Punto de vista GASPAR
El restaurante elegido por Adriana era de esos que parecían diseñados para las apariencias: luces cálidas, copas brillantes, mesas demasiado cerca unas de otras para fingir intimidad. Había estado allí antes, años atrás, cuando todavía creía que el mundo podía ser sencillo.
Ella estaba sentada frente a mí, sonriendo como si nada hubiera pasado en la última década. El mismo gesto dulce, los mismos ojos grandes que solían mirarme como si yo fuera suficiente. Pero ya no me engañaba: esa mirada no era inocente, era calculada.
—Es extraño, ¿sabes? —dijo mientras dejaba la servilleta sobre su regazo—. Estar aquí contigo… es como si nada hubiera cambiado.
La observé en silencio. Nada había cambiado: su forma de inclinar la cabeza, su tono suave, incluso la manera en que buscaba tocarme con la rodilla bajo la mesa. Y sin embargo, todo sí había cambiado. Yo no era el mismo.
—Todo cambió, Adriana —respondí, tomando un sorbo de vino—. El problema es que quieres fingir que seguimos siendo los mismos adolescentes de antes.
Ella rió bajo, como si mi frialdad no le afectara.
—No finjo. Solo digo que… todavía me resulta fácil hablar contigo.
Me incliné hacia atrás, estudiándola. Fácil hablar conmigo, sí. Como si una cena pudiera borrar los silencios, como si con una sonrisa pudiera recuperar lo que destrozó.
—¿Y qué es lo que quieres decirme tan fácil? —pregunté, arqueando una ceja.
Ella sostuvo mi mirada, la sonrisa intacta.
—Que quizás el destino no se equivocó tanto. Que tal vez esta sea nuestra segunda oportunidad.
Sus palabras flotaron en el aire, dulces y envenenadas al mismo tiempo. Y mientras la escuchaba, una certeza me atravesó: Adriana seguía jugando el mismo juego de siempre. Solo que ahora yo sabía las reglas.
Adriana hablaba como si el tiempo no hubiera pasado. Entre sorbos de vino y anécdotas edulcoradas, repasaba nuestras huidas adolescentes, las risas a escondidas, los planes que nunca llegamos a cumplir.
—Éramos imparables —dijo con un brillo en los ojos que habría engañado a cualquiera—. Dos contra el mundo.
La observé en silencio, dejando que el eco de esas palabras me arrastrara un segundo. Sí, había un tiempo en que yo lo creía. En que ella era todo lo que quería y yo todo lo que necesitaba. Pero ese tiempo murió el día que desapareció sin explicación.
Apoyé la copa en la mesa, inclinándome hacia ella.
—¿Qué ha cambiado desde entonces, Adriana?
Su sonrisa se ensanchó, suave, casi maternal.
—Lo que cambia es que ahora somos mayores. Sabemos que el amor también necesita estrategia. Que los sentimientos no bastan.
Alcé una ceja, sintiendo cómo el calor me subía por la garganta.
—¿Y qué es lo que no cambia?
Entonces lo soltó, con esa dulzura envenenada que siempre escondía un filo.
—Que Helena nunca podrá darte lo que necesitas. Yo sí conozco tu mundo, Gaspar. Y sé exactamente cómo sostenerlo contigo.
Me quedé mirándola unos segundos. Podía sentir el veneno resbalando bajo la piel, empujándome a dudar, a recordar lo fácil que era con ella.
Pero no.
Sonreí torcido, con más frialdad que ternura.
—Te equivocas. Ni siquiera tú conoces mi mundo actual. No eres parte de él.
La vi tensarse, apenas un segundo, antes de recomponer el gesto. Intentó mantener la sonrisa, pero ya no era la misma.
Y yo, por primera vez, tuve la certeza de que el pasado ya no me ataba a ella.
Punto de vista HELENA
El despacho de mi madre siempre me había parecido un mausoleo disfrazado de oficina. Las cortinas pesadas, los retratos familiares que más que amor mostraban propiedad, y esa forma en que ella se sentaba tras el escritorio, como si todo le perteneciera.
—Iván está avanzando con el divorcio —anunció apenas crucé la puerta, sin siquiera saludarme. Su tono fue práctico, frío, como si hablara de un trámite bancario—. Eso facilita las cosas.
Me crucé de brazos, apretando los labios.
—¿Qué cosas?
Ella alzó la mirada, con esa sonrisa calculada que siempre usaba cuando creía que me estaba “educando”.
—La junta extraordinaria se celebrará pronto. Es el momento de que te presentes con Iván a tu lado. Necesitas un respaldo sólido, alguien que comparta contigo el peso de las decisiones.
Solté una risa amarga.
—¿Respaldarme? Lo dices como si yo no pudiera hacerlo sola.
—No puedes —replicó sin titubear—. Nunca podrás. No porque no tengas talento, Helena, sino porque eres mujer. Y en este tablero, las mujeres no reinan solas.
Su sentencia me atravesó como una daga. Quise gritar, pero solo conseguí escupir entre dientes:
—No soy tu peón.
Ella se inclinó hacia adelante, con la calma venenosa que tanto odiaba.
—Entonces sé la reina. Pero recuerda algo: en el ajedrez, los peones siempre se sacrifican primero.
Sus palabras me dejaron helada. Sentí que el aire en ese despacho se espesaba, como si me faltara oxígeno. Una parte de mí quería huir, pero otra, más fuerte, entendió lo que estaba haciendo: me estaba empujando contra la pared para que no tuviera más opción que obedecer.
Y por primera vez en mucho tiempo, comprendí que mi madre no solo quería controlarme. Quería devorarme.
Salí del despacho de mi madre con la cabeza a punto de estallar. “Si no eres reina, serás sacrificada como un peón.” Esa frase me mordía por dentro, como si me hubiera tatuado la piel.
Necesitaba un aire distinto, alguien que no me endulzara la realidad ni me tratara como a una muñeca. Y solo había un nombre: Lautaro.
Lo encontré en su oficina, rodeado de papeles. Me bastó con entrar para que dejara todo a un lado.
—Con esa cara podrías asustar a media junta de accionistas —dijo con una media sonrisa.
—Y tú pareces demasiado tranquilo para el desastre que se viene encima —respondí, dejándome caer en la silla.
Me estudió en silencio unos segundos, hasta que alzó una ceja.
—Déjame adivinar: Isadora volvió a recordarte que, sin un hombre al lado, jamás serás suficiente.
Asentí, crispada.
—No solo eso. Dijo que, si no juego como reina, me van a sacrificar como a un peón.
Él soltó una risa seca, sin humor.
—Poética, la señora. Aunque en algo no se equivoca: una reina sola siempre está en riesgo.
Chasqueé la lengua, molesta.
—¿Y qué se supone que haga, Lautaro? ¿Que me entregue a su plan con Iván? ¿O que siga esperando a Gaspar, cuando la última vez que le pedí que decidiera me dio evasivas?
El nombre salió de mis labios con rabia contenida. Lautaro se acomodó en su silla, cruzando las manos sobre el escritorio.
—¿Evasivas? —repitió, arqueando la ceja.
—Sí. —Me incliné hacia él, desafiante—. Le pedí claridad y lo único que hizo fue escapar con frases que no significaban nada.
Él me sostuvo la mirada, serio ahora.
—¿Estás segura de que fueron evasivas? ¿O simplemente no entendiste que, cuando un hombre como Gaspar duda, lo que está haciendo es mostrarte que aún no sabe cómo protegerte sin destruirse en el intento?
Me quedé en silencio, la garganta seca.
Lautaro se recostó otra vez, con calma.
—No digo que lo justifiques, Helena. Digo que no subestimes lo que significa que no huyera del todo. Quizá todavía tenga algo que decirte. Y, cuando lo haga, tendrás que decidir si lo escuchas… o no.
Punto de vista GASPAR
No supe en qué momento tomé la decisión. Terminé la cena con Adriana, pagué la cuenta, y en vez de volver a casa o perderme en una botella, mis pasos me llevaron directo aquí. A su puerta.
Toqué, una vez, dos. Y cuando abrió, entendí que tal vez era un error.
Helena estaba allí, con el cabello suelto y los ojos encendidos. Antes de que pudiera decir nada, me miró como si ya supiera dónde había estado.
—Huele a ella —dijo, apenas un susurro, pero cargado de veneno.
Bajé la vista a mi chaqueta. El perfume de Adriana aún estaba impregnado. No tenía sentido negarlo.
—Cené con ella —admití, clavando los ojos en los suyos—. Pero no es lo que piensas.
Se rió con amargura, ese sonido que me partía más que cualquier grito.
—¿Y qué debo pensar, Gaspar? ¿Que mientras yo me enfrento a un ejército de buitres, tú te sientas a recordar viejos tiempos?
Sentí que la rabia me hervía en la garganta. No contra ella, sino contra mí mismo.
—No fui a recordar nada. Fui para mirarla de frente y comprobar que todo sigue igual… menos yo.
Dio un paso hacia mí, desafiante, los brazos cruzados como un escudo.
—¿Y qué cambió?
La respuesta salió antes de que pudiera contenerla.
—Que esta vez no voy a soltar lo que quiero.
Un silencio pesado cayó entre nosotros. Ella respiraba rápido, como si mis palabras fueran un reto. Yo, en cambio, sentí algo que no había sentido en toda la noche: alivio. Porque aunque oliera a otro perfume, aunque viniera de un lugar equivocado, había encontrado mi refugio.
Y ese refugio era ella.
Punto de vista HELENA
Lo escuché decirlo, con esa voz ronca que me atravesaba como una confesión desnuda: “Esta vez no voy a soltar lo que quiero.”
Y supe que hablaba de mí.
Sentí que algo se rompía y se encendía al mismo tiempo dentro de mí. El perfume de otra seguía impregnado en su ropa, quemándome la piel, pero aun así… ¿cómo negar lo que brillaba en sus ojos? No eran evasivas esta vez. Era fuego, y estaba dispuesto a arder conmigo o contra mí.
—No me sirve que vengas aquí con frases bonitas, Gaspar —le espeté, intentando mantener la voz firme—. Si quieres que de verdad crea en ti, tenemos que poner las reglas claras.
Se quedó quieto, mirándome como si cada palabra mía fuera un desafío.
—Dime cuáles son.
Tragué saliva, clavando mis uñas en las palmas de mis manos.
—En los negocios, tú lideras. Tienes el instinto para hacerlo. Pero no vas a tomar una sola decisión que me arrastre sin consultarme. —Me acerqué un paso, con el corazón latiéndome desbocado—. Y en lo personal, Gaspar… yo marco el ritmo. Tengo más experiencia, y si quieres estar conmigo, tendrás que aprender.
Vi cómo su mandíbula se tensaba, no de rabia, sino de deseo. Un brillo feroz se encendió en sus ojos.
—Acepto —susurró, tan cerca que sentí su aliento rozarme.
Mi respiración se aceleró, pero no retrocedí. Lo toqué apenas en el pecho, como si quisiera empujarlo, pero terminé dejando la mano allí, sintiendo el calor de su cuerpo.
—Entonces considéralo un acuerdo —dije, con un hilo de voz—. En todos los tableros.
Él sonrió torcido, inclinándose hacia mí.
—Firmemos, entonces.
No esperó respuesta. Su boca atrapó la mía en un beso cargado de todo lo que nos habíamos negado: rabia, deseo, necesidad. Sentí su mano recorrer mi cintura, firme, posesiva, mientras la mía se aferraba a su cuello. Fue un beso que no buscaba ternura, sino un pacto sellado con fuego.
Cuando me separé, apenas para respirar, lo miré con el pulso desbocado.
—Más te vale cumplirlo, Gaspar.
Él apoyó la frente contra la mía, con una sonrisa peligrosa.
—Si vamos a jugar juntos, Helena… será en todos los tableros.