—El señor la espera, señora Volkov —dijo el hombre. Su tono no era una invitación, era una orden ejecutiva. Asentí con una parsimonia insultante. Miré a Oleg por última vez. Su mandíbula estaba tan apretada que temí que sus dientes se quebraran. Sus ojos eran una promesa de muerte. —Te veré —le dije, intentando que mi voz no flaqueara. —Claro que sí —respondió él, y en su tono hubo una nota de dolor que me quemó más que cualquier bofetada. Abrí la puerta y salí del vehículo. El viento de la Costa Azul azotó mi cabello, soltando algunos mechones de mi coleta perfecta. El hombre me guio hacia la camioneta central, una mole de acero n***o que parecía absorber la luz del sol. Abrió la puerta trasera y entré, sintiendo el cambio de temperatura del aire acondicionado al instante. Se cerró l

