Me desperté por la mañana, y me estiré perezosamente, Elías ya estaba despierto, apoyado en un codo y mirándome con esa intensidad que todavía lograba ponerme nerviosa. —¿Qué miras? —pregunté, mi voz aún ronca por el sueño. —Mi propiedad —respondió él, con ese tono posesivo que antes me enfurecía pero que ahora, inexplicablemente, me hacía sentir segura. Poco después salí a tomar el sol, me tumbé boca arriba en la tumbona, llevaba un bikini minúsculo que él había elegido. Sabía que le gustaba verme así, expuesta, pero solo para sus ojos. Sentí su peso cuando se sentó a mi lado.No abrí los ojos, pero sabía que me estaba mirando. Siempre me miraba así, como si quisiera comerme. —¿Estás despierta? —preguntó. —Quizás —respondí, sin moverme, mirándolo a través de los lentes oscuros. Un

