Capítulo 5

3006 Words
«Bienvenida al hogar de la familia Landvik.» Mis ojos se trasladaron de Eir hacia el magnánimo castillo, hacia los detalles de la piedra con la que fue construido; hacia ese sombrío encanto que lo diferenciaba de cualquier otro lugar que hubiese visto jamás. Estar ahí provocaba que cada latido de mi corazón se convirtiese en golpes profundos, mientras que mis manos se volvían frías como el hielo. Hacía que mi cabeza se llenara de preguntas tan intrincadas que ni siquiera podía alcanzar a formularlas por completo «¿Así fue como se sintió mi abuela al estar ahí por primera vez?» —Es… Impresionante —Reuní la fuerza en mi voz para pronunciar un par de palabras. —Y es mejor por dentro —Por el tono de voz de la pelinegra, supe que estaba sonriendo—. Vamos, hay que entrar. Moví la cabeza un par de veces, en una afirmación, y tardé un poco más en cerrar la puerta del coche junto a mí. Era la primera vez en el día en la que comenzaba a lamentarme de no haber llevado un buen abrigo y solo una simple chaqueta. En aquel lugar hacía más frío que en la zona del pueblo. Las espesas nubes grises no permitían que el sol calentara la piel. Como un instinto, froté las manos sobre mis brazos y bajé la mirada de las cúspides, para contemplar lo que había en tierra firme. Los jardines bien cuidados rodeaban al castillo y se extendían hasta detrás de este, hacia donde yo no tenía acceso visual. Eir y yo anduvimos a lo largo de un camino empedrado, que nos conducía a las puertas del castillo. Ambas puertas tenían unos tres metros de altura, quizá más, y eran de madera gruesa, con pesadas aldabas de color plateado; ya desgastado por el tiempo. Parecían haber estado ahí toda una vida. «Me preguntaba cómo era que aquel castillo podía funcionar como lugar de hospedaje, estando tan lejos del centro del pueblo, y, más aún, con el terreno que había que atravesar para llegar a él. Nadie pasaría por ahí por casualidad. El camino conducía directo hasta allí.» —Quiero tomar tu silencio como algo positivo, pero me preocupa —comentó Eir, haciendo que esta vez sí volcara mi atención en ella. —Lo siento —Me disculpe—. Es solo que… Estoy sorprendida. Cuando ella sonrió, sus ojos celestes brillaron como debía hacerlo el cielo detrás de aquellas nubes. —Bueno, la verdad es que te entiendo —dijo, con cierto tono melancólico en su voz—. Este lugar nunca deja de impresionarme, aun cuando conozco todos sus rincones. A la voz de Eir le acompañó un fuerte ladrido, que provenía de la entrada de la casa. Ambas giramos la mirada en esa dirección y me sorprendí de ver a un perro Doberman junto a las puertas. Su pelaje corto de color n***o lucía brillante, al igual que las manchas cafés en sus puntiagudas orejas, las largas patas y el pecho. El animal ladraba al ver a Eir y movía su pequeña cola de manera incesante. Ansioso, cuando nos acercamos a la entrada, corrió hacia ella. Cuando la alcanzó, se levantó y apoyó sus patas delanteras en el pecho de la chica, quien se rio ante el efusivo recibimiento. —¡Eamon, cálmate! —exclamó Eir, entre risas—. ¡Solo me fui un rato! A simple vista, el Doberman lucía intimidante. Pero ahora estaba ahí, cual un bebé, saludando a Eir, quien acarició su lomo con afecto, antes de que este volviera a pararse en su postura normal. Y tan pronto como lo hizo, empezó a olfatear mis piernas. Compartí miradas con Eir, temiendo que yo no le agradara tanto como ella, pero mis miedos se esfumaron cuando Eamon se quedó quieto y extendió su cabeza hacia mí. De pronto, bajó las orejas para que lo acariciara. Una risa débil como un susurro escapó de mis labios, entonces estiré mi mano hacia él, acariciando su suave pelaje. El Doberman comenzó a mover la cola cuando lo hice. La pelinegra a mi lado rio ante la escena y negó con la cabeza. —Es todo un dulce —exclamó—. Eso que ves ahí, son cuarenta y cinco kilos de puro amor. Volví a reír y separé mi mano de él, entonces comenzó a caminar de un lado a otro con entusiasmo, frente a nosotras.  —Bien, es hora de que entremos —dijo ella después—. Eamon puede esperar un rato, ¿no es así, grandulón? —Rascó su cabeza, mientras arrugaba la nariz. El perro ladró y ella le hizo un gesto con la cabeza, entonces corrió hacia los jardines. Era increíble cómo tenía un aspecto tan intimidante, pero a la vez era obediente y verdaderamente cariñoso. La pelinegra me hizo un ademán, invitándome a caminar, y así lo hicimos. Cuando estuvimos frente a las puertas, ella se sacó del bolsillo del pantalón una gruesa llave dorada. Su diseño demostraba lo antigua que era, al igual que la cerradura donde la introdujo para después tirar de la aldaba. Entonces, se abrió. Eir me invitó a pasar primero. Me sentía tan cohibida como expectante. Pero contrario a lo que creí, el lugar era verdaderamente cálido y acogedor por dentro. Pronto entendí por qué, cando mis ojos se desviaron hacia la chimenea, que se encargaba de que en la estancia no hubiese una pizca del frío que hacía afuera. Frente a ella, estaban dispuestos dos sofás de cuero negros. Y justo en el centro del salón, una lujosa lámpara de cristal que colgaba del techo, brindaba iluminación. Los detalles rústicos de la piedra que creaban las paredes a nuestro alrededor se veían contrastados con los más elegantes detalles, como cuadros antiguos que se conservaban en perfecto estado, la extensa alfombra de color vino con detalles dorados que cubría un buena parte del lugar y los muebles de madera pulida y oscura que le daban un sombrío encanto. Las largas ventanas estaban cerradas, con cortinas grises de seda. Y, a pesar de que aquello era solo la estancia, el lugar era más amplio que todo un piso de mi casa. Estaba conectado a varios pasillos, que no tenía la menor idea de hacia dónde se dirigían, además de unas hermosas y amplias escaleras que cruzaban en forma circular hacia la derecha. —Creo que ahora sí que puedo decir oficialmente: Bienvenida a mi hogar —pronunció Eir, con una sonrisa—. ¿Qué te parece? Abrí la boca, pero por algunos instantes no dije nada. Estaba buscando las palabras correctas. —Jamás había estado en un lugar como este —musité. No había sido lo más inteligente, de cualquier manera. Pero era cierto. No estaba en absoluto acostumbrada a todo el lujo que mis ojos ahora contemplaban. «Y, aunque era consciente de que todos los muebles allí debían ser propiedad de la familia Landvik, una parte de ese castillo también me pertenecía.» «Me pertenecía.» «Estaba decidida a recuperar la propiedad, como mi abuela lo intentó un día, pero, aun así, no me hacía a la idea de que algo así me perteneciera.» —No es por presumir, pero puedo asegurarte que no existe otro lugar como este en Vantellier —prometió. —Seguro que sí —Alcé los hombros y negué ligeramente—. Es hermoso, Eir, y también enorme —Giré el rosto hacia ella una vez más, apenas ciñendo la frente—. ¿Cuántas personas viven aquí? —Ahora mismo somos seis, además de los sirvientes. «Aquel seguía siendo un lugar demasiado grande solo para seis personas, aunque hubiese sirvientes. Evidentemente, se necesitaba a más de una persona para encargarse del mantenimiento del castillo. Aun así, pese a que la estancia era cálida y agradable, también se respiraba en ella una fría soledad, que nada tenía que ver con la temperatura.» «¿Realmente servía de algo tener un salón así, si no había suficientes personas que quisieran disfrutar de él?» —Señorita Eir —Una voz, gruesa y longeva, llamó nuestra atención. Se trataba de un hombre mayor, quizá rondando los setenta, que vestía un  traje de mayordomo completamente blanco. Un grueso bigote se instalaba sobre su boca y su cabello gris estaba peinado en ondas hacia los costados. Tenía la piel llena de arrugas, sonrojada en las mejillas y la punta de la nariz por el sol. Era solo un poco más alto que yo. —Douglas —La pelinegra lo saludó con una sonrisa, mientras él se acercaba a nosotras—, ¿cómo estás? —Estoy muy bien, señorita —dijo él, colocando ambas manos detrás de su espalda—. ¿Y usted? —Ah, estoy perfecta —contestó la chica, con su usual tono jovial—. Douglas, quiero presentarte a… —Se detuvo y abrió bien los ojos, expresando una sonrisa cerrada—. Dios, acabo de caer en cuenta de que ni siquiera te pregunté tu nombre. «Mi nombre…» «Tendría que inventarme otro apellido mientras tanto, pero en ese mismo momento no creía que fuera necesario mencionarlo.» —Astlyr —respondí, expresando una sonrisa que me resultó natural; una bajo la cual se escondía mi nerviosismo—. Soy Astlyr. —Dios, qué hermoso nombre —expresó la chica de ojos celestes, frunciendo el ceño mientras sonreía. Luego se giró de regreso hacia el hombre—. Douglas, ella es Astlyr, la traje para que conozca el lugar y decida si quiere quedarse. Astlyr, él es Douglas; el mayordomo de la familia. —Mucho gusto —Me aproximé a saludarle con un apretón de manos. —Encantado de conocerle, señorita —contestó él, con cordialidad. Luego giró sus ojos verdes hacia Eir—. ¿Desea que les acompañe en el recorrido? —Oh, no. No te preocupes por eso, Douglas —Le tranquilizó ella, haciendo un ademán—. Quiero encargarme personalmente. —Como usted ordene, señorita —aceptó el hombre—. Pero antes de que se ocupe, quisiera consultarle algo. Eir asintió y se giró hacia mí después. —¿Podrías disculparme un momento? —Me preguntó, haciendo una mueca apenada. —No te preocupes —Levanté las comisuras de mis labios sutilmente—. Te espero aquí, ¿sí? La pelinegra me agradeció con una sonrisa y se alejó de la estancia con Douglas. Los perdí de vista cuando cruzaron uno de los pasillos. De nuevo, pasé las manos sobre el material de la chaqueta que me cubría los brazos y los mantuve cruzados. Ahora, sola en el enorme espacio, mis ojos volvieron a pasearse por sus detalles con detenimiento, contemplando lo antiguos que eran y preguntándome cuánto tiempo llevaban ahí. «Estás en donde yo estuve alguna vez.» El recuerdo de la voz de mi abuela en aquel sueño volvió a mí como un gélido susurro, erizándome la piel y obligándome a abrazarme a mí misma una vez. «¿Era eso a lo que se refería?» «¿Estuvo ella alguna vez en aquella estancia, observando los cristales de la lámpara que colgaban del techo como si fuesen lágrimas de ángeles?» «¿Se habría hecho ella las mismas preguntas que yo?» Me pregunté si habría sentido miedo cuando llegó ahí y mis labios se curvaron apenas al responderme a mí misma que no. «Estaba segura de que no lo hizo. Era joven, intrépida y llena de carácter. Jamás se habría dejado intimidar por todo el lujo y el poder de la familia Landvik.» «Eso también me llevaba a preguntarme cómo eran el resto de los miembros. De momento, solo conocía a Eir y, aunque no podía asegurar nada aún, ella se había portado amable conmigo.» «Necesitaba tener cuanto antes una certeza con respecto a algo. Las dudas me estaban comiendo la cabeza.» Aparté la mirada de las luces del candelabro y me giré hacia donde estaba la chimenea, fue cuando noté que había alguien más ahí conmigo. Sobresaltada, solté los brazos y me llevé una mano al pecho, mientras tragaba saliva. Eso me permitió sentir lo rápidas que ahora eran mis pulsaciones, no solo por la repentina presencia a pocos metros de mí, sino por ver de quien se trataba. Era el mismo chico que vi antes en el parque. Y mientras que yo mantenía la mandíbula cerrada con fuerza, obligándome a recuperar el aliento solo respirando por la nariz, él no separaba sus ojos de los míos. En realidad, ninguno de los dos parecía estar dispuesto a ceder. Pero comenzaba a sentirme expuesta ante la intensidad de sus ojos, al igual que aquel día; como si leyera mis pensamientos o pudiese descifrar todas y cada una de mis intenciones con tan solo mirarme. Necesitaba que dejara de hacerlo y dijera algo. —¿Por qué estás aquí? —arrojé, a la defensiva—. ¿Me estás siguiendo? Sus labios se curvaron hacia la derecha y ahora debí obligarme a no detenerme a pensar en lo atractivo que era, aunque eso no era tarea fácil. Su rostro pálido era el lienzo donde se dibujaban sus varoniles facciones. Y, al igual que antes, algunos mechones de su cabello azabache caían sin demasiado orden sobre su frente. También era más alto de lo que creí. Y, a eso debía agregarle que, una vez más, vestía de n***o por completo. «No era la clase de chico que uno se cruzara en la calle todos los días, al menos no en mi ciudad. Alguien como él solo podía pertenecer a un lugar como ese castillo.» —Tal vez estoy aquí porque vivo aquí —contestó, ladeando ligeramente la cabeza, mientras alzaba una ceja. Su voz era grave, pero tranquila y a la vez profunda. Tragué saliva, mientras bajaba las manos a los lados de mis piernas otra vez. «No. No podía ser que viviera ahí. » «Sí, acababa escucharlo de sus propios labios y era evidente, pero no quería creérmelo. Dije antes que quería volver a verlo; una vez más, solamente. Pero, ¿todos los días mientras estuviera ahí?» «¿Y que fuera un Landvik…?» Algo en mi discusión interna parecía hacerle gracia, porque alrededor de su boca se formaron suaves líneas cuando sonrió otra vez, sin mostrar sus dientes. Eso me molestó, evidentemente. —¿Eso explica por qué estabas observándome en el parque? —cuestioné esta vez. —Nos encontramos ahí por casualidad —respondió él, frunciendo el ceño de forma muy sutil. Todos sus gestos eran así, destilaban una exquisita elegancia. Y eso, en combinación de su voz, lo volvían más llamativo… Atrayente. Negué con la cabeza, no solo por lo que él dijo; también por el rumbo que estaban tomando mis pensamientos, en contra de mi voluntad. —Últimamente no creo en las casualidades —objeté, volviendo a cruzarme de brazos. Sus ojos me observaron con curiosidad. Eran oscuros, terriblemente oscuros. —¿En qué crees, entonces? Como si todo no estuviese resultando ya lo suficientemente confuso para mí, esa pregunta me resultó extraña. Pero parecía ser que él estaba jugando un poco, así que yo no iba a quedarme atrás. —Creo en que la manera más cortés de saludar no es apareciendo de la nada, como lo haces tú —contesté, arqueando una ceja. Sus cejas espesas volvieron a contraerse con suavidad, mientras en sus ojos relucía un brillo de diversión. —Me parece que eres tú quien apareció de la nada en mi casa —murmuró. —Nunca entraría aquí sin permiso —aclaré—. Y dudo que alguien pueda hacerlo, de todos modos. El pelinegro se alejó de la chimenea, solo un poco. Dio un par de pasos hacia mí, pero aún había suficiente distancia separándonos como para que no me robara la respiración. Ahora fue él quien cruzó los brazos sobre su pecho, sin separar sus ojos de los míos. —Podrías ser la primera en romper las reglas —sugirió. —No es mi estilo —afirmé, sin ningún tipo de agrado—. Además, tengo entendido que en este castillo también se rentan habitaciones para hospedarse. Él humedeció sus labios y luego los mantuvo entreabiertos, mientras sus pestañas se ceñían ligeramente alrededor de sus ojos oscuros. —¿Te quedarás aquí? —preguntó. Algo en su voz me hizo en su voz me hizo intuir que él realmente quería conocer la respuesta. —¡Astlyr, aquí estoy! La voz de Eir llamándome me hizo cruzar una última mirada con el enigmático pelinegro frente a mí, antes de girarme por completo hacia la dirección contraria. No entendía qué de qué se trataba, pero algo en su presencia alteraba el ritmo de mi corazón.  La chica de ojos celestes salió por el mismo pasillo por donde antes entró con Douglas, otorgándome una de las hermosas sonrisas que solo podían expresarse en un rostro tan dulce como el suyo. —Disculpa la interrupción —Me dijo, cuando estuvo frente a mí—. ¿Seguimos? Asentí, esbozando una sonrisa pequeña, aunque me sentí confundida ante el hecho de que Eir parecía ignorar la presencia del pelinegro por completo. Pero cuando giré la cabeza de vuelta hacia la chimenea, entendí por qué. Él ya no estaba ahí. «¿Qué manía tenía aquel chico con aparecer y desaparecer, como si fuera un fantasma?» —¿Astlyr? —Eir me llamó. Cuando volví a mirarla, sus ojos me miraban con ligera confusión—. ¿Pasa algo? —No, no —Me aclaré la garganta y sonreí con más seguridad—. Sigamos, entonces. La chica se tomó algunos segundos más para contemplarme, como queriendo asegurarse de que todo estaba bien. Y, al parecer, mi expresión la convenció. Finalmente, me hizo un gesto para que nos dirigiéramos hacia las escaleras y comenzamos a caminar. Y antes de llegar al primer escalón, miré una última vez hacia la chimenea; con la esperanza de que él estuviera ahí. Pero una desconocida sensación cruzó mi pecho, al ver la estancia vacía.
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