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Narrador omnisciente Valentina despertó por la mañana, lo primero que sintió bajó su mejilla fue un pecho duro. Se quedó paralizada, procesando, no estaba en su lado de la cama, estaba en el centro. Y su cabeza no estaba sobre una almohada, sino sobre el pectoral desnudo de Elías Navarro. Su brazo, además, estaba sobre su torso, como si en sueños lo hubiera reclamado como su almohada personal. El pánico la hizo incorporarse de un salto. —¿Qué…? ¿Cómo…? Elías abrió los ojos. —Buenos días, querida esposa —su voz era ronca por el sueño—. ¿Dormiste bien? Parecías muy… cómoda. —¡Tú me acomodaste ahí! —acusó, escandalizada— ¡Eres un cerdo! ¡Aprovechado! Él se incorporó sobre los codos, mostrando su torso desnudo, y musculoso sin el más mínimo rubor. —¿Aprovechado? —preguntó, arqueando

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