Capítulo 5: Amor de pendejos (II)

1867 Words
     Narra Amanda.  Esperé mi transporte en la entrada cerca de la casa y cuando este llegó subí con una sonrisa ladeada en la cara, allí se encontraba mi amiga Marta ansiosa por lo que había pasado el fin de semana pasado. Y sí, aunque suene loco yo también quería saber. Todo pasó tan rápido y fue tan confuso que no entendía exactamente ¿qué carajos había pasado? Así que estuve meditando durante la llegada a la secundaria todo lo ocurrido; le dije a Marta que le contaría a la par con Mateo para no tener que hablar de ello tantas veces, y ella como buena amiga, aceptó. Las dos primeras clases, Historia y Ciencias Naturales habían pasado lentamente mientras yo reflexionaba las palabras de Richard. Y me di cuenta que había estado tan despistada que, hasta que la hora de receso llegó, no me di cuenta que había olvidado mi desayuno.  Marta me haló del brazo para que no hubiera manera de escapar y contar “el gran acontecimiento”, así que fuimos por los pasillos hasta el patio principal en busca de mi mejor amigo mientras ella compartía su comida conmigo. Yo tenía una sonrisa en el rostro porque Marta había estado comentando algo sobre un chico de penúltimo año llamado Fernando, amigo de su hermano, que era guapísimo. Ella me decía que en caso de que Richard metiera la pata, pues aún tenía oportunidad con alguien más. Ella sabía que las cosas no habían resultado del todo bien. —¡Te lo juro! Es que es tu tipo. —¿Y cómo sabes que es mi tipo? —Ay vamos, todo blanquito con su morenita. Ambas reímos ante su ocurrencia, pero mi risa se paró al ver a mi mejor amigo limpiando lo que parecía ser jugo en el zapato de Dalia. Mi sangre comenzó a hervir a fuego lento, me enfurecía con razón.  No soportaba ver lo estúpidamente bobo que mi mejor amigo se había vuelto por ella, al punto de parecer su sirviente ¡Allí! Primero corriendo por su desayuno, después haciéndole las tareas que sabía que le hacía ¡Y eso! ¡Le estaba limpiando el zapato! Era mi límite, fue la gota que derramó el vaso. —¡Bayer! —Se sorprendió la chica al verme frente a ellos. —¡Mateo! —Exclamé, ignorando a la chica —Necesito contarte algo. Mi mejor amigo subió la mirada lentamente dejando de insistir en el zapato de la chica; fruncí el ceño cuando nuestros ojos se encontraron y él sonrío de medio lado, mostrándose apenado. Le extendí la mano para ayudarlo a pararse del suelo y accedió. Lo miré.  Sé que lo miré a los ojos durante algunos segundos, quería demostrarle con eso que mi sangre hervía por lo que estaba haciendo y por el simple hecho de estar con esa chica; quería que me dijera algo y saliéramos de allí para poder reclamarle, aunque espera... ¿Exactamente por qué debía reclamarle? Él pudo haber hecho eso por mi ¿no? Vaya que lo pensé, e inhalé para controlarme. —Te veo al rato —Dijo finalmente a Dalia, sonrojado por alguna razón y tomándome del brazo que Marta ya me había soltado al momento en el que como saeta fui a la escena —¿Qué? —Pero su “¿Qué?”, oh Dios, sonaba fastidiado ¡Como si yo lo hubiese fastidiado! ¿Acaso no veía que era ella? ¡Su Dalia! Era quien, desde que habíamos comenzado la secundaria, lo fastidiaba, la que realmente lo fastidiaba todo era ella. —Solo quería contarte lo que pasó el fin de semana —Respondí en baja voz —Y... —¿No era él? ¿Es verdad? ¡Ese pendejo! —La voz de Marta me interrumpió. Mi pecho se oprimió y sentí las lágrimas querer salir cuando no pude responder. Vi a Mat e hizo un puchero abriendo sus brazos, los cuales no rechacé. Y a continuación como haz de imaginarte, sollocé un momento en su pecho, mientras me sentía más calmada gracias a que acariciaba mi cabello. Le agradecía, le agradecía mil veces por ser la persona que me hacía sentir que estaba segura, pero lo odiaba, odiaba que no pudiera ver que esa chica lo estuviera utilizando. —¿Qué fue lo que pasó? —Me preguntó después de unos segundos. Me separé de él, mi amiga me tomó de la mano y suspiré para comenzar a contarles. Cuando el coche n***o estuvo frente a mí y vi salir a aquél chico, supe que algo andaba mal.  Mi prima Yocelin me apretó el hombro, pues ella sabía quién debía ser Richard, y ese chico que estaba frente a mí no era quién yo conocí durante cuatro meses.  El chico que estuvo frente a mí ese día era de piel morena clara, de contextura flaca, cabello rizado, un poco más alto que yo, de lentes y aspecto triste. —¿Richard? —Amanda... —Pronunció mirando sus pies. Y su silencio se extendió cuando los que parecían ser sus padres se retiraron de nuestra vista. —¿Quién eres? —Se supone que debía enfrentar esto hoy porque no podía seguir engañándote —Dijo, mirándome finalmente a los ojos —Aunque te pueda parecer estúpido y rápido, te quiero,  y eres la persona con la que más me he identificado en mucho tiempo —Sus palabras salían, rápidamente, su mano derecha acariciaba constantemente su brazo izquierdo, estaba nervioso, quizás más que yo —Lo siento por mentir respecto a quién soy realmente, mi nombre y edad es la misma, pero como ves, no soy el chico de las fotos. Yocelin soltó mi hombro y me dio una mirada aprobatoria cuando la miré pensando en que debía dejarme solucionar esto yo sola.  En ese momento, no me sentí pequeña, en ese momento, sentí que mi aspecto era el que menos importaba, al igual que mis sentimientos, como la molestia por la mentira. Allí solo importaba él, y el que estuviera parado allí, seguramente controlando las ganas de llorar. —Ahora entiendo porqué me aceptaste como soy —Dije con cautela, cuando nos sentamos en las bancas. Pensando que ningún chico seguro de sí se fijaría en mí. —¿Cómo? —Supongo que pasas por algo más grande ¿no? Digo, al menos yo no te negué quién era. Ambos guardamos silencio después de eso un largo minuto. Mientras él tenía la cabeza gacha suspiré y después de tocar su brazo y hacer que me mirara, le sonreí, haciéndole saber que todo estaba bien;  él solo ajustó sus lentes y me devolvió la sonrisa. Aprecié su cabello rizado y dejándome guiar por mis impulsos le acaricie fugazmente un rulo.  Lo miré, él sonrió y yo fije mi mirada en las personas que estaban deambulando. —Cuando... —Llamó mi atención —Cuando dije que eres bonita no mentí, no juego con los sentimientos de las personas. Suspiré —Casi... —Pues pues sí que me había hecho ilusión la idea de que podía tener un novio demasiado guapo, al menos físicamente. Sin querer, estaba juzgando tal como temía ser juzgada. —No tanto —Ambos sonreímos y volvimos a quedarnos en silencio por un largo rato —Entonces... ¿Vemos el museo? Sonreí, aunque mucho más internamente —¡Sí! Es decir, lo conozco de pies a cabeza. Mi prima Yocelin nos dijo que ella iría a comprar las libretas para que nada resultara sospechoso, y le aseguró a Richard que si algo malo me pasaba o me hacía llorar ella se encargaría de que sus padres encontraran su cuerpo pero sin vida, por lo que ambos reímos; yo porque sabía que bromeaba, Richard porque aquella amenaza le causó miedo, lo cual me hizo reír mucho más. Por mucho tiempo recorrimos cada rincón del Museo de Historia, y el guía, que dijo llamarse Roberto, nos estuvo hablando desde nuestra historia prehispánica hasta la separación de nuestro país de Colombia; tanto la vestimenta que usaban nuestros héroes como todos los cambios por los que ha pasado nuestra bandera. Richard reía por cada cosa graciosa que el guía nos contaba, y era agradable verlo reír, porque cuando él lo hacía yo dejaba la timidez a un lado. No pensaba en lo que a ambos nos consumía, si no en lo que realmente éramos: dos jóvenes almas sintiendo una conexión única, conexión que se fortaleció en un par de horas, y se destruyó en menos de un minuto, con una sola mirada y por una sola voz. —Pero yo... no puedo seguir con esto. Mi corazón se aceleró y fue bajando cuando él tomó mis manos y me vio directamente a los ojos. Yo sentía lo que se aproximaba y no quería; no quería que después de acostumbrarme a la idea de aceptarlo como era, todo se tuviera que ir por la borda. —No quiero que sea así, mira, yo no, no quie-ro —Titubeó, sus manos estaban frías pero su mirada estaba firme —Tú eres una chica muy madura y sé que lo entenderás, porque eres como yo; no puedo continuar con una relación virtual porque no es lo que quiero para nosotros. Se supone que debo trabajar en mí, así dice  mi hermana, ella piensa que es mejor si ambos quemamos esto de ¿ciertas etapas? Y tal vez, si algún día debe ser, será. Así que... lo siento mucho, Amanda, pero esta será la última vez que nos veamos.      Miré a los chicos después de contarles todo y ellos me abrazaron al mismo tiempo. Sabían que no era la primera vez que pasaba por algo así, oficialmente, era la segunda vez que me decepcionaba de un chico. Ellos, como mis amigos, supieron qué hacer para subir mi ánimo; Marta comenzó a hacer bromas con mi mejor amigo respecto a que matarían a pingasos a cierto flaco de lentes que vivía a dos horas de la ciudad, además de incitarme a conocer al amigo de su hermano Joshua, el tal Fernando. Por otro lado, Mateo hizo lo que esperaba, no despegarse de mí hasta que realmente fue necesario. —Jamás vuelvas a tener una relación virtual —Me decía Mat, antes de despedirse —Como dicen por allí: amor de lejos es amor de pendejos, felices los cuatro y mentiras por coñazo.           ...      El vodka que el hombre de ojos verdes ha consumido lo ha hecho toser al ahogarse por culpa de la risa que con pesar  no pudo evitar soltar ante lo leído en aquel libro/diario. Alan se da un par de golpes en el pecho controlándose y sonríe. Han pasado cuatro noches desde que consiguió aquella loca historia debajo de uno de los asientos del autobús y después de leer tanto no se explica ¿Por qué insistir tanto en ser amada cuando puede ser amada por ella misma? Entonces Alan comienza a echarle cabeza a lo importante que debe ser para ella lo que él tiene en sus manos, y no contiene la risita que le causa el tan solo imaginar lo que estará haciendo la chica para conseguir su preciado diario.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD