Harald fue hacia la iglesia moviéndose con mucha cautela. Había caído un chaparrón y la hierba estaba mojada, pero ya había dejado de llover. Una ligera brisa empujaba a las nubes alejándolas de allí, y una luna que estaba en tres cuartos brillaba intensamente a través de los huecos. La sombra de la torre del campanario iba y venía con la luz de la luna. Harald no vio ningún coche desconocido aparcado cerca, pero aquello no lo tranquilizó demasiado. Si la policía realmente se estaba tomando en serio tender una trampa, habría escondido sus vehículos. No había luces en ningún lugar del monasterio en ruinas. Era medianoche, y todos los soldados estaban acostados excepto dos: el centinela del parque, apostado delante de la tienda que servía como cantina, y una enfermera veterinaria de guard

