Capítulo 30

1772 Words
Punto de vista GASPAR El despacho estaba en penumbras, la única luz era la que se colaba entre las persianas. Llevaba horas sin moverme, con el nudo en el pecho cada vez más apretado. La imagen de Helena junto a Iván en la junta me quemaba por dentro como ácido. La puerta se abrió y Samuel entró con su discreción habitual. —¿Quiere que traiga algo? —preguntó con voz baja, como si temiera romper el aire pesado que me rodeaba. Negué con la cabeza. —Lo que quiero —dije, con la voz áspera— es entender cómo diablos me la arrebataron en cuestión de minutos. Samuel me observó en silencio, pero no necesitaba responder. Yo mismo sabía la respuesta: Octavio, Isadora, todos ellos habían armado la jaula. Me pasé una mano por la cara y solté un suspiro que no me aliviaba nada. —¿Sabes qué es lo peor, Samuel? —pregunté sin mirarlo—. Que una parte de mí teme que ella termine acostumbrándose a esa mesa, a ese mundo… y que al final descubra que yo no soy lo que necesita. El silencio me dolió más que cualquier palabra. Samuel no se atrevía a interrumpirme. —Prefiero que me odie —murmuré al fin, la voz rota—. Prefiero que me odie antes que verla convertida en una pieza dócil de Octavio. El eco de mis propias palabras me desgarró. Porque aunque sonaban como un juramento, en el fondo eran el miedo de un hombre que no sabía cómo proteger lo único que realmente quería. Samuel carraspeó suavemente. —Entonces no la obligue a elegir entre usted y el mundo, señor. Enséñele que puede tener ambos. Lo miré por primera vez esa noche. La calma en su rostro contrastaba con el incendio en el mío. Y supe que, aunque nunca lo admitiría en voz alta, Samuel tenía razón. Punto de vista HELENA La habitación olía a medicamentos y silencio. La luz tenue de la lámpara caía sobre el rostro cansado de mi padre, y por un instante me dolió verlo tan lejos del hombre que había construido un imperio con la fuerza de sus propias manos. Me acerqué a la cama y él abrió los ojos. Su sonrisa débil aún tenía un destello de orgullo. —Helena… has vuelto. Me senté a su lado y tomé su mano. —Sí, padre. Estoy aquí. Sus dedos temblaban, pero me apretaron con la misma determinación de siempre. —Sé lo que hicieron en la junta. Iván… —hizo una pausa para tomar aire—. No dejes que decidan por ti. Ni en los negocios, ni en el amor. Lo miré sorprendida. No esperaba que él tocara ese tema. —Yo cometí ese error —susurró—. Dejé que me dijeran con quién debía casarme, qué alianzas eran convenientes. Creí que protegía el apellido… pero al final sacrifiqué demasiado. Me quedé con un legado frío y una vida vacía. Tragué saliva, sintiendo las lágrimas presionar. —Padre… —No repitas mi error —me interrumpió, apretando mi mano con la poca fuerza que le quedaba—. Defiende lo que amas, aunque el mundo te diga que no sirve. Pero tampoco permitas que lo que construí con mis manos caiga en las de quienes solo buscan destruirlo. Su respiración se hizo pesada, pero sus ojos ardían con claridad. —Ese imperio es tuyo ahora. Hazlo fuerte. Hazlo justo. Y no dejes que te arrebaten ni el corazón ni el apellido. Besé su frente, prometiéndome en silencio que esas palabras no se borrarían jamás. Punto de vista IVÁN La copa de whisky me sabía a triunfo. Por fin volvía a sentarme al lado de Helena, por fin todos habían visto que juntos seguíamos siendo una imagen poderosa. No importaba lo que ella pensara ahora: tarde o temprano se daría cuenta de que el consejo, la familia, hasta su propio apellido, me necesitaban a su lado. Isadora interrumpió mis pensamientos con esa voz suave que siempre ocultaba un filo. —Lo de la junta fue un golpe maestro… pero solo es el comienzo. Levanté la vista hacia ella, arqueando una ceja. —¿Y qué más quieres que haga? Helena ya está a mi lado, los viejos lo vieron, y Gaspar no tiene nada que ofrecer contra eso. Ella sonrió con una paciencia que me irritaba y me atraía al mismo tiempo. —No basta con sentarte junto a ella en una mesa, Iván. Si quieres el reconocimiento total, debes ser tú quien dé el paso al frente. —¿Qué paso? —pregunté, aunque en el fondo ya lo sabía. —Divorciarte —dijo sin rodeos, sus ojos brillando con determinación—. Cuanto antes. El golpe me dejó mudo un instante. No porque no lo hubiera considerado, sino porque aún quedaban cabos sueltos, cuentas por arreglar… y un ego herido que no quería reconocer que había fracasado en su matrimonio. —No es tan simple —murmuré. —Claro que lo es —replicó, inclinándose hacia mí—. ¿Quieres que los accionistas te reconozcan como el hombre que sostiene a Helena? ¿Quieres que ella misma no tenga excusas para apartarte? Entonces debes estar libre. De lo contrario, todo esto se vendrá abajo y tu nombre será solo una nota al pie. Bebí otro trago, más amargo que el primero. Me conocía demasiado bien: apelaba a mi orgullo, a esa necesidad de demostrar que yo no era un hombre descartable. —Lo haré —dije al fin, convencido de mi propia verdad—. Helena merece un aliado fuerte, no un hombre a medias. Y yo soy el único que puede estar a su altura. Isadora sonrió, satisfecha. Yo no vi la trampa detrás de esa sonrisa, porque estaba demasiado ocupado imaginando el momento en que Helena, por fin, aceptara que siempre había sido yo. Punto de vista ALICIA Había pasado la tarde revisando informes, intentando poner orden en el caos que mi hermano siempre dejaba detrás de sus tormentas. Gaspar ardía, y yo recogía cenizas. El golpe en la puerta fue suave, casi innecesario. —¿Molesto? —preguntó Lautaro al entrar, con esa calma que parecía hecha a medida para sacarme de quicio. —Siempre molestas —repliqué sin levantar la vista de los papeles. Él sonrió y se acomodó frente a mí, cruzando una pierna con gesto elegante. —Lo sé. Pero admitelo, un poco de mi compañía te salva de ahogarte en tanta seriedad. Alcé la mirada y lo encontré observándome, directo, como si pudiera atravesar mis defensas con una simple ceja arqueada. —¿Vienes a hablar de Gaspar y Helena o a distraerme a propósito? —pregunté. —De ambas cosas —dijo, con una tranquilidad irritante—. Gaspar y Helena me preocupan… y tú también. Ese “tú” me descolocó más de lo que hubiera querido. —Me preocupa que mi hermano no sepa dónde parar —murmuré, bajando la voz—. Lo he visto perder el control antes. Y no siempre sé cómo salvarlo. Lautaro inclinó la cabeza, sus ojos fijos en mí. —Quizás no tengas que salvarlo siempre. Quizás sea hora de que alguien te salve a ti. El aire se me atascó en la garganta. No era una frase inocente: sonaba demasiado personal. Me forcé a recuperar el tono sarcástico. —Eres insoportable. Se levantó despacio, inclinándose apenas sobre mi escritorio. —Y sin embargo, aquí estás, escuchándome. —Una sonrisa ladeada se dibujó en su boca—. Admitelo, Alicia: me toleras más de lo que dices. Me odié por sonreír. —No cantes victoria tan rápido. —No lo haré —contestó, mirándome con una intensidad que me encendió las mejillas—. La victoria sabe mejor cuando se hace esperar. Punto de vista HELENA La invitación estaba sobre la mesa cuando entré en el despacho. El sello del Grupo Doménech brillaba en dorado, impecable, como todo lo que Gaspar tocaba. La abrí con cuidado, aunque ya presentía lo que encontraría: la gala anual de la corporación. Asistencia obligatoria. —Es una oportunidad —dijo Isadora, recostada en la silla con gesto triunfal—. El Grupo Doménech es demasiado poderoso. Si tu apellido quiere mantenerse vivo, debes estar allí. El corazón me dio un vuelco. No lo decía, pero yo lo sabía: Gaspar estaría en esa gala. Él, en su territorio, rodeado de su gente. Y yo… al lado de Iván. —¿Y si no quiero ir? —pregunté, aunque la voz me salió más frágil de lo que pretendía. Isadora me miró como a una niña caprichosa. —No se trata de querer, Helena. Se trata de sobrevivir. Si quieres que el consejo siga viéndote como alguien viable, debes presentarte. Y debes hacerlo con Iván. Sentí la sangre hervir. La idea de posar junto a él, de fingir fortaleza a costa de mi dignidad, me revolvía el estómago. Pero sabía que negarme significaba darle a Octavio y a Isadora la excusa perfecta para dejarme fuera. Guardé la invitación en el bolso con un gesto seco, mientras mi madre sonreía satisfecha. Por dentro, maldije. No era una gala. Era una emboscada. Y esta vez, en el territorio de Gaspar. Punto de vista GASPAR Samuel dejó el sobre sobre mi escritorio como si fuera un documento cualquiera. Pero no lo era. Reconocí el sello dorado antes de abrirlo, y el peso en el estómago me lo confirmó: la invitación oficial al evento del Grupo. La leí en silencio, la mandíbula apretada. Una gala. Asistencia obligatoria. Helena estaría allí, al lado de Iván. Y Octavio lo sabía, maldito zorro. —¿Quiere que preparemos la agenda? —preguntó Samuel, con esa neutralidad que no engañaba a nadie. No contesté al instante. Solo dejé caer la invitación sobre el escritorio, como si así pudiera aplastarla. —Claro que iré —dije por fin, con la voz baja, áspera—. No pienso regalarles el espectáculo de verme huir. Me pasé una mano por el rostro y solté una maldición. Sabía lo que me esperaba: verla colgada del brazo de Iván, fingiendo que todo estaba bajo control mientras por dentro se rompía tanto como yo. Y lo peor era que tampoco podía engañarme: Adriana estaría allí. Ella jamás desperdiciaba la oportunidad de aparecer justo cuando más podía hacer daño. Cerré los ojos un segundo, odiando la sensación de que el tablero ya estaba armado, de que todos los movimientos estaban calculados… salvo los míos. —Maldita sea —susurré, golpeando el escritorio con la mano—. Maldita sea.
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