Después de revelar la verdad a Solís, le pedimos que la guardara en secreto, pero señaló un inconveniente que le impedía prometernos no hablar con nadie sobre lo que conoció esa mañana.
– No puedo ocultarle esto a Paul -decía Solís negando con la cabeza y sus manos hechas puño sobre la mesa-. Él es más que mi esposo; es mi amigo, mi socio, mi compañero. Entre nosotros no hay secretos.
– Pero Laura, quizás el Comandante Torres no lo tome tan bien como tú lo estás haciendo, y eso puede ponernos en peligro -cuestionó Marianne.
– Es que ustedes no conocen a Paul. Él es una persona muy leal. Nuestro compromiso está basado en el amor y lealtad que nos tenemos. Si comparto con él tremenda información, entenderá que lo hago considerando las sólidas bases en que se sostiene nuestra relación. Además, él podría ayudarles de una mejor manera cuando lo necesiten.
Lo último dicho por Solís hizo pensar a Stefan; no estaría nada mal contar con humanos influyentes a su favor, como los amigos que tienen Los Höller en Europa y Asia. Estos amigos son familias que de generación en generación han ayudado a mantener en secreto la verdadera identidad de la Manada Höller, facilitando la realización de ciertos trámites legales, como las actas de defunción que dejan constancia del fin de una vida humana, puesto que continúan en secreto con sus vidas sobrenaturales hasta que les llegue la hora de regresar ante la Madre Luna.
Paul Torres era Oficial de la Policía y provenía de una familia con una marcada tradición castrense. Desde el bisabuelo, Los Torres han estado relacionados con la vida policial y militar. Esta familia tenía varios parientes trabajando en las tres Fuerzas Armadas y en la Policía, lo que les permitía tener una red de contactos en el gobierno que les ayudaría a solucionar diferentes problemas que tuvieran Los Höller en el futuro.
– Apoyo a Solís -dijo Stefan caminando alrededor de la mesa de reuniones-. Ya es hora que nuestras conexiones crezcan en Perú, y, como en otros países, vamos a necesitar amigos que nos ayuden a mantener nuestra verdadera identidad oculta -sus hermanas entendieron sus razones y apoyaron su decisión.
Marion sugirió que sería más adecuado revelar la verdad a Torres en la Mansión Höller.
– Por si es un poco incrédulo y necesitamos mostrar lo que somos -justificó con una sonrisa divertida.
– Entonces planifiquemos un almuerzo para que nuestras familias se conozcan y decirle la verdad al Comandante Torres -concluyó Marianne.
Acordamos que el próximo domingo nos reuniríamos en la Mansión Höller para tener un almuerzo familiar, ya que ese día le acomodaba mejor a Torres.
(…)
Después de que Solís se retirara del instituto, fui al Almacén por los materiales para mi proyecto. Minutos después Stefan me alcanzó y ayudó a cargar todo lo que necesitaba.
– Ya nos vamos. Amelia ya tiene todo lo que buscaba -decía Stefan mostrando a sus hermanas las bolsas que cargaba.
– ¿A dónde van a almorzar? -preguntó Marion.
– No sabemos, aún no lo discutimos. ¿Acaso nos quieren invitar a almorzar? -preguntó juguetonamente. Con sus hermanas se engreía mucho, era por la diferencia de edad.
– Pueden almorzar con nosotras y la familia en la mansión. Amelia no ha tenido la oportunidad de conocer a Kiram, Ania, Lena y Cassie, así que sería perfecto para que conozca a sus otros sobrinos -la propuesta de Marianne me encantó, y volteé a mirar a Stefan para expresarle mi aprobación y ganas de compartir un tiempo en familia.
– De acuerdo, iremos a almorzar a la mansión, pero quiero ese postre peruano que llaman leche asada, del cual Ravi siempre habla y hasta ahora no pruebo -así Stefan condicionó nuestra presencia en el almuerzo familiar, por lo que sus hermanas aseguraron que tendría bastante de ese postre, tanto que se hartaría de él.
Ya en el apartamento esperábamos la llamada de Marianne avisando que se iban a la mansión, cuando recordé que tenía los aretes y el anillo de platino y diamantes que Diamant me prestó para la cena.
– Stefan, ¿puedes llamar a Marianne? Quiero consultarle cuándo y a quién debo entregar las joyas que usé en la cena –le pedí mientras salía de mi habitación con las joyas acomodadas en sus cajas de joyería.
– ¿No tienes el número de Marianne? –preguntó Stefan desde la sala.
– No. En todo caso, díctamelo para llamarla -me acerqué al teléfono fijo del apartamento para marcar el número. Al ver que tomé el auricular, Stefan se sentó derecho y prestó atención a lo que hacía.
– ¿Acaso no tienes celular? -Stefan me miraba como si me hubiera salido una segunda cabeza.
– No, no tengo –respondí muy natural.
– ¿Cómo que no tienes celular? –para él era una rareza que no tuviera un equipo móvil, y eso que él era un licántropo, pero más fuera de este mundo era que yo no tuviera un celular.
– Pues, eso, no tengo celular –reafirmé mientras levantaba los hombros y hacía gestos con mi mano de que era obvio que no tenía uno de esos modernos aparatos de comunicación.
– ¿Se te perdió o estropeó? –pero qué ganas de no querer entender que hay personas que no usamos ese tipo de tecnología porque no tenemos el suficiente dinero para darnos esos lujos.
– No, nunca he tenido uno.
Su cara de asombro fue épica. Para él era imposible que una persona a mi edad nunca haya tenido un celular. Me miró, vio su reloj y me dijo: «Aún tenemos tiempo para hacer unas compras».
Salimos del condominio sin el auto, ya que teníamos un centro comercial a unas cuadras y preferimos caminar. Me tomaba fuerte de la mano y me llevaba pegada al interior de la acera. Cuando alguien quería pasar por adentro de la acera, me llevaba delante suyo y me cubría con sus brazos. Noté que cuando un hombre me miraba lascivamente, él gruñía y apretaba los puños.
Un gran número de jóvenes estaban pasando el rato en el centro comercial después de terminar sus clases del sábado. Entrábamos a la tienda de una compañía de telefonía celular cuando un grupo de chicas que estaban sentadas comiendo helado cerca del establecimiento se quedaron embobadas mirando a Stefan. Fueron tan obvias que me dio un poco de celos.
– Llamas mucho la atención de las chicas -dije algo molesta.
– ¿De quién? -preguntó confundido.
– ¿No te diste cuenta que ese grupo -señalé con la cabeza a las muchachas fuera de la tienda -te devoró con la mirada? –Stefan volteó a mirarlas y su expresión de confusión cambió a una sonrisa de alegría plena porque supo que me había puesto un poquito celosa porque fueron descaradas al mirarlo.
– La verdad es que estoy más atento en amenazar a los que te miran -tomó mi barbilla para levantar mi cara y dejar un tierno y corto beso sobre mis labios-. Tú eres y serás la única a quien yo mire y acepte que me mire con ganas.
Solucionado ese incómodo impase con mis inconscientes celos al generar que mis mejillas luzcan sonrojadas por lo que acababa de confesar, nos acercamos a una mesa de demostración, y un joven muy atento se ofreció a explicarnos las diferentes funciones de los equipos. Stefan me recomendó uno que resultó el más caro de todos. A mí me daba pena que él gaste tanto dinero en un celular, pero me explicó todo lo que podía hacer con él, y decidí aceptar su regalo. Al preguntarle qué número tendría, me dijo que le pediría a Marianne que me entregue un chip a nombre del holding, así ellos cubrirían ese gasto.
Cuando salíamos de la tienda, una de las chicas que estaban pasando el rato le guiñó el ojo y le dijo: «Hola, guapo». Me puse roja de la cólera. Ya iba a decirle lo que pensaba de ella cuando Stefan se detuvo y le dijo:
– ¿Qué clase de hombre crees que soy para aceptar tu saludo sabiendo que estoy comprometido? -me tomó por la cintura, jalándome hacia él-. Un poco de amor propio y decencia no te caerían mal.
Su reacción me sorprendió, ya que no esperaba que actuara de esa manera ante el coqueteo de una extraña. La chica que lanzó el saludo estaba roja de ira, mientras que sus amigas se reían de su plan fallido.
(…)
Después de programar el celular nos tomamos unas fotos. Posamos por todo el apartamento buscando la mejor toma para que sea nuestro fondo de pantalla. Al final acordamos que la mejor era una en la que estábamos en el balcón de la sala con la vista de la ciudad y el mar al fondo. Estaba sentada sobre su pierna derecha. Él tenía su cabeza reposando en mi hombro izquierdo, y con sus brazos me rodeaba para alcanzar mis manos y entrelazarlas con las suyas. Era una hermosa foto que graficaba nuestros inicios como compañeros eternos.
– Quiero tomar una así cada año en donde estemos –decía Stefan mientras mirábamos cómo lucía como fondo de pantalla en nuestros equipos móviles-. El escenario, la ropa y nuestros cuerpos podrán cambiar, pero su esencia se mantendrá para siempre. Esa esencia es nuestro amor -rozando mis labios con su nariz, los preparó para recibir un profundo y apasionado beso.
Acariciaba mi espalda por encima de mi ropa con una mano, mientras que la otra jugaba a subir por mis muslos. Mis brazos le rodeaban el cuello. En eso él apretó con su mano a la altura de mi ingle, y el sobresalto que me causó hizo que suelte el celular. Cuando escuché el fuerte golpe del aparato tecnológico contra el suelo, me levanté de un salto.
– ¡Rayos! –dije y me moví para recoger el aparato tecnológico.
– No te preocupes, no le va a pasar nada -tomaba mi cintura para sentarme nuevamente sobre él-. Estos teléfonos son casi indestructibles -decía acariciando mi oreja con su nariz-. Valen cada centavo que cuestan.
– Stefan, ¿te molestarías conmigo si te pido que no intentes tocarme así? –pregunté sintiendo que la cara empezaba a quemarme por lo sonrojada que debieron ponerse mis mejillas-. Cuando lo haces, siento un cosquilleo raro, y no quiero que pares, lo que pone en riesgo que llegue virgen al altar –era tanta mi vergüenza al tener que hablar de ese tema que agaché la mirada.
– Amelia -me llevó a sentarme en la banca enfrente de él-, ¿en verdad quieres llegar virgen a la noche de bodas? -me preguntó sosteniendo mi rostro. Yo asentí-. Entonces, nos casamos en dos semanas –decía con un semblante muy serio-, no voy a aguantar dos meses o más -ya estaba abriendo la boca para reclamar que debemos esperar hasta que cumpla los dieciocho años para casarnos, cuando él continuó hablando-. Era una broma -me abrazó, dejó un beso en mi frente y llevó mi cabeza sobre su pecho. Estar ahí, recostada sobre él, me transmitió una sensación de seguridad plena. Cerré mis ojos y le escuché hablar-. Cuidaré de ti, Amelia. Ya no voy a poner mis manos en zonas sensibles de tu cuerpo. Respeto tu decisión –su voz me transmitió sinceridad, por lo que solté toda intención de poner entre él y yo una barrera. Lo que Stefan sentía por mí era real, era amor verdadero, algo que para mi humanidad era una locura que así fuera porque apenas llevábamos horas de conocernos, pero él no era humano, y eso hizo que yo dijera algo que no esperé expresar tan pronto.
– Gracias. Te amo, Stefan –aunque mi cerebro hizo que me diera cuenta del peso de esas palabras, mi corazón saltaba feliz por haberlas pronunciado.
– ¡Vaya! -hablaba y su pulso aumentó rápidamente-. Esto es lo que experimentas cuando quien amas confiesa que siente lo mismo por ti. Es la primera vez que me dices que me amas –su voz llena de alegría hizo que sonriera sin perder la cómoda posición que adopté entre sus brazos.
– Es la primera de millones de veces que te haré saber sobre mi amor por ti –dije aceptando que él me gustaba, que empezaba a reconocer que en mí también se guardaba el mismo sentimiento que él me entregaba, y que la persona a quien debía entregar mi amor, era él.
Nos quedamos abrazados y en silencio por varios minutos hasta que la llamada de Marianne nos invitó a bajar a la cochera para ir a mi primer almuerzo familiar con Los Höller.