Elara Vance Cuando abrí los ojos esa mañana, el silencio del penthouse no se sentía como el vacío aterrador de las horas anteriores. Se sentía como una tregua. Me quedé inmóvil entre las sábanas de seda, escuchando el lejano e incesante pulso de Manhattan bajo nosotros, ese rugido de ambición que Alexander dominaba con tanta facilidad. Mi cuerpo todavía guardaba el eco de su posesión, de ese juramento carnal frente al ventanal que había intentado, con una violencia desesperada, borrar el rastro de la duda. Me levanté y caminé descalza por el pasillo de mármol frío. Al llegar a la estancia principal, me detuve en seco. El aroma me golpeó primero: una fragancia densa, dulce y fresca que inundaba cada rincón. Alexander había transformado la sala en un jardín de invierno. Había cientos,

