralda, de cerca eres preciosa! —exclamó James, mirando los labios de la chica. —Gracias, señorito —dijo con una halagadora sonrisa y movió sus pechos adrede. Jonast, que no pintaba nada en el flirteo de los tortolitos, ponía cara de asco. En el pasado, Esmeralda se había acostado con James, para enseñarlo a ser un «hombre». El secreto era conocido por Jonast, quien se moría de envidia porqué no tenía dicha suerte. —Trae dos cervezas más, por favor —ordenó James y besó la mejilla de Esmeralda. —Ya las traigo, querido. —Besó a James en los labios. Jonast simuló una arcada, como si fuera a vomitar por el beso fugaz de la parejita. Cuando Esmeralda se alejó, James dijo: —¿Tienes qué ser payaso? Quizás en tu vida pasada fuiste uno. —¡Ja! Claro, yo un payaso. Vale, vale, no estamos aquí para discutir tu evidente rechazo a mi presencia cuando estás con una chica… —¡Pareces mi esposa! —reclamó James, riéndose. —¡¿Te parecen estúpidos mis sentimientos?! ¡Dímelo en la cara! —Se levantó con los ojos hinchados de tristeza. Ambos estaban actuando como en la clase de teatro. La amistad de James y Jonast era graciosa para sus allegados. Algunos chicos que estaban alrededor, se reían de la actuación, dado que era buena. —¡Sí, me parecen ridículos! Ella es un sol, tú eres una luna. Mis días pasan con ella, pero mis noches contigo. Eres solo eso cuando despunta el alba entre las montañas. —¡Soy una noche! ¡Ah, descarado! Creí que éramos amigos, pero denoto que tu amistad no es sincera. ¿Cómo puedo ser la noche si en el día soy tu sombra? Mira la sonrisa de la muchacha, se está riendo de nosotros. ¡Malvada bruja, pagarás tu insolencia! No hay pecado que se salve de la justicia divina. —¿Justicia divina? —contestó James—. ¡El hombre es el hacedor de la justicia divina! Atribuyes desgracias a la inexistencia, para así ofrecer una vaga explicación. ¿Dónde quedan los argumentos? Ahora bien, si algo le ocurre a la chica, te las verás conmigo. —¡Ay! Amenazas a tu amigo. Cuando ella se vaya con el séquito de su amor efímero, ¿quién te consolará? —Mi mano que musculosa está de tanto ejercicio pecaminoso. Todos estallaron en risas. Incluso Jonast y James desternillaron. Los amigos se abrazaron y se dieron palmadas amistosas en la espalda. Una vez que salieron del bar subterráneo, pasado un poco el efecto del alcohol en sus neuronas núbiles, caminaron hacia el parque.
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