Capítulo 3

2407 Words
—¿En dónde estoy? «Esa era una buena pregunta, para empezar.» Todo a mi alrededor lucía como un escenario post apocalíptico. El cielo cargado de nubes grises se mezclaba en el horizonte con el interminable campo de pasto seco que se expandía bajo mis pies descalzos. Y, apenas alcanzaba a ver estos últimos, con la suave bruma que yacía sobre el suelo, convirtiéndose en un velo. Hacía frío en aquel lugar y también era la cápsula de un penetrante silencio. Cuando pronuncié aquellas palabras, ni siquiera sentí mis labios moverse. Solo fue un susurro provocando eco en el tiempo. —Estás en donde yo estuve alguna vez. Me giré en la dirección contraria, hacia esa voz suave y melodiosa que ahora me acompañaba en el silencio. Y, en ese punto en donde debía estar mi corazón, solo sentí una corriente fría enterrándose. Mi abuela estaba frente a mí. «Quise correr hacia ella y apretarla en un fuerte abrazo, decirle que la echaba de menos, pero no pude. Era como si yo fuese una simple espectadora dentro de aquel mundo desolado.» —¿Por qué no puedo acercarme a ti…? —susurré, con dificultad. Pero su respuesta jamás llegó. Sus ojos verdes miraban a los míos con un sentimiento que no podía comprender, que ocultaba detrás de sí mucho más de lo que podía alcanzar a imaginar. Entonces, caminó hacia mí; con calma y gracia, como si sus pies no tocaran el suelo y ella fuera como la suave brisa que viajaba por el cielo. Cuando estuvo frente a mí, pasó el dorso de su mano sobre mi mejilla, algo que jamás había hecho. Sus dedos estaban fríos como el hielo, la sensación era tremendamente real. —No puedes esconderte de ellos —murmuró, mirándome a los ojos—. No importa cuánto corras… Ellos te alcanzarán. El desconcierto trepó hasta mi garganta, como un nudo cerrándose alrededor de ella. —¿De qué hablas? Sus ojos se volvieron oscuros cuando ella pronunció las siguientes palabras: —Jamás podrás deshacerte de su sombra.  Mis párpados se abrieron de golpe, arrojándome lejos del sueño que acababa de tener. Mi mano derecha estaba presionada fuertemente sobre mis costillas, justo encima de mi corazón. Eso me permitió sentir lo fuerte que este latía, como una bestia rabiosa, ansiosa por escapar. Tenía la piel perlada por el sudor, a pesar del frío que hacía, y mis labios estaban secos. También estaba temblando, como si tuviese fiebre. «No entendía nada de lo que estaba pasando.» Con el desconcierto formando un caos en mi cabeza, me senté en la cama y pasé los dorsos de mis manos sobre mi frente, para limpiar el sudor. Después enterré los dedos en las raíces de mi pelo y lo eché hacia atrás. «Era la primera vez que tenía un sueño con mi abuela desde que murió, pero aquello ni siquiera se sintió como una creación de mi mente. Sí, sonaba como una locura, pero su tacto rozando mi mejilla, su profunda mirada sobre mí… La advertencia tajante en su voz. Todo fue demasiado real como para calificarlo como un simple sueño.» «No puedes esconderte de ellos.» Mi piel se erizó ante el recuerdo de su voz, como si no fuera suficiente ya todo el frío que hacía aquella noche. Trasladé los ojos hacia la ventana, manteniendo el ceño fruncido. Enderecé la espalda, al notar que la ventana de la habitación estaba abierta. Las cortinas ondeaban con sutileza por la corriente de aire que entraba. «Yo cerré esa ventana antes de irme a la cama. Estaba segura.» Me levanté de inmediato y caminé descalza hasta ella. Coloqué los dedos sobre el bordé y tragué saliva, dudosa de si debía mirar o no, pero me obligué a no llenarme la cabeza de pensamientos sin sentido y lo hice. La calle frente a mí estaba completamente vacía, lo único que mitigaba el silencio era el ligero susurro del viento rozando con los edificios. Y, todo habría estado oscuro, de no ser por la débil iluminación de los faroles y la luna, que se esforzaba por mostrar su reflejo sobre las nubes delgadas que viajaban hacia el oeste. «No había nadie más que la luna y yo.» «Pero, si así era, ¿por qué no podía asegurármelo a mí misma? ¿Por qué había algo doliendo en el centro de mi pecho?» «No. Tal vez, solo estaba nerviosa. No podía pensar con claridad sintiéndome así.» Cerré la ventana y esta vez fijé el seguro, antes de pasar las cortinas. «Vantellier era un pueblo escondido y pequeño, no creía que hubiese casos frecuentes de robos, pero no estaba segura. No podía estarlo, cuando juraba haber cerrado la ventana y ahora, de repente, aparecía abierta.» Volví a la cama y me senté en ella, pero esta vez solo me llevé las cobijas hasta las piernas. Volví a mirar hacia la ventana y mantuve los ojos fijos en ella. «Me pregunté si era posible que alguien la hubiese abierto. Pero el dormitorio estaba en el primer piso y no había por donde subir desde afuera. Era casi imposible que alguien lo hubiese hecho.» «Casi.» Me pasé las manos por el rostro otra vez. «Odiaba por completo sentir que perdía el control de la situación. No quería martillarme la cabeza con eso, ni ganaría nada sacando conjeturas que no me llevarían a ninguna parte.» «¿Tendría que olvidar lo que ocurrió esa noche? Me habría gustado, pero no hubiese podido, ni aunque quisiera. Menos aún, con la voz de mi abuela repitiéndose como un ligero murmullo dentro de mi mente.» «Jamás podrás deshacerte de su sombra.»   ✷✷✷   A la mañana siguiente, no desperté ni con el mejor semblante, ni con el mejor humor. «En realidad, ni siquiera estaba segura de en qué momento logré conciliar el sueño de nuevo.» Ahora estaba mirándome en el espejo, tratando de resolver el desastre y verme un poco más decente. «Tal vez a Trude le habría alegrado saber que, en definitiva, no me pasaría el día encerrada. Pero no saldría de la manera en que ella esperaba que lo hiciera. Quería dedicar el día a dar con la ubicación del castillo. Con alguno de los lugareños podría averiguar más sobre los Landvik, así que no perdería más tiempo para hacerlo.» Después de batallar con mi cabello y lograr que consiguiera un aspecto con el que me sentía a gusto, salí de la habitación. Cuando bajé las escaleras hasta la estancia de la posada, compartí miradas con la dueña, quien apenas separó los ojos de las viejas páginas de su desgastado libro para mirarme. El episodio de la noche anterior seguía repitiéndose una vez tras otra en mi mente y me pregunté si habría sido una buena idea consultarlo con ella, pero lo descarté de inmediato, cuando sus ojos indiferentes volvieron a enterrarse en su lectura, pasando de mí por completo. Aunque ella no estaba lo suficientemente interesada como para notarlo, le devolví una expresión que demostraba lo poco que me agradaba su falta de cordialidad. De cualquier modo, solté el aire en una pesada exhalación y salí del edificio. Hacía un poco más de sol que el día anterior y agradecía el hecho de ya no tener que llevar conmigo un abrigo obligatoriamente. También había un poco más de actividad. Veía a más personas caminando por las aceras y locales abiertos, quizá porque era viernes. Anduve caminando por un buen rato, preguntándome a dónde era mejor ir. «Yo no era la persona más extrovertida del mundo, pero no me asustaba conversar con las personas. Solo necesitaba encontrar a alguien que tuviese una pizca más de amabilidad que la mujer de la posada.» De tanto caminar, llegué a una plaza que antes no había visto. Por supuesto, era considerablemente más pequeña que el parque, también más despejada y con más personas. «Eso me hizo sentir más tranquila. No estaba segura sobre volver a ese parque, bosque, o lo que fuera. Había intentado no pensar en el chico que vi ahí, porque no quería agregar más eventos extraños a la lista.» «Pero también debía admitir que, muy en el fondo de mí, tenía la esperanza de volver a verlo en alguna parte. Tal vez, así estaría segura de que no fue producto de mi imaginación.» —Lindas botas. Fruncí el ceño al escuchar una voz femenina, entonces me giré hacia mi izquierda y comprobé que, definitivamente, el comentario era para mí. Guardé silencio por unos momentos, porque me quedé pasmada por la insólita belleza de la chica sentada junto a la fuente. Tenía la piel blanca como la nieve y, en contraste, una cabellera negra, con ondas que le llegaban hasta la cintura. Su nariz era pequeña y sus cejas delgadas, mientras que sobre sus mejillas se esparcían sutiles pecas. Tenía un rostro inocente, dulce, y sus ojos celestes lucían casi traslúcidos. —¿Me…? ¿Me dices a mí? —tartamudeé, como una tonta. La pelinegra asintió, esquinando una sonrisa. Tenía las piernas cruzadas y un brazo apoyado en el respaldo del banco de madera. —¿Son de colección? —preguntó esta vez. Mis cejas se alzaron de inmediato. —¿Qué? No, no —reí, avergonzada—. Las compré en rebajas. Mis mejillas se sonrojaron por mi respuesta. «Se notaba a simple vista que aquella chica vestía bien, yo no podía pagar ni en sueños por el tipo de ropa que ella usaba. Apenas y logré viajar hasta Vantellier porque trabajé dos semanas enteras doble turno.» —Pues, tienes buen gusto —Me apuntó con el dedo índice. Llevaba las uñas pintadas de n***o—. Y no pareces de por aquí, lo cual lo explicaría. Volví a reír avergonzada y negué con la cabeza. Antes de responder a sus palabras, la chica palmeó el lugar vacío junto a ella, para que me sentara. Y aunque me sorprendió que lo hiciera, tampoco dudé en acompañarla. —No, la verdad es que no soy de aquí —respondí, apoyando las manos sobre mis piernas. Sus ojos celestes me observaron con curiosidad. —¿Y qué estás haciendo en Vantellier? —Ah, estoy de paso —Me detuve por un instante, buscando alguna mentira creíble dentro de mi cabeza—. Voy a visitar a unos familiares, pero ellos viven a un par de pueblos de aquí, así que decidí tomarme unos días aquí antes de llegar. No quería que el viaje fuera demasiado cansado. «Estuve sorprendida de mi naturalidad para mentir. No estaba acostumbrada en absoluto a hacerlo, pero no quería revelarle a nadie el motivo de mi visita hasta que estuviera segura de que era el momento de hacerlo.» —Entonces, ¿te estás quedando sola aquí? —preguntó la chica, frunciendo el ceño muy apenas. —Sí —Moví la cabeza en una afirmación—. ¿Por qué? ¿Es peligroso que lo haga? La expresión de la pelinegra cambió de inmediato y sonrió con confusión. —¿Peligroso? —Negó con la cabeza—. Creo que no hay pueblo más aburrido que este, por eso te lo pregunto. Debe ser muy aburrido estar sola aquí —Hizo una mueca. Compartí su sonrisa, un poco más tranquila; pero no del todo. —¿De verdad no ocurren robos aquí, o cosas de ese estilo? Ella asintió con la misma tranquilidad de antes. —De verdad —contestó, pero al leer la duda en mi rostro, se inclinó hacia mí y me miró con ligera confusión—. ¿Por qué lo preguntas? Humedecí mis labios y titubeé por un momento, pero finalmente me decanté por decirlo. —Creo que alguien abrió la ventana de mi dormitorio anoche, en la posada donde me estoy quedando —murmuré—. Pero no estoy completamente segura de si ocurrió, o fui yo quien dejó la ventana así y no lo recuerdo —Negué con la cabeza—. Todo estaba en orden, no faltaba ninguna de mis cosas. Ella guardó silencio mientras me escuchaba y aún durante algunos momentos después. Sus ojos celestes se apartaron de los míos por unos instantes, mientras muy apenas contraía las cejas. —¿Dices que ocurrió anoche? —preguntó, cuando volvió a mirarme. Yo asentí—. ¿Y que no faltaba ninguna de tus cosas? —Todo estaba tal como lo dejé —aseguré. La expresión de confusión en su dulce rostro se mantuvo un poco más, pero después me otorgó una sonrisa como lo había hecho antes. —Entonces, no tienes nada de qué preocuparte —prometió, con certeza—. Si hubiese sido un ladrón, se habría llevado algo, ¿no crees? Y si dices que todo estaba como lo dejaste, tal vez dejaste la ventana abierta y no lo recuerdas. Humedecí mis labios y me encogí de hombros, dándole la razón. —Sí, también lo he pensado. —¿Es eso lo que te tiene tan preocupada? —preguntó, refiriéndose a mi expresión. «Al parecer, no era tan buena fingiendo como lo creía.» —Creo que no estoy muy cómoda con el lugar en el que me estoy quedando —confesé—. Tal vez busque otro mañana. —¿Y ya pensaste en dónde hospedarte? Mordí mi labio inferior, dudando sobre si debía aprovechar la oportunidad que tenía frente a mí. Pero las dudas se disiparon pronto y, de inmediato, lo dije. —Pues, escuché que el castillo de la familia Landvik funcionaba como lugar de hospedaje hace algún tiempo —comenté, alzando los hombros—. Pero no sé si aún lo hace. La chica levantó una ceja, con sorpresa. —¿Solo eso escuchaste sobre los Landvik? —¿Debería haber escuchado algo más? —cuestioné, confundida. —No lo sé. A algunos por aquí no les agradan demasiado, ¿sabes? —expresó—. Dicen que son misteriosos, selectivos… Que no suelen acercarse a las personas del pueblo. Y, ceo que eso último es cierto. Nunca los he visto con nadie de aquí. Me giré un poco más hacia ella. —¿Eso quiere decir que los conoces? La chica asintió. —Los conozco —respondió—, porque soy una de ellos. Mis párpados se abrieron un poco más, pero mis labios permanecieron en afonía, mientras ella extendió su mano hacia mí, para estrecharla. —Me presento —dijo, sonriendo una vez más—. Soy Eir Landvik.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD