La última vez que la vio, ella pareció desvanecerse como una escuálida sombra, o como el ultimo suspiro de vida de alguien.
Ni siquiera sabía por qué estaba pensando en ella en aquel instante.
Aquella muchacha, Keylan la recordaba, mientras se hallaba sentado al borde de su ventana contemplando el cielo, desde su perspectiva tan triste en ocasiones, que sus colores parecían perder todo vigor frente a sus ojos, como una débil rosa que se marchitaba lánguidamente.
Keylan recordaba haber hablado unas pocas veces con ella, algo irónico resultaba el hecho de que ella nunca le había comentado su nombre, ni él el suyo. Aunque tampoco era que debía de hacerlo. Ambos eran desconocidos después de todo.
Harper era el nombre de aquella chica, aunque él no lo sabía en aquel entonces.
No la podía llamar su amiga, de hecho, incluso dudaba de llamarla conocida, pues las conversaciones sostenidas entre ambos habían sido extrañas y forzadas, casi cruzando la línea de lo incómodo.
Parecía que algo en ella estaba mal, muerto y descompuesto por dentro, algo en su mirada revelaba una profunda tristeza y dolor, un profundo odio y un mortífero rencor.
De repente, si se era una persona observadora y reflexiva, se podría llegar a notar en sus ojos un resplandor paradójicamente oscuro, que se desvanecía en tan solo el simple caminar de un segundo, él reconocía aquel brillo, ¿cuántas veces sus ojos no habían fulgurado en odio puro?
Como los ojos de los hombres que veía en esos brutales videos de guerra, incluso tenía pesadillas con ello, aunque ese, no era un tema en el que deseaba pensar.
Deseaba pensar en ella y no sabía por qué. Se sentía estúpido por no saberlo.
Aquella chica era tímida para hablar, en ocasiones parecía que no sabía ni siquiera cómo hacerlo, tartamudeaba con bastante frecuencia y lo único que salían de sus labios eran susurros como respuestas, era lo suficientemente retraída como para hacer agotar cualquier paciencia. Además, parecía tener un horrendo miedo a que la toquen. Como si temiese a ser lastimada, Keylan no lo comprendía.
Él le había sacado conversación aquel día en el que ella estaba sentada en la estación de autobús, esperando a alguien, aquella había sido la sexta vez en la que le había hablado.
Ella siempre estaba ahí todos los jueves o bueno, él siempre iba allí todos los jueves, su madre desde muy pequeño le había entrado en la cabeza la idea de que ser cirujano era la única vía razonable para su vida, que no podía ser nadie más, si no más un cirujano exitoso; en aquel sitio practicaba semanalmente sus habilidades y conocimientos con respecto a aquel tema y ahí, cada vez que iba, la veía.
Más tristeza que persona era aquella muchacha.
Y pese a lo incomoda que se notaba, a lo cerrada que era ante todo tipo de conversación, no parecía desagradarle la presencia de Keylan del todo, si no, no se sentaría allí todos los jueves, se iría a otra parada de autobús de las muchas que habían, pero no, ella siempre iba a esa misma, por algo era, ¿no? Tal vez si empezaba a agradarle Keylan, solo que era desconcertantemente tímida para reflejarlo: aquellos eran algunos de los pensamientos del pelinegro mientras buscaba en aquella desconocida algún tipo de aceptación absurda.
Era delgada y pequeña de estatura, siempre estaba despeinada y su uniforme estaba desarreglado, sucio, se preguntaba en que grado de la escuela estaba, era una adolescente aun, solo que no podía deducir su edad completamente, pero Keylan si sospechaba que ella era unos años menor que él, aunque sea dos años menor. Tenía enormes bolsas debajo de sus ojos, oscuras y profundas. Su cabello era n***o, lacio y abrigaba su rostro, muy demacrado para alguien tan joven y pese a todo, preciosa.
Él le preguntaba un par de cosas y ella respondía con las palabras encerradas entre los dientes, como si temiera hablarle, aunque a él no le sorprendió, es correcto desconfiar de desconocidos.
“¿Por qué estás sola aquí, de nuevo?, ya esta tarde” había añadido Keylan después de un comentario, ella le dijo que estaba esperando a alguien, él casi tuvo que empujar las palabras por ella.
La chica siempre permanecía en aquella parada de autobús por unas largas horas, sentada en un oxidado banco, con su cuerpo cubierto con el uniforme de un colegio cercano.
Keylan incluso había pensado en la probabilidad de que ella no tenía casa, aunque nunca había dejado saber aquel pensamiento, solo se quedaba ambicionando conversar con ella por al menos una hora, para después irse a casa y dejarla ahí sentada y sola, a veces miraba a atrás y ella lo observaba irse, pero no se decían más que un simple adiós, él le decía a ella adiós, ella no respondía.
Pero aquel día, Keylan esperó un poco más.
Y pocos minutos más tarde, llegó un señor de cabellera muy oscura y estatura abundante, quien casi arrastró a la chica de ahí, al mismo tiempo en el que un murmuro inentendible salió de sus labios cubiertos por una corpulenta línea de barba, observó a Keylan, aunque ignoró por completo su presencia, en la piel lechosa de la chica se pudo apreciar la fuerza que ejercía el hombre en su agarre.
Keylan observaba como aquella chica era arrastrada por aquel hombre, empujaba sus pasos con agresividad, la arrastraba con nada de delicadeza, parecía ser su padre, tío, tal vez hermano mayor, no sabía, solo sabía que le propinaba jalones muy fuertes y toscos, como si ella fuese un trozo de tela que desease romper.
Romper… romper…
Quiso intervenir, vaya que Keylan quiso intervenir y preguntarle a aquel hombre por qué demonios la maltrataba de esa manera, pero al final, no lo hizo, ¿quién era él para hacerlo?
Si, quería saber el porqué de la violencia irracional ejercida en ella, pero vaya, él no sabía nada de ella tampoco, no eran ni siquiera conocidos, ¿con qué derecho iría a intervenir y gritarle a aquel hombre que la soltara?
Así que solo la dejó ir, sintiéndose como un inútil.
Recordaba como la muchacha, por primera vez en las seis conversaciones que habían tenido, giró y le indicó en un gesto muy dulce un pequeño “adiós” con las manos.
Luego cruzó una fosca esquina siendo sostenida de la mano por aquel robusto hombre.
Y Keylan nunca más desde ese día la volvió a ver.
Habían pasado tres meses completos ya, y aquella chica jamás volvió a pasar cerca de aquel lugar, jamás volvió a sentarse en aquella parada de autobús. Nada. Nunca supo nada de ella.
Se desvaneció como una sombra expuesta a luz.
Y el repentino deseo de saber que había sucedido con ella, estaba caminando en su mente desde hace varios días.
Por eso se hallaba sentado allí, al borde de aquel ventanal, dedicando su tiempo en pensar en una completa desconocida.
Se preguntaba qué había pasado con ella que, en sus ojos se veía una tormenta de tristeza, un violento desastre natural de odio. Pero, sobre todo, se preguntaba a si mismo, si era sano o incluso razonable, tener más de dos días pensando en aquella desconocida.
—¿Qué habrá pasado contigo? —murmuró Keylan, justo antes de alejarse de la ventana y cerrarla por completo. Se sentó sobre la cama, para luego acariciar su espalda con el suave material de esta, aún sin sacar a aquella misteriosa y triste chica de su mente, tal parecer que le costaría su tiempo sacarla de sus pensamientos—. ¿Dónde estás? ¿Acaso te ha ocurrido algo? —se preguntó a sí mismo, intrigado, intrigado por conocer cual era el paradero de aquella chica.
Por la mente de Keylan, jamás pasó la imagen del infierno que aquella pobre muchacha vivía. Jamás imaginó el destino cruel de aquella pobre chica. Y jamás imaginó que aquella muchacha cambiaría su vida por completo.
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