Narra Amanda.
Último año de la primaria, el sexto grado. El final de una prisión de autodestrucción y seguramente, un poco más adelante, el inicio de lo que realmente me haría descubrir quién era, y sobre todo, qué quería para mí.
Mi aspecto físico no era muy diferente al de hacía unos dos años y medio, era peor; mi cabello era aun más rebelde, mi peso no mejoraba, pero ya había, de alguna manera, logrado crear un escudo que me hacía no escuchar los comentarios que, al pasar el tiempo y provenir de los mismos personajes -los chicos de la otra sección-, dejaban de doler un poco.
Oh, ¡casi lo olvido!, te preguntarás: ¿Qué le dijo Roose a Morgan? Bueno, la respuesta fue un rotundo SÍ. Según ella esa relación duraría solo unos dos días, pero la verdad duró casi un año, increíble ¿no? Estaba comenzando a conocer lo que no era una verdadera amistad.
Ya me había acostumbrado a verlos juntos, aunque me había alejado de ambos de manera muy lenta. No podía considerarla mi amiga, y a él no podía perdonarlo por lo que le hizo a mi amigo. Papá siempre me decía que los buenos amigos no hacían daño, y ellos nos habían hecho llorar.
—Oye, por cierto, ¿por qué no ha venido Morgan? ¿Estará enfermo? —preguntaba mi amiga Sofía, como si yo pudiera saber la respuesta.
—No tengo idea, y no me importa —mentí, claro que mentí.
Ella rió escandalosamente.
—Ay, por favor ¿Acaso no tienes su número? ¡Escríbele! Haz algo con ese aparato, por favor.
Para mi cumpleaños once mis padres habían comprado para mí un pequeño dispositivo móvil que solo debía usarlo en la escuela en caso de emergencia. Era cierto, tenía el número de Morgan, el de casi todos mis compañeros, pero me sentía incapaz de escribirle. Desde hacía mucho solo trataba de ignorarlo, y además él no me buscaba ¿Por qué habría de buscarle yo?
—¡Hola! —una voz chillona hizo que buscara con la mirada a mi amiga Sofía, la cual hacía fila para comprar dulces en la cantina.
—Hola... —respondí, bajando la mirada.
Sabía quién era más no sabía su nombre. Era uno de esos chicos de la otra sección que cursaba el mismo año que yo.
Mi corazón latía desenfrenado por el miedo. Mi mente tratada de meter en un baúl todos los comentarios, chistes y expresiones cada que su grupito me veía. Y a pesar de que creían desaparecer lo que decían o hacían, sabía que tarde o temprano, la impotencia por no hacer ni decir nada, me haría daño.
—Fea… —Temblé. Él se sentó a mi lado en el largo banco frente a la cantina—. Nunca te he preguntado cómo te llamas —dijo en baja voz, observando a todos lados, yo también lo hice, en busca de ayuda pero sin mover ni un pelo.
—No... tie-nes que saberlo —logré decir después de sentir un escalofrió. Era al menos la segunda vez que le respondía algo.
—Bueno. —Se alzó de hombros—. Entonces para toda la vida seguirás siendo la niña fea, negra, gorda y tonta que cursaba el mismo año que yo. —Escuché cómo soltó una risita para después irse al ver que alguien se acercaba.
Mi amiga Sofía me tomó de las manos. Ella sabía lo que había pasado, una vez me dijo que cada que yo no dejaba de ver el suelo era porque algo malo había pasado o me sentía mal. Le dije que estaba bien. Yo no había escuchado nada, me convencía de ello mientras comía de los dulces que mi amiga me ofrecía.
Dicen que el universo, cuando es tu turno, conspira de manera increíble para hacerte pasar por un momento de felicidad. El día siguiente a la sugerencia de Victoria, sentía que todo estaba comenzando a ceder ante mí. Principalmente, me había enterado, por boca de Lucia, que Roose y Morgan habían terminado su relación ¡Por fin! Después de tanto tiempo ya no los vería juntos, y, además, el susodicho había asistido a clases.
Ese día, mientras hacíamos una fila para entonar el himno, me di cuenta que mi amigo Mat no había llegado aún, lo que me dejaría a mí y a Morgan uno al costado del otro ya que éramos los más grandes en estatura de la clase. Durante el orden, sentí cómo mi cabello era jalado, y aunque no fue tan fuerte me molesté. Pensaba que era uno de los chicos de la otra sección que quería fastidiar, pero cuando volteé, me encontré con una sonrisa de medio lado por parte de Morgan, seguido de un guiño pícaro, y otra sonrisa.
—Dios… —Fue lo que pude articular.
¿Y a ese que bicho le había picado?
Sentía mis mejillas arder pero no tuve tiempo de pensar mucho en ello. Entonamos el himno con rapidez ya que había tiempo de lluvia. En filas entramos al aula mientras el rocío del agua mojaba nuestra ropa, y como siempre me senté junto a mi mejor amigo, el cual había llegado bajo la lluvia. Mat tenía una mueca en su rostro cuando una de nuestras tantas compañeras, Eloísa, le lanzaba un fugaz beso, que por supuesto, él se negaba a atajar.
—En serio ya no la soporto —susurró luego de ver que la chica estaba alejada de ambos.
—¿Tanto, Mat? —indagué con una risita.
—Sí, parece chicle pegado al pelo.
—¿Chicle? —Reí—. Si es chicle, amigo, es mejor que te rapes, como los militares —opiné. Mateo se carcajeó y sentí un extraño cosquilleo en mi estómago.
Podía ver sus ojos avellanas achinarse y sus hoyuelos formarse. Me atrevía a pensar cada vez que los veía que eran adorables porque adornaban su cachetes rosados que desde hacía meses se habían ido deshinchando, al igual que el resto de su cuerpo. Mat me había comentado que sus padres lo habían llevado a un nutricionista y por eso lucía más delgado.
Yo les había comentado a mis padres en una cena de las pocas que en esos años teníamos juntos, debido a sus trabajos, lo del nutricionista. Sé que me escucharon, pero tal vez no pillaron mi doble intención en la historia, tal vez estaban demasiado ocupados, y tal vez jamás iba a ser capaz de decírselos directamente. Yo también necesitaba uno.
—Mateo, siéntate en el puesto de Morgan, Morgan, tú en el de Mateo —ordenó la profesora de repente, mientras escribía divisiones avanzadas en la pizarra.
—¿Por qué? —refunfuñó mi amigo.
—Porque no dejo de escuchar tu voz mientras doy la clase —contestó esta, por lo que todos nos miraron y rieron.
Después de que Mateo se resignó a que debía irse al puesto de Morgan y el anterior al suyo, mi reacción, olvidando los consejos de mi padre, fue la siguiente: no paré de mirarlo durante todo el día, hablarle de lo que se había perdido en la última semana y reír por cada tontería que hacía. Lo consideraba divertido y muy lindo. Ya no me importaba nada, todo había acabado entre él y Roose.
—¿Te gustan las novelas? —le pregunté en susurro durante la clase.
—No —respondió frunciendo el ceño.
—¿Y por qué?
—Porque… —Tomó una libreta la llevó al frente de su cara y empezó a besuquearla haciéndome soltar una carcajada que tuve que contener después por la mirada de la profesora—. Solo hacen eso —dijo después de parar—. ¿Es cierto que yo te gusto, Amanda?
Mi corazón latía a mil por segundo, mis manos temblaban, no podía responder, y no porque no sabía cuál era la respuesta, si no porque tenía el nudo en la garganta que no me permitía decir nada. No sabía en donde esconderme, solo me mantuve callada y seria, cosa que al parecer respondió su pregunta y siguió prestando atención a la clase.
—¿Quién te dijo eso? —articulé de repente.
—Ella. —Señalo a Lucia y yo la miré, sintiéndome molesta y avergonzada—. Entonces... ¿Sí o no?
Negué con mi cabeza cuantas veces se me hizo posible, aunque seguramente mi cara, mi silencio y quizá otro par de cosas le aseguraban que sí. Así que, luego de analizar supuse que lo que había hecho él esa mañana antes de entonar el himno se debió al hecho de que Lucia le había contado mis sentimientos.
Un poco antes de finalizar la clase, cuando ella pasó al pizarrón a resolver unos ejercicios de inglés, le tiré una mirada que seguramente mostraría mi molestia. Amigas, ¡patrañas! Ya no podía confiar en ella tampoco.
—Oye yo... —me dijo y lo miré sintiendo mis cachetes arder mientras él pensaba lo que diría—. No voy a asistir más a la escuela, es mi último día. Papá trabaja en una secundaría que me permite estar en el equipo de futbol y... —Sonrió con nostalgia—. Te lo digo a ti para que por favor le comentes a Roose y a Mat, ninguno quiere hablarme.
Pongamos esto en pausa e imagina, solo imagina cómo me sentí.
Mis ojos se empañaron lágrimas; sentí como si un carnicero no profesional le hubiera cortado sin piedad mi corazón.
No dije nada, solo asentí. No lo podía creer, enserio no lo vería más, me hacía sentir fatal. Triste, por lo que sabía, escuché el timbre que nos indicaba la salida y con pasos cortos y pesados me dirige al estacionamiento, en donde nadie podía verme llorar.
—Y jamás le dije lo que sentí —dije, llena de aflicción.
¿Qué te puedo decir después de eso? Haré un resumen: me convencí de no volver a llorar por él porque nunca habíamos tenido si quiera una amistad real, y aunque me dolía no verlo porque me gustaba, no había una razón tan grande para echarme a morir. Mientras las semanas pasaban mi amistad con Sofía y Mateo se fortaleció, al punto de que ambos se encargaban de que cada que me sentía acomplejada me hacían sonreír, dejé a Roose a un lado, pero... ¿Supe de Morgan otra vez? Lamentablemente sí.
—¿Morgan eres tú? —pregunté llena de emoción por su llamada.
No hubo respuesta. Se escuchaba su voz al fondo, también la de su madre y hermana, a lo que pronuncié su nombre varias veces esperando una respuesta.
—Tal vez marcó con el trasero, sí, igual que en las películas —musité.
Tú pensarás que colgué porque… ¿Por qué no hacerlo? ¿Para qué perdía mi tiempo escuchando conversaciones que no me incumbían? Pero ya sabrás tú que nunca hacía nada, así que no lo hice.
Sí, escuché todo tipo de conversaciones, desde el pedo de su madre que según él estaba ¡De infección pulmonar!, hasta el cómo chocaban los platos al ser fregados por él.
Qué vergüenza Amanda, ¡qué vergüenza!
—¡No te hagas! Sé que te gusta esa niña de la escuela. Pobre nene, no la verá más…
Las voces se escuchaban con más claridad, y mi corazón saltaba.
—Solo me gusta una aún ¿okay? Déjame.
—Tenías varías en la escuela anterior ¿no? ¿Cuál de todas era? ¿Roose? —Por el tono sabía que era su hermana mayor—. Ah ¿Eloísa? ¡Oh no! —Se escuchaban golpes entre ambos por lo cual reí bajamente—. ¡Amanda! La recuerdo, me caía bien —Sonreí ante eso.
Recuerdo que solía ver a su hermana de lejos, ya que asistía al mismo instituto que el hermano mayor de Sofía, el cual siempre iba por ella.
—¿Y a mí que me importa que te agrade? ¡Es una nerd gorda y aparte no sabe disimular que le gusto!
Fin de la llamada.
Mi corazón palpitaba lentamente ante la decepción, pues por mucho tiempo había pensado que ese chico no era capaz de expresarse de esa forma.
Las lágrimas comenzaron a salir y allí lo supe: me iba a costar bastante superar los comentarios despectivos de los demás hacia mí, pues vivía con eso. Pero también supe que la única persona que podía detener aquello, no era ni mi prima Yoana defendiéndome, ni mis padres diciéndome cosas para hacerme sentir mejor, pues esa persona era nada más y nada menos, que yo.
...
—Niña, te ahogas en un vaso de agua… —Alan sonríe con nostalgia, pues puede imaginar el dolor que pudo haber sentido al escuchar ese feo comentario hacia ella—. Parece que después de todo, tenemos algo en común —expresa.
Entonces guarda su arma bajo la almohada, bebe de su vaso de vodka y pasa a la siguiente página.