Un nuevo cómplice

1707 Words
+ Aproveché un instante en que Elena reía con mi abuela y Dante analizaba con ojo clínico una de las viejas fotos sobre la repisa para escabullirme. El aire dentro de la sala era demasiado espeso, cargado de esa perfección artificial que me estaba asfixiando. Crucé el umbral de la puerta trasera y el sol me golpeó en la cara, pero no calentaba. En el centro del jardín, bajo la sombra de un limonero que aún no daba frutos, estaban ellos. Dos hombres de mundos opuestos midiendo sus fuerzas en un silencio que vibraba. Viktor estaba de espaldas a mí, con los hombros rectos, las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de sastre, desprendiendo esa aura de peligro contenido. Luca, frente a él, parecía un cachorro de lobo herido, con los puños apretados y el pecho subiendo y bajando con violencia. —¿Todo bien? —solté, mi voz rompiendo la tensión como un cristal estallando en el suelo. Viktor se giró con una lentitud que me puso los pelos de punta. No había ni un solo rasguño en su rostro de piedra, ni un mechón de su cabello rubio fuera de lugar, pero sus ojos brillaban con una advertencia muda. —Todo bien, Clara —respondió él, su tono era una seda peligrosa—. Tu hermano y yo acabamos de llegar a un... entendimiento sobre el futuro de esta familia. Iré adentro, hay que almorzar. No hagamos esperar a nuestros invitados. Me pasó por al lado sin rozarme, pero el aire frío que arrastraba su presencia me hizo estremecer. Esperé a que la puerta se cerrara tras él antes de abalanzarme sobre Luca. Mi hermano tenía la mirada fija en el suelo, las mejillas encendidas y los labios apretados. —Luca, por favor... dime qué pasó. ¿Te hizo algo? ¿Te amenazó? —Le tomé el rostro con las manos, buscándole alguna marca, algún rastro de la brutalidad de Viktor. Él levantó la vista y, para mi sorpresa, el odio que había visto antes se había transformado en una especie de alivio amargo. Sus ojos, tan parecidos a los míos, se empañaron por un segundo. —¿Por qué no me dijiste que esto es una farsa, Clara? —susurró, y su voz me atravesó el pecho—. ¿Por qué no me confesaste que todo es temporal? ¿Que lo haces para que esa familia se vaya en paz y nos dejen tranquilos? Me quedé helada. Las palabras se me atascaron en la garganta. ¿Viktor le había contado la verdad? ¿El hombre que me obligaba a gemir sobre un escritorio para engañar a espías invisibles le había entregado el secreto a un niño de trece años? —Porque no quería que cargaras con este peso, Luca... —empecé a decir, pero él me interrumpió con un abrazo tan fuerte que me sacó el aire. —Porque soy un idiota, hermana. Pensé que te habías vuelto como ellos. —Se separó un poco, mirándome con una sonrisa triste que me dolió más que su desprecio—. Te adoro, ¿sabes? Ahora estoy feliz. Estoy feliz porque sé que la relación que tienes con ese hombre es de mentiras. Que no lo amas, que solo estás haciendo un trabajo. Que algún día esto acabará y te casarás con el hombre que de verdad ames, no con un fantasma como él. Sentí un crujido en el pecho. Debería haber sentido alivio, debería haber celebrado que mi hermano ya no me odiaba, pero las palabras de Luca —"el hombre que de verdad ames"— sonaron como una sentencia de muerte en mi interior. Mentí. Asentí con la cabeza mientras le devolvía el abrazo, ocultando mi rostro en su hombro para que no viera la duda que empezaba a carcomerme. + El almuerzo fue un ejercicio de equilibrismo extremo. Estábamos todos sentados a la mesa: la realeza de la mafia y los huérfanos del hambre, compartiendo pan y mentiras. Elena irradiaba felicidad, hablando de los preparativos de la boda con una emoción que me hacía querer llorar. Dante observaba a Luca, quien ahora se comportaba con una cortesía mecánica, respondiendo a las preguntas sobre sus estudios con la precisión de un soldado que ha recibido órdenes claras. Viktor, a mi lado, era el anfitrión perfecto. Servía el vino, cortaba la carne y, de vez en cuando, deslizaba su mano sobre la mía en la mesa. Cada vez que sus dedos rozaban mi piel, yo sentía una descarga de corriente eléctrica que me hacía odiarme a mí misma. Luca lo veía y, ahora que "sabía la verdad", me lanzaba miradas de complicidad, como diciendo: "Lo estás haciendo muy bien, aguanta un poco más". No sabía quién era mejor actor en esa mesa, si Viktor o yo. + Cuando finalmente nos despedimos y subimos a la camioneta para regresar a la mansión Varonelli, el silencio volvió a ser nuestro único pasajero. Dante y Elena iban adelante, comentando lo encantadora que era mi abuela. Yo me pegué a la ventana, viendo cómo la casa de mi familia se hacía pequeña en la distancia. Había salvado el día, pero sentía que había perdido algo en el camino. Al llegar a la mansión, el ritual se repitió. Subimos las escaleras, intercambiamos buenas noches con Elena quien volvió a recordarme que se irían pronto para darnos "privacidad" y entramos en nuestra suite. En cuanto el pestillo de la puerta encajó, el aire volvió a ponerse pesado. Todo lo que había sentido con Viktor en las últimas horas, la confusión, el roce de sus manos en la mesa, el alivio de ver a Luca calmado, se fue directo al diablo. El miedo de que mi hermano me echara de cabeza se había disipado, sí, pero había sido reemplazado por una inquietud mucho más oscura. —¿Por qué se lo dijiste? —solté, dándome la vuelta para enfrentarlo. Mi voz temblaba, no de miedo, sino de una indignación que no lograba contener—. ¿Por qué le contaste a Luca que esto es un contrato? ¿Te has vuelto loco? Viktor se estaba quitando la chaqueta con una calma exasperante. La colgó en el vestidor y se giró hacia mí. Sus ojos no tenían ni rastro de arrepentimiento. —Tu hermano no es un niño, Clara. Es un polvorín —respondió, su voz resonando en la amplitud de la habitación—. Estaba a un segundo de escupirle la verdad a Dante en la cara solo por orgullo. Tenía que darle una razón para cerrar la boca, y la única razón que un chico como él entiende es que su hermana no es una ramera, sino una estratega. —¡Es un riesgo enorme! —caminé hacia él, invadiendo su espacio—. Si se le escapa una palabra... si Elena sospecha... —No lo hará. Luca te ama más de lo que odia mi mundo. Ahora que sabe que estás "sacrificándote", se portará como el pequeño mártir perfecto —Viktor dio un paso hacia mí, atrapando mi barbilla con la mano. Su tacto, después de las palabras de Luca, se sentía como una quemadura—. Además, me divierte que crea que te casarás con un "hombre de verdad" cuando esto termine. ¿Quién sería ese, Clara? ¿Algún muerto de hambre que no sepa cómo protegerte? —Cualquiera es mejor que un hombre que compra una esposa para olvidar a otra —le espeté, tratando de zafarme, pero él apretó el agarre. —No te engañes, chaparra —susurró, acercando su rostro al mío hasta que pude oler el tabaco y la menta en su aliento—. Luca cree que esto es una mentira absoluta. Pero tú y yo sabemos que lo que pasa en este cuarto, lo que pasó en ese despacho... eso no es parte del guion de Elena. Eso es real. —¡No es real! —chillé, aunque mi cuerpo lo traicionaba inclinándose hacia él—. ¡Es parte del maldito trabajo! —¿Ah, sí? —Una sonrisa cínica, cargada de una oscuridad perversa, apareció en su rostro—. Entonces deja de temblar cada vez que te toco. Deja de buscar mis ojos en la mesa cuando Dante te intimida. Me soltó bruscamente y se encaminó hacia el baño, dejándome de nuevo en medio de la habitación con el corazón martilleando contra las costillas. Me tiré sobre la cama, enterrando la cara en las sábanas frías. No podía creerlo. No podía creer que mi vida se hubiera convertido en este laberinto de espejos. Luca estaba feliz porque creía que yo no sentía nada. Elena estaba feliz porque creía que lo sentía todo. Y yo... yo estaba en medio de dos hombres peligrosos, uno que quería salvarme y otro que me estaba hundiendo en una seda que cada vez pesaba más. Me puse de pie, decidida a no dejar que Viktor viera mi debilidad. Corrí al closet y saqué la pijama de seda, la misma de la noche anterior. Esta vez no hubo humor. No hubo caídas ridículas. Me vestí con una rapidez mecánica, ignorando el reflejo de una mujer que ya no reconocía en el espejo. Cuando Viktor salió del baño, solo con los pantalones de la pijama puestos, dejando al descubierto ese torso lleno de tatuajes que contaban historias de sangre, me metí en la cama y me cubrí hasta la nariz. —Mañana es la prueba definitiva del vestido —dijo él, apagando la luz principal y dejando solo la calidez tenue de las lámparas de noche—. Elena y Gianna van a estar sobre ti como halcones. Si sobrevives a eso, Clara, sobrevivirás a la boda. —Sobreviviré —susurré desde la oscuridad—. He sobrevivido a cosas peores que un vestido de encaje y dos mujeres ricas. —Lo sé —respondió él, y por un momento, su voz sonó extrañamente suave, casi humana—. Por eso te elegí a ti y no a cualquier otra. Porque eres la única que puede mirar al diablo a los ojos y preguntarle si tiene fuego. No lo entiendo, quiero leerlo, quiero saber si sus palabras son un halago o una maldita burla.
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