+ANNI+ El rugido del motor del todoterreno era lo único que lograba acallar, por breves segundos, el zumbido de pura rabia que me martilleaba las sienes. El paisaje de la Costa Azul desfilaba a través del cristal como una mancha borrosa de azul y verde, pero yo solo podía ver la imagen. Esa luz dorada. Esa piel expuesta. Y a Viktor, ese bastardo arrogante, protegiendo a su pequeña. Oleg conducía como un poseido. Sus manos enormes apretaban el volante de cuero con una fuerza que hacía crujir los materiales. El habitáculo del coche apestaba a testosterona herida y a ese aroma a hierro y pólvora que siempre desprendía el Carnicero cuando tenía ganas de romperle el cuello a alguien. —¿Qué demonios hacías ahí, Anni? —su voz estalló, un trueno bajo que hizo vibrar el tablero—. Sabías perfecta

