Asustada por aquello que oía y veía, salí corriendo hacia el pueblo que no estaba lejos, con tan mala pata que casi me caigo de boca al bajar de aquellas grandes rocas, sino fuese porque me paré la caída en el último instante hubiera dejado mi rostro allí incrustado. Tras levantarme y sin mirarme las manos magulladas por aquel percance, seguí corriendo con la respiración entrecortada sin atreverme a mirar hacia atrás. Corrí lo más rápido posible por encima de aquel pedregal que hacía las veces de calle, aun a riesgo de volverme a caer, sin saber lo que buscaba, explicaciones o refugio. Miraba por todos lados a ver si conseguía encontrarme con algún vecino para pedirle auxilio, pues ahogada por el esfuerzo era incapaz de producir ni el más mínimo sonido con el que pedir auxilio. Pero a pe

