Capítulo 24

1744 Words
Punto de vista ISADORA Las luces de los focos me cegaban un instante, pero no era la primera vez que estaba frente a una jauría de periodistas. Sabía perfectamente cómo mirar, cómo sonreír sin mostrar los dientes, cómo mantener el porte sin dejar ver la más mínima g****a. La diferencia era que, esta vez, no solo se trataba de mí. Me estaban usando como pantalla para proteger los intereses de Octavio Doménech. Respiré hondo. La sala de conferencias estaba abarrotada, las cámaras apuntando a mi rostro, a mi vestido impecable color marfil. A mi lado, Octavio, impecable en su traje oscuro, con esa sonrisa calculada que parecía grabada en piedra. Ese hombre no improvisaba jamás. —La fotografía que ha circulado en los últimos días —empecé, modulando la voz como si estuviera dando una clase de ética—, es un montaje vulgar y sin fundamentos. Ni mi hija ni yo toleraremos que se mancille su nombre con rumores absurdos. Los flashes explotaron como relámpagos. Por dentro, hervía. Claro que la foto no era un montaje, claro que todo era real… pero ¿qué importaba la verdad cuando la reputación de las familias estaba en juego? Me había casado con un hombre que jugaba en estas mismas ligas, sabía lo que era guardar silencio para proteger el apellido. Pero ver a mi hija arrastrada en esta farsa me quemaba el pecho. Octavio dio un paso al frente, imponente, como si él mismo fuera dueño de la sala. Su voz, grave y autoritaria, llenó el aire: —Lo que deberían estar celebrando no es un escándalo inventado por manos cobardes —dijo, con una calma helada—, sino el futuro que hemos preparado durante años. Mi hijo Gaspar se casará con una joven brillante, perteneciente a una familia aliada desde hace generaciones. Una unión que simboliza la fuerza de nuestros apellidos y la continuidad de nuestro legado. El murmullo de los periodistas fue inmediato, una ola que recorrió la sala. Preguntas, gritos, micrófonos extendidos. Yo mantuve la compostura, aunque la sangre me golpeaba las sienes. ¡Qué jugada tan sucia! No solo había usado mi declaración para limpiar el terreno, sino que encima había lanzado la bomba en público, obligando a Gaspar a cargar con un compromiso que yo sabía no había elegido. Lo miré de reojo. Octavio estaba disfrutando del espectáculo. Sabía que su hijo se revolvería, que Helena sufriría, y que las familias murmurarían sobre el regreso de los viejos pactos entre clanes de poder. Era su tablero de ajedrez, y nosotros, simples piezas. Punto de vista HELENA —¿Qué demonios…? —mi voz salió quebrada, casi un susurro, mientras la imagen de mi madre llenaba la pantalla del televisor del despacho de Lautaro. Allí estaba, impecable, hablando como si fuese la reina de la virtud, desmintiendo la foto del beso… ese beso que aún me quemaba la piel. El beso que me había sacudido la vida. Y ahora lo convertían en un montaje vulgar. Lautaro estaba de pie, los brazos cruzados, observando en silencio. Cuando Octavio tomó la palabra, sentí un nudo en la garganta. "Gaspar se casará con una joven brillante… una unión preparada desde hace años." No escuché más. El corazón me retumbaba en los oídos. Di un paso atrás, como si las palabras de ese hombre fueran un golpe físico. —No puede ser… —murmuré, negando con la cabeza—. No puede ser que ella… que mi madre… Me llevé las manos a la boca. Siempre supe que Isadora no era una santa, que lo que más le importaba eran las apariencias y las alianzas. Pero esto… esto era distinto. Había salido a hablar, había puesto su cara y su apellido para sostener la jugada de Octavio. Y con un solo gesto, me había dejado sola, arrinconada, como si todo lo que yo sentía fuera una ilusión infantil. —Helena… —Lautaro se acercó despacio, con esa calma que usaba como escudo. Me tomó de los hombros—. No dejes que te destruyan. Lo miré con los ojos vidriosos, pero mi orgullo no me permitió llorar. —¿Sabes qué es lo peor, Lautaro? —mi voz salió baja, cargada de rabia contenida—. Que lo sabía. Lo sabía desde siempre. Que para ella lo único importante es que vuelva con Iván, que siga el plan que ella diseñó para mí. Pero jamás pensé que movería piezas así. Que se aliaría con Octavio, justo con él. Lautaro apretó los labios, como si también le doliera. —Tu madre no mueve fichas sin saber lo que hace. Y Octavio tampoco. —Su mirada se endureció—. Esto no es solo una jugada social, Helena. Es un ataque directo. A ti. A Gaspar. Tragué saliva, sintiendo que la rabia me recorría como fuego líquido. —No lo van a lograr —dije, con la voz firme aunque el corazón me temblaba—. Ni ella, ni Octavio, ni nadie. Lautaro asintió, serio, y por primera vez le vi esa sombra de hermano mayor protector que tanto odiaba como agradecía. —Entonces tendrás que decidir cómo vas a jugar tú, Helena. Porque ellos acaban de subir la apuesta. Yo cerré los puños. La niña que mi madre conocía ya no existía. Punto de vista GASPAR El eco de mis pasos resonaba en el despacho de mi padre como si fuera un tribunal. Octavio Doménech estaba de pie junto a la ventana, con la espalda erguida y las manos apoyadas en el bastón que ya casi no necesitaba, pero que usaba como símbolo de autoridad. Me observó sin girarse del todo, apenas ladeando la cabeza. —No esperaba verte tan pronto, Gaspar. —Su voz era grave, tranquila, como si acabara de anunciar el clima y no una guerra contra mí. Cerré la puerta detrás de mí. El click sonó a sentencia. —Yo tampoco esperaba que usaras mi vida para dar un espectáculo público. Una sonrisa seca se dibujó en sus labios. —Es lo que corresponde. La familia Doménech no se enreda en escándalos de adolescentes caprichosos. Di un paso hacia él, alzando la barbilla. —Hace tiempo que dejé de ser ese adolescente, padre. No soy tu sombra ni un muchacho perdido en un arrebato. Me he forjado solo, sin tus halagos ni tu guía. Y si estoy aquí, es porque quiero que lo entiendas: no voy a retroceder. Octavio se giró del todo, sus ojos grises me estudiaron con calma. —¿No ves lo ridículo? Ella es mayor, Gaspar. —El bastón golpeó suavemente el suelo, marcando cada palabra—. ¿Cómo piensas formar una familia? ¿Cómo seguir con la descendencia de los Doménech? Tus emociones no cambian la biología. Sentí la rabia escalarme por la garganta, pero respiré hondo. Esta vez no iba a gritar. —La biología no garantiza nada, padre. La historia de esta familia lo demuestra. ¿De qué sirvió tu matrimonio perfecto? ¿De qué sirvió tu obediencia a esas alianzas de sangre? Mamá murió sintiéndose un adorno y tú sigues solo en este mausoleo que llamas legado. Por un instante, la serenidad en sus ojos se quebró. Pero pronto volvió la dureza. —Tú crees que entiendes, pero no entiendes nada. Me acerqué lo suficiente para que pudiera ver que no había miedo en mi mirada. —Entiendo que no seré como tú. Que no voy a entregar mi vida por un apellido. Si me enamoré de Helena, fue porque ella no me trata como un Doménech. Ella me ve. Y eso es más de lo que tú hiciste jamás. Octavio entrecerró los ojos, como si midiera el peso de mis palabras. —Ese “ella” puede destruirte. —No, padre. —Negué con firmeza—. Esa “ella” es lo único que puede salvarme. Hubo un silencio espeso, casi insoportable. Entonces Octavio apartó la vista, como si estuviera mirando más allá de mí, hacia un horizonte que solo él podía ver. —Veremos cuánto dura tu rebeldía, Gaspar —murmuró al fin, sereno, pero con el filo de una amenaza invisible. Yo di media vuelta y abrí la puerta. —No es rebeldía, padre. Es mi vida. Y esta vez, no pienso dejar que nadie más la dirija. El portazo retumbó como una declaración de independencia. Punto de vista GASPAR La había visto entrar hecha un torbellino, con los ojos encendidos de rabia y ese andar rápido que siempre anunciaba tormenta. Gaspar se recostó contra el escritorio, cruzando los brazos, como si estuviera esperando el espectáculo. —Así que ahora resulta que tienes novia oficial —escupió Helena, sin rodeos. Gaspar arqueó una ceja, dejando que el silencio la mordiera unos segundos antes de responder. —¿Celos, Helena? No sabía que tenías tiempo para sentirlos. Ella chasqueó la lengua, furiosa. —¿Celos? No te confundas. Solo me parece patético que permitas que tu padre decida por ti. La provocación le arrancó una sonrisa ladeada. Había algo delicioso en verla perder la compostura, en notar cómo cada palabra suya era una declaración disfrazada de reproche. —Patético, dices… —se inclinó hacia adelante, acercándose a ella—. Y sin embargo, aquí estás, buscándome como si te importara. Helena dio un paso atrás, pero su mirada seguía fija en la de él, sin rendirse. Esa resistencia era lo que lo enloquecía. —Lo que me importa es que me arrastres contigo a este circo —replicó, la voz temblando entre la furia y algo más. Gaspar disfrutó ese temblor. Era la prueba de que, por más que ella lo negara, había algo más fuerte que la rabia latiendo entre los dos. —Entonces admítelo —murmuró, acorralándola contra la pared—. Admítelo, Helena, que lo que te quema por dentro no es la conferencia ni mi padre… sino que la idea de verme con otra te destruye. Ella abrió la boca para responder, pero Gaspar no le dio tiempo. Sus labios se posaron sobre los de ella, firmes, hambrientos, como quien reclama un territorio que ya considera suyo. Fue un beso breve, intenso, cargado de una verdad que ambos habían intentado ocultar. Cuando se separó, sus ojos seguían clavados en los de Helena, brillando con una mezcla de desafío y promesa. —Si quieres —dijo con una calma peligrosa—, de esta saldremos juntos. El silencio posterior fue aún más elocuente que el beso.
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