Prólogo.

749 Words
Lunes, 20 de Enero de 2014.   Cuando Alex King salió de su casa, con esa esplendida y alegre mañana y ese brillante cielo azul. Jamás se imaginó que tendría un horrible día en el instituto gracias a «Racso Hewkins» y sus dos fieles seguidores; quienes tomaron al pequeño y castaño adolescente por el uniforme del instituto y lo arrastraron de manera discreta a los baños del colegio. Entonces, el pequeño sintió desesperación. Angustia. Miedo. Ira…, al ver que esos enormes matones lo habían vuelto a tomar como su bolsa de boxeo personal ese día también. Y aunque, Alex quería gritar pidiéndole ayuda a los demás estudiantes del pasillo. No lo hizo. Y solo se limitó a ser arrastrado hacia los solitarios baños. Porque la voz no le salía en ese momento, al volver a recordar las amenazantes palabras de Racso que decían: «Le dices a alguien lo que mis amigos y yo te hacemos, y créeme maldita rata de campo… que serás hombre muerto.» Y por eso Alex no dio lucha en el camino, y minutos más tarde los gritos desgarradores del pequeño se escapaban de su boca. Pero nadie los iba a escuchar, ya que lo habían llevado a los baños de la parte trasera de instituto. Siempre iban allí. Por donde casi nadie pasaba. Además, todos habían empezado a entrar a clases, y como siempre… el pequeño estaba solo. - ¡B-Basta, por favor!- suplicó Alex en un llanto descontrolado, dando grandes bocanadas de aire mientras que sus manos hacían presión en la taza del inodoro, para que Racso no volviese a meterle la cabeza violentamente en el retrete, otra vez. Como todos los días. - ¡Cierra la boca, maldita rata de mierda! ¡Tu deber es conocer personalmente a los escusados del instituto cada mañana!- bramó el muchacho de golpe, con ese toque amenazante y de malicia que solía tener. Mientras, que su víctima se estremecía en un llanto y su cara yacía empapada por el agua de la poceta. Por eso, cegado todavía por la rabia que le tenía a Alex, volvió a sumergirle bruscamente la cabeza dentro del retrete, ahogándolo y provocando que el pequeño pataleara para salirse de su agarre. Pero, Racso era de último año, y era un chico bastante esbelto y fornido. A diferencia de Alex; quien era muy pequeño como un perro salchicha, y tenía muy poca fuerza física. El agua del inodoro entraba por las fosas nasales del pequeño Alex y le recorría la garganta de manera sofocante y asfixiante. Por eso él no paraba de patalear desesperadamente, intentando zafarse del fuerte agarre de su enorme matón. Pero no podía, y su cuerpo lentamente fue cediendo, y se fue debilitando más. Hasta que el pequeño solo pensó por un momento: «¿Por qué esto me pasa a mi? Si yo nunca les hice nada malo…» De pronto, sintió como su poco aliento era robado de sus pulmones, y que ya no tenía fuerzas en los brazos para seguir sosteniéndose del retrete. Escuchando vagamente, como Roger y Louis (los dos seguidores de Racso), no paraban de reírse a carcajadas, como sí él fuese la atracción de un circo. Sin embargo, cuando el castaño estuvo a punto de caer sumergido en una sofocante oscuridad, sintió que el aire volvió a sus pulmones y que empezó toser fuertemente cuando Racso volvió a sacar su cabeza del inodoro, tomándolo con fuerza de su castaña cabellera para que este lo mirase fijamente a la cara. - ¡Diablos, te ves del asco, pequeña rata!- exclamó Racso con una sonrisa maliciosa, mirando como su víctima tenía un rostro extremadamente pálido y moribundo, como sí ya no pudiese más con ese castigo que él le estaba imponiendo-. ¿Es todo lo que podrás aguantar hoy? Vamos, si apenas nos estamos divirtiendo, pequeña rata. - Por… Por favor, Racso- habló el pequeño con un tono muy bajito, débilmente, mirando a su abusador con piedad-. Te volveré a dar mi desayuno… Volveré a hacer tus tareas… ¡Te daré dinero si quieres!- le ofreció el castaño, tratando de que su castigo fuese corto esta vez, pero Racso solo apretó con fuerza su agarre, arrancándole un gemido, y diciéndole con una sonrisa-: - Relajate, apenas estamos comenzando- entonces, volvió a sumergir bruscamente la cabeza de Alex en el retrete mientras que este volvía a patalear con violencia, y Roger y Louis no dejaban de reírse de la escena.
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