Narra Elara Vance La luz de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo del penthouse, pero para mí, el mundo seguía sumido en una penumbra grisácea. Intenté moverme, pero un peso firme y cálido sobre mi cintura me lo impidió. Alexander no se había ido a la oficina. No se había movido de mi lado en toda la noche. Al abrir los ojos, lo encontré sentado contra el cabecero, con su computadora portátil a un lado, pero sus ojos no estaban en la pantalla. Estaban fijos en mí, analizando cada respiración mía con la precisión de un halcón. —Hola —susurró, y su voz era una caricia de seda y acero. —Alexander... ¿qué hora es? ¿Por qué no estás en la reunión con David? —Mi voz sonó pastosa, extraña para mis propios oídos. —La reunión se canceló. O mejor dicho, se trasladó

