Todo estaba borroso y el eco de la música palpitaba en el centro de mi cabeza, mientras que los hormigueos me recorrían hasta las puntas de las manos. Me sentía desorientada, mareada y también asustada. Benjamin se colocó en cuclillas frente a mí y mi piel se erizó cuando sus manos sostuvieron mis mejillas. Su piel estaba fría y la mía cálida. —Astlyr… —Leí la preocupación en sus ojos—. Estarás bien, ¿sí? Sigue conmigo. Su voz, por momentos, se volvía lejana; al igual que lo hacía su rostro. Me era difícil lograr enfocar la vista. —Ese… Ese chico —susurré, débilmente. —Ese imbécil ya no te puede hacer nada —aseguró él—. ¿Recuerdas lo que dije? Nadie te va a lastimar mientras yo esté cerca. Por un segundo, solo uno, logré ver su rostro completamente nítido. Estaba tan cerca del mío,

