La maleta resbala de mi mano y cae al suelo, y siento que envejezco diez años de golpe. —¡¿Mi firma?!—Bramo.—¡Yo no firmé nada, Nevan! ¡Nada! —Mierda —murmura apretando los dientes—¿Entonces por qué aparece aquí? Y la de Elara también. —¿Q-qué? Esto tiene que ser una broma. Una muy mala broma. —Nevan.—Aprieto el celular.—pregúntale al juez quién presentó esos documentos. ¡Yo jamás solicité un divorcio! —D-de acuerdo. Dame unos minutos, te vuelvo a llamar. La llamada termina y no pierdo un segundo. Marco el número de Elara. Una vez, dos, pero en cada una, me envía a casilla de voz. —Maldita sea, ¡Maldita sea! Insisto una y otra vez, pero el resultado es el mismo. Necesito escuchar su voz, saber que no firmó nada. Que no sabe nada. —Elara, por favor, contéstame, chiquita, contést

