Elena, exhausta y sin fuerzas, había llegado al límite de su resistencia. La tarea de traer al mundo a su hijo parecía cada vez más imposible. El conde, viendo su sufrimiento, se acercó a ella con ojos llenos de valentía y compasión. —¡Elena, despierta! ¡Debes encontrar la fuerza para seguir adelante! Nuestro hijo está a punto de nacer, y necesitamos tu ayuda para traerlo al mundo. No podemos perder más tiempo, estoy aquí ¡juntos podemos lograrlo! —Animada por sus palabras, Elena lo miró y luego cerró los ojos por un momento, respiró profundamente y, con un último esfuerzo, pujó con todas sus fuerzas. El sudor caía a goterones de la frente de Elena, solo ella sabía el dolor que estaba sintiendo. —¡Puja con fuerza, mujer! —le gritaba la partera, también exhausta de la labor. —¡No pu

