Capítulo 7

1863 Words
Con Caroline acabábamos de terminar nuestra clase de Arte Digital y nos dirigimos al salón de confecciones donde Kurt nos había citado. Ambas teníamos muchas expectativas para nuestros vestidos. – Quisiera que sea rojo, así tendría un aire a Amanda Seyfried en la película “La chica de la capa roja” -fantaseaba Caroline cuando entrábamos al salón. En eso escuchamos el saludo de Kurt. – Buenas tardes, queridas Amelia y Caroline -saludaba al hacer una reverencia. – Por la forma del saludo, supongo que luciremos como reinas con esos vestidos -bromeé viendo que la pequeña Katha salía detrás de Kurt con una gran sonrisa que cerraba sus ojos. – Hola, chicas. No me pude aguantar las ganas de verlas con sus vestidos. Espero que no les incomode mi presencia. – Para nada, Katha. Mientras más opiniones tengamos, mejor -le dije siguiendo a Kurt que nos hizo una señal para ir hacia la zona de armarios del salón. – Bueno, estos vestidos los diseñé pensando en dos mujeres que quizás sean ustedes, o no -Kurt abrió dos armarios, y de ellos salieron un vestido rojo y uno azul. Caroline volteó a mirarme con la boca abierta de la emoción y se fue al vestido rojo. – Por favor, dígame que este es mío -rogó a Kurt. – Sí, si Amelia está de acuerdo –dijo el diseñador y yo asentí con la cabeza. Llevé mi mirada al otro vestido. Era de un azul oscuro, un azul como la noche con luna. Tenía un aplique de lentejuelas y pedrería que hacía brillar al vestido. Era de mangas largas, cuello ojal y tenía un gran escote en la espalda, algo atrevido para mí. Ceñido al cuerpo, con una abertura en la falda que iba hasta la mitad del muslo izquierdo. Era bello, pero me pareció que era demasiado para mí, iba a mostrar mucho y aún faltaban un par de meses para ser mayor de edad. – Es hermoso, ¿no lo crees, Amelia? -escuché decir a Katha, y salí de mis pensamientos-. Con tu figura te quedará bellísimo. – ¿No te parece que es muy revelador? -puse mi cara de duda. – No lo creo. ¿Lo dices por el escote en la espalda o por la abertura en la pierna? –preguntó Katha analizando el vestido. – Por ambos. Katha se llevó una mano al mentón y empezó a caminar alrededor del vestido. Se veía muy graciosa con esa expresión seria en su rostro. – Sabes, creo que si te lo pruebas podemos saber qué tan profundo es el escote y qué tan marcada la abertura. Cuando me vi al espejo no podía creer que fuera yo la que estaba luciendo ese vestido. La abertura no llegaba tan arriba de mi muslo y el escote de espalda llegaba a mi cintura, y no al inicio de mi trasero, como me lo imaginé. Estaba impactada que me viera tan bien en él. Quizás mi autoestima hacía que dudara, pero cada vez que miraba mi reflejo me veía bellísima. Unas lágrimas cayeron cuando concluí que era una mujer hermosa y que no debía dudar de ello. Me sequé rápido las lágrimas y salí para que Katha me viera. Ella, Carolina y Kurt estaban esperando dando la espalda a la puerta del probador. Cuando escucharon que les dije: «¿Y qué tal me veo?», los tres voltearon a la vez, y sus expresiones confirmaron lo que vi en el espejo: lucía muy bello en mí. – Amelia, ese vestido fue hecho para ti -dijo Katha dando pequeños saltitos de emoción-. Señor Kurt, confiese, este vestido lo hizo para Amelia -inquirió con su cara de misterio al diseñador. – Lo hice para la hija de la Madre Luna, para una mujer que es luz en la noche -me miró muy complacido, como si yo fuera esa mujer. – ¡Vaya! Luces hermosísima. El vestido te queda perfecto. No hay nada que ajustar. En verdad, eres muy bella -comentó Caroline caminando a mi alrededor-. Ese escote en la espalda es muy seductor, pero elegante a la vez. – Pero ¿no creen que soy un poco joven para un escote así? – No te preocupes. Le diré a Pochi que te haga una trenza en vez de un moño, así tu cabello cubrirá algo del escote, dándole más misterio -dijo Kurt a la vez que movía las manos expresando sorpresa. – Señor Kurt, con este modelo, ¿podré llevar mi collar? – ¡Por supuesto! La delicada cadena y el engaste plateado que acompaña la piedra de luna quedan perfectos con este vestido. Ya en el apartamento llamé a Solís y le conté lo del vestido. Creí que se iba a escandalizar con lo del escote en la espalda y la abertura en la falda, pero lo tomó muy bien. – Pero ¿por qué creíste que iba a poner el grito en el cielo porque uses un vestido con escote en la espalda y abertura en pierna? No soy tan mojigata, Amelia –indicó Solís con un tono acusador que me pareció divertido. – Es que aún no tengo dieciocho y voy a enseñar la espalda –dije pensando que aún debía guardar pudor y no estar mostrando partes de mi cuerpo sin razón. – Ay, pero si cuando te pones el bañador entero también muestras la espalda. No te compliques, solo asegúrate de tomarte varias fotos y de enviármelas al correo. Quiero ver qué tan hermosa luces en ese vestido, con maquillaje y peinado –pidió Solís y yo solo pude aceptar su encargo. (…) Llegó el viernes y estaba un poco nerviosa por la cena de esa noche. Toda la mañana estuve en las nubes. Es que el sueño que tuve en la madrugada me dejó inquieta. En él veía a un hombre, uno muy alto y atlético. Vestía un traje del color de mi vestido. No pude ver su rostro, pero recuerdo que tenía el cabello recogido en un moño, sus gemelos brillaban y llevaba un anillo en el anular derecho. Él me miró y comenzó a correr hacia mí. Sentía que debía ir hacia él, pero al ser un desconocido me reusaba a hacerlo. En eso, la luz de la luna se coló por una ventana, y escuché la voz de la mujer que siempre me habla en mis sueños, la cual me decía: «Es él, no temas. Por él es que viniste. ¡Dale alcance!». Cuando desperté, la piedra de luna resplandecía de tal manera que parecía mágica. Quise regresar al sueño, pero no pude. Después de almorzar con los chicos me fui al apartamento a tomar un baño y descansar hasta que llegara la hora que Solís me recogería para ir a ver al Dr. Cáceres. En mi mente seguía dando vueltas la figura de ese hombre y la voz que escuché. «¿Quién es él? ¿Qué significado tiene ese mensaje?», salí de mis pensamientos cuando de la recepción avisaron que Solís me esperaba en la entrada. La cita médica fue la más rápida de toda la historia. Ni bien di mi nombre en Admisión de la clínica, llegó una auxiliar que me condujo al consultorio del Dr. Cáceres. El médico revisó mis ojos y no encontró nada raro en ellos, más bien anotó que tengo una visión veinte sobre veinte en mi historia clínica y una presión ocular normal para mi edad. Como el sueño que tuve seguía dando vueltas en mi cabeza, no insistí para que revisara su diagnóstico, y salí del consultorio. Camino al instituto, Solís se la pasó recordándome que debía tomarme muchas fotos, quería verme desde todos los ángulos posibles. Sentí su emoción, sería mi primera reunión de noche sin ella o la licenciada Mónica, ya que ellas y Torres me acompañaron a mi fiesta de promoción de la secundaria. Ya en el instituto fui a la zona de desfiles, en donde Pochi Saenz y su equipo de estilistas estaban maquillando y peinando a los chicos. – Ven, Amelia -Katha me jaló hacia una silla de la zona de maquillaje-. Ella es la gran Pochi Saenz, y será quien te maquille y peine para que luzcas hermosa esta noche. Pochi Saenz era una conocida estilista dominicana que llevaba varios años trabajando en Perú. Tenía una hermosa piel canela, grandes ojos marrones, una sonrisa sincera y cálida. Llevaba el cabello recogido y en un tono rubio que resaltaba su color de piel. Era pequeña y de contextura robusta. – ¡Hola, Amelia! Bueno, mi amor, vamos a trabajar con este lindo rostro y cabello –decía con ese particular acento de los hijos de su caribeña tierra-. ¡Pero si tienes una piel maravillosa! Solo voy a resaltar tu belleza natural porque eres muy bonita y joven, y haré una trenza francesa, pero que luzca desprolija, para que haya volumen. Colocaré estas aplicaciones en tu cabello –y me mostró pequeños pasadores para el cabello que tenían un pequeño brillo en la punta-, para que le den un toque de brillo, así lucirá como una extensión del vestido. Quedarás hermosa. Dos horas después Pochi terminó y pude verme al espejo. El maquillaje y peinado lucían tan naturales como si no tuviera nada, salvo una piel perfecta, ojos y labios llamativos. Mi cabello brillaba y tenía un toque despeinado que me encantaba. Le sonreí a Pochi y le agradecí por su grandioso trabajo. – De nada, chica. Solo te pido tomarte unas fotos cuando estés con tu vestido. ¡Estás que ardes! Ya vestida, Katha y Kurt me pusieron unos pendientes medianos y un anillo de platino y brillantes en el anular derecho. La joyería la había prestado Diamant, empresa especializada en el diseño y producción de joyas del holding Höller Gruppe. Los zapatos eran unos tacones plateados que hacían juego con el vanite. Después de hacer las fotos para Pochi, y con Pochi, le pedí a Katha que me hiciera unas para Solís, y que las envíe a su correo. La respuesta de Solís no tardó mucho. Le pidió a Katha que me dijera que estaba muy hermosa y que me portara bien. Luego avisaron a Katha que la limosina nos esperaba. El vehículo nos llevaba a Renania, vecindario privado y exclusivo en el distrito de Santiago de Surco en donde estaba la Mansión Höller. Durante el viaje hicimos varias fotos. Todos nos veíamos muy bien. Caroline estaba feliz en su vestido rojo y Nadia lucía muy sexy en su vestido verde. «Como el color de tus ojos», le dijo muy coqueta a Gustavo, quien la miraba con ganas de querer quitarle el vestido. Al pasar la entrada de Renania, el camino era cuesta arriba. La Mansión Höller se asentaba en lo alto de la loma. Eran dos mil metros cuadrados de una construcción de cuatro pisos más áreas de jardín. Desde lo alto de la mansión se veía todo el vecindario y las avenidas muy concurridas que lo rodeaban. – Es hora de entrar, Amelia -era la voz de Katha, quien había llegado en el auto de Kurt al mismo tiempo que nosotros-. En breve comenzará la noche que tanto hemos esperado.
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