PRÓLOGO

845 Words
-Xander Ross- —¡Culpable! —grita el juez con fuerza. La sala se llena de vítores y gritos llenos de júbilo cuando Scarlett Brooks es declarada culpable por intento de homicidio en segundo grado. La multitud sigue enaltecida y el juez trata de alzar la voz para calmar la situación, pidiendo orden en la sala mientras golpea con fuerza el mazo en el estrado. Desde mi posición respiro con alivio, nadie puede verme, se supone que no debo estar aquí, que debería estar al lado de la mujer que realmente me importa mientras lucha por su vida, pero necesito ver cómo condenan a la que estuvo a punto de arrebatarla de mis brazos, a la que me ha dejado en la incertidumbre de saber si voy a tenerla conmigo de vuelta. Las personas se calman y puedo escuchar sus gritos. —¡Soy inocente! Tienen que creerme, por favor —habla en medio del llanto. Aprieto los puños y contengo las ganas de ir hasta el frente de la sala y gritar lo mentirosa que es. Las pruebas apuntan en su contra, no estamos equivocados, ella es culpable y su cara de mosca muerta no nos hará cambiar de opinión. —¡Orden en la sala! —pide el juez hasta que se hace silencio en todo el lugar y todos lo escuchamos. Se puede sentir la tensión en la sala en estos momentos y el bajo sollozo de la criminal que están enjuiciando. Veo desde mi posición cómo ella seca sus lágrimas y levanta su mentón de forma desafiante, para mirar al juez, creyéndose muy dura. El juez pronuncia el veredicto final, su sentencia, y mi corazón salta de alegría al escucharlo. —Señora Scarlett Brooks, después de considerar todas las pruebas presentadas y los testimonios escuchados, este tribunal la declara culpable de los cargos de los que se le acusa. Por su participación en el delito de intento de homicidio en segundo grado, se le impone una sentencia de 30 años de prisión, sin ningún tipo de fianza o consideración para que su pena sea rebajada. —La veo encorvarse, abrazando su torso, como si se fuera a desmoronar y supongo que es la culpa, haciendo de las suyas—. Señora, espero que este tiempo en prisión le brinde la oportunidad de reflexionar sobre sus acciones y enmiende su camino. La justicia se ha pronunciado, este juicio se ha terminado, se levanta la sesión. Todos nos ponemos de pie y aunque sé que debo salir para que nadie me note, veo cómo un guardia la aleja por una puerta diferente y cómo se va, con lágrimas en los ojos. Eso es lo mínimo que debería pagar después de lo que hizo, sus lágrimas podrán engañar a muchas personas, pero aquí no le funcionó. Los padres de Juditt saben mover sus piezas y era imposible que ella saliera sin ningún tipo de cargo, por mi parte me encargué de hablar con el juez para que sea enviada a la peor prisión del estado, porque espero que su sentencia sea todo un martirio. Me marcho cuando ya se la han llevado y salgo tratando de que nadie me reconozca, pero alguien me detiene. —Es usted, ¿verdad? Me volteo y veo dos hombres, uno de traje y otro con un uniforme de guardia, diferente a los que están aquí. Leo en su camisa y me doy cuenta que pertenecen a la prisión Preston Black, la misma a la que ella irá, cosa que hace que me detenga. —Usted está involucrado en todo lo que ocurrió con la mujer de este caso y es quien ha movido las piezas para que esté en nuestra prisión. Sonrío. Está siendo claro, me gusta, porque creo que puedo hacer un buen trato. —Sí, soy yo. ¿Por qué la pregunta? —Tanteo el terreno. El hombre de traje me hace seña con un dedo para que lo siga y le hago caso, voy detrás de él y el que parece su guardaespaldas, nos sigue. Llegamos a un área más privada y él se detiene. —Me presento, soy el alcaide de la prisión y él, el jefe de los guardias. Estamos aquí para trasladarla, pero queríamos saber si usted tenía algún tipo de petición especial que podamos realizar por una suma que nos convenga a ambas partes… —deja caer la insinuación mientras una sonrisa se forma en mi rostro. Si antes estaba satisfecho con el hecho de saber que ella estaría en la peor prisión, ahora, que puedo contratar los servicios especiales, me siento mucho mejor. —¿Cuánto quiere? —pregunto. —Depende del servicio que desee —el hombre sonríe—, tenemos paquetes desde los quince mil dólares. «¿Quince mil dólares por hacerla sufrir? Es muy poco». Busco en mi saco mi tarjeta y se la entrego. —Llámeme y le estaré entregando cien mil dólares en efectivo. —¿Quiere que desaparezca? —interviene el guardia y niego. —Quiero que hagan de su vida un infierno.
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