Capítulo 17

2180 Words
Marianne había pensado en todo para mí. Además de preparar mi guardarropa, había comprado varios productos de higiene y cosméticos femeninos. Miré entre los jabones para elegir uno suave, ya que Stefan decía que mi olor le atraía, así que para qué ocultarlo con otra aroma o esencias. Para mi cabello elegí usar solo un poco de acondicionador, ya que lo había lavado en la mañana. Al desnudarme pude contemplar mi cuerpo en el gran espejo del baño. Sería la primera vez que alguien me vería desnuda, y, aunque la idea me avergonzaba, también me emocionaba imaginar su expresión al recorrer con su azulada mirada toda mi anatomía. Al terminar de bañarme me dispuse a secar mi piel y cabello. Me puse la tanga y el baby doll. El encaje en la zona del busto cubría lo necesario para lucir sensual. La prenda era muy sugestiva, dejaba casi nada a la imaginación. Terminaba de lavarme los dientes cuando escucho que se abre la puerta de la habitación. Stefan golpeó la puerta del baño y preguntó si todo iba bien. Respondí que en breve ya salía. Respiraba hondo para controlar mis nervios. Miré el anillo que lucía mi anular izquierdo y me sentí la Señora Amelia Höller. Lo que estábamos a punto de consumar sellaría nuestro compromiso por la eternidad. Salí del baño y no encontré a Stefan. La luz que inundaba la habitación era la que provenía de la noche. Las cortinas estaban abiertas de par en par. Me acerqué a la ventana para ver la luna; estaba llena y parecía un farol del cual brotaba una luz azulada. En eso sentí su agarre por detrás. Stefan rodeaba mi cintura con sus brazos y pegaba su cuerpo a mi espalda. Sus labios buscaban mi cuello, así que moví mi cabeza para hacerle más fácil la faena. Cuando comenzó a besar mi cuello y hombros, sentí una descarga eléctrica que recorrió todo mi ser. Estaba un poco apenada, pero esa sensación hacía que poco a poco perdiera el pudor y quisiera más de él. Sus manos desataron el suave nudo con el que cerré la bata de seda, y me despojó de ella. Me volteó para quedar enfrente de él. Estaba sin camisa, solo traía un pantalón de pijama. Tomó mi cara con sus manos y me dio un beso suave, ligero. Al mirar sus ojos noté que el azul había desaparecido dando paso a un dorado brillante. Su respiración estaba agitada, se veía que estaba esforzándose a ir despacio. – Amelia, antes de unirme a ti, quiero que me lo pidas. Así no quedará duda de que todo lo que pase en esta cama será con tu consentimiento –dijo con esa voz ronca y llena de deseo que me empezó a gustar. – Stefan, sé el primero y el único en mi vida. Deseo ser tuya. Al parecer mis palabras le dieron confianza porque de ir lento y suave pasamos a un ritmo más acelerado. Comenzamos con un beso apasionado en donde nuestras lenguas se tocaban con mucha necesidad. Me levantó para treparme a él, rodeando con mis piernas sus caderas, y caminó hacia nuestra cama. Me dejó caer suavemente sin perder el beso. Solté el agarre de mis piernas para darle mayor movilidad. Dejó mis labios y comenzó a bajar por mi cuello, hombros. Quería pasar a mis pechos, pero el baby doll lo detenía, así que lo arrancó. Se reacción salvaje no me molestó ni ofendió, más bien me gustó. A cada paso que daba, explorando una nueva zona de mi cuerpo, sentía que me preparaba para recibirlo. Bajó por mi abdomen, llegó a mi vientre y al encontrarse con mi tanga la arrancó. Estaba completamente desnuda. Se detuvo y contempló mi cuerpo. Me miró a los ojos y me dijo casi gruñendo: «Eres hermosa». Mientras me besaba sentí sus manos sobre mis caderas, acariciando mi intimidad. Ya no era capaz de retener mis gemidos, así que comenzaron a romper el silencio. Le gustaba escucharme porque sonreía cada vez más deseoso. En un movimiento rápido se despojó de sus pantalones y arremetió contra mí. Sentí un dolor muy intenso y me quejé. Lo notó, pausó el embiste. Me prodigó de besos para calmar mi dolor y me dijo que no se movería hasta que me acostumbre a él. En ese momento sentí que éramos uno. Además del deseo, sentí como un cálido fulgor se desprendía de mi corazón. Era el amor que me inundaba y sobrepasaba a la pasión. Acaricié su rostro y él besó mi mano. «Adelante», le dije y retomó su movimiento. El dolor desaparecía y me llenaba de gozo. Hundió su cara entre mi cuello y hombro izquierdo. Comenzó a besar la zona de mi clavícula. En eso, cuando sentía que estaba a punto de estallar de placer, Stefan me marcó con su potente mordida. Al principio fue muy dolorosa, más que la penetración, pero a pocos segundos el dolor desapareció y un placer inmenso, incontrolable me llenó. En perfecta sincronía nuestras miradas se unieron y cada uno contempló él orgasmo del otro. Se recostó a mi lado. Llevó su brazo por debajo de mi cabeza y me atrajo para descansar cerca de su pecho. Sentía que besaba mi frente cuando una dulce sensación de sueño me embargó, cayendo dormida al instante. Cuando desperté, mi cabeza estaba apoyada en su hombro, mi brazo sobre su pecho y una de mis piernas cruzaba las suyas. Aún con los ojos cerrados me acomodaba para seguir descansando. Sentía su brazo a lo largo de mi espalda, dejando caer su mano en mi cintura, mientras que la otra acariciaba delicadamente mi brazo sobre él. No usábamos ningún cobertor, pero no me afectaba el frío del otoño limeño. Su cuerpo emanaba tanto calor que me ayudaba a mantenerme abrigada. Quería seguir en reposo, pero los cortos y suaves besos que dejaba en mi frente me llevaron a mover mi cabeza para verlo. Al abrir mis ojos me topé con su mirada. Sus ojos eran nuevamente de ese bello tono azul y se veían muy bien al lado de su hermosa sonrisa. Hice una pequeña mueca de sonrisa que le hizo mucha gracia porque comenzó a reír. – Perdón, amor, mi risa va a terminar por despabilarte por completo –se excusó mientras acariciaba mi rostro. – Está bien, ya no puedo dormir más, solo me siento muy cansada -en eso vino el recuerdo de nuestra primera noche juntos. Caí en la cuenta que ni bien terminamos, me quedé dormida. Rápidamente llegó la vergüenza a invadirme. Me angustiaba el imaginar que pensara que soy una débil perezosa o que no lo amaba lo suficiente para luchar contra el cansancio. Sin embargo, no recordaba sentirme tan casada como para quedarme dormida ni bien puse mi cabeza sobre su hombro. – Amelia, deja de sentir vergüenza y angustia, son emociones nada agradables -percibí incomodidad en su voz. Pero ¿cómo sabía lo que estaba sintiendo? – Y tú… ¿c.… cómo sabes? –ante mi pregunta, él señaló mi clavícula. – ¿Recuerdas que te marqué? Esa marca no solo significa ante las manadas y demás especies sobrenaturales que eres mía, sino que da paso a que la conexión entre almas gemelas llegue a su máximo nivel. Ahora siento todos tus sentimientos, emociones, dolor y placer, y lo mismo va a pasar contigo, solo que por ser humana lo percibirás en un grado de intensidad menor. Terminó de hablar y comencé a sentir unas ganas tremendas de saltarle encima. Me calmé y analicé esto que aparecía en mí, y concluí que no era una emoción mía. Era el deseo de Stefan por tomarme una vez más. – ¡¿Quieres que hagamos el amor?! -pregunté asombrada, no de que tuviera ganas desde tan temprano, sino porque podía sentirlo. Esa sonrisa de lado y su mirada coqueta era mi respuesta. Se sentó recostado en el respaldo de la cama, y me jaló suavemente hasta quedar a horcajadas sobre él. – ¿Qué se siente saber lo que le sucede a tu pareja? -preguntó tratando de leer algo en mis ojos. – Es muy extraño. Al principio me asusté porque no identificaba de dónde venía, y me cuestionaba cómo podía estar experimentando tanto deseo si estoy cansada. Luego entendí que esa emoción no era mía -bajé la mirada al recordar que me quedé dormida y quizás por ello él seguía con ganas. – ¿Otra vez vergüenza? ¡Pero qué fea emoción! -se quejó cerrando los ojos fuertemente e hizo una mueca de desagrado. – Es que recordé que terminamos e inmediatamente me quedé dormida. Me da pena haberte dejado solo -su risa estalló y llenó toda la habitación. Desesperadamente trataba de cubrir su boca con mis manos para evitar que el ruido que hacía despertara a todos en la mansión. Estaba más apenada que antes. – Amor, te voy a explicar algunas cosas que no pudimos conversar porque te dormiste muy rápido, así dejarás de sentir vergüenza y ambos estaremos más cómodos. Es normal que la hembra quede exhausta después de ser marcada. Cuando el macho muerde lo hace justo segundos antes del orgasmo, ya que así el dolor de la mordida se disipa rápido por el placer que la hembra está experimentando. Al estar marcada, aunque solo sean segundos previos a finalizar, es capaz de sentir el deseo del macho, y cuando alcanza el clímax la sensación es mucho más placentera porque siente su gozo y el del compañero. Al no estar acostumbrada a tremendo placer, el cuerpo pasa de un alto nivel de excitación a debilitarse por completo, ya que ha gastado más energía de lo normal al tener un multiorgasmo. Por eso te dormiste, y creo que en tu caso fue más rápido porque al ser humana tienes menos resistencia que una hembra licántropa o de otra especie sobrenatural. – ¿Y siempre será así? – No. Poco a poco te acostumbrarás a ser multiorgásmica. Además, la marca solo se hace una vez, así que no te voy a volver a morder -acarició mi marca-. Algo más que te quiero comentar es que yo siempre voy a tener ganas de hacerte el amor, así que no te asustes cuando sientas que estoy deseoso de ti. – Entonces, ¿ahora quieres estar conmigo? -pregunté al sentir que mi cuerpo pedía volver a ser uno con él. – Sí, ahora quiero hacerte mía a la luz del día. Sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo, me pegaba más a él a la par que nos besábamos. Giramos y terminé recostada en la cama con él encima de mí. Ahora que nuestra conexión estaba formalmente aceptada, el placer y disfrute de nuestra intimidad s****l sobrepasaba lo humanamente posible. En cada embestida de Stefan, una descarga orgásmica se desataba en mí. Al principio, cuando iba lento, las podía gozar una a una, pero cuando aumentaba la velocidad era una ráfaga imparable que me hacía jadear y me dejaba agotada. Aún encima mío, Stefan jugaba con mi cabello y me prodigaba una tierna mirada. Sonrió, cerró los ojos y muy divertido me dijo: – Me gusta mucho escucharte gemir y jadear -me tapé la cara con ambas manos por lo avergonzada que me sentía. – A mí me da un poco de vergüenza. No quiero que me escuchen en toda la mansión –dije y él comenzó nuevamente a reír a carcajadas. – No te preocupes, amor. Las habitaciones tienen aislamiento acústico. Puedo hacerte gritar sin ningún problema. Nos hubiéramos quedado todo el día en nuestra habitación, pero el hambre comenzaba a aparecer. Sentía que necesitaba nutrirme después de haber gastado tanta energía con él. Además, recordé que no cenamos la noche anterior, así que necesitábamos alimentarnos. Fuimos juntos a bañarnos. Cuando pasamos enfrente del espejo, miré nuestro reflejo. Podía ver todo el cuerpo de Stefan, y, aunque ya habíamos intimado como marido y mujer, me sonrojé al ver en detalle los músculos de su espalda, glúteos y piernas. Sintió otra vez mi vergüenza y notó que lo estaba observando por el espejo. Se volteó y ahora veía en detalle su pecho, abdomen y m*****o viril. – Después de lo de anoche y hoy al amanecer, ¿aún te sonrojas al ver mi cuerpo desnudo? -caminó hacia mí, me tomó por la cintura, y pegó mi espalda a su pecho. Estábamos enfrente del espejo. Comenzó a mirarme de la misma manera como yo lo hice con él hace unos segundos, pero, mientras que en mí se despertó la vergüenza, en él se desbordaba el deseo. En eso vi la marca en mi clavícula izquierda. La toqué con mi mano en donde tenía la alianza, y al ver ambos símbolos juntos, sentí cómo mi corazón se llenaba de alegría. Stefan dejó de mirarme con ganas al sentir la emoción que crecía en mí. Movió su mano izquierda para entrelazarla con la mía. Esa imagen me colmaba de felicidad. Nuestros mundos ahora eran uno solo. No había duda alguna, él era mío y yo era de él.
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