En una casa en apariencia abandonada, en aquel pequeño municipio Ayacucho del Estado Táchira en Venezuela, el cual tiene frontera con Colombia, se encontraban un grupo de hombres misteriosos reunidos a la luz de unas cuantas velas sentados todos frente a una mesa de madera muy frágil, aquellas personas reunidas tenían una característica en común, eran pertenecientes a un grupo autodenominado como Agrupación Revolucionaria de Izquierda, mejor conocida por sus siglas (ARDI).
El ARDI no era considerado a la luz pública como nada, debido a que no era tan notorio como otras agrupaciones que tenían una ideología política que buscaba el clamor nacional o al menos la vista internacional. La verdad de la clandestinidad del ARDI era precisamente que desde su escasa o nula presencia podía hacer o deshacer cualquier tipo de acciones sin que la policía, el ejército o cualquier rama de la ley pudiera verlos, se auto consideraban como la sombra detrás del sistema, una sombre que se ceñía detrás de los objetos más importantes del país.
Su composición ha sido de forma diversificada, pero aunque predicaban los valores de la igualdad social revolucionaria, existía una jerarquía que cualquier invidente podría notar, pues es cuestión de perspicacia y no de observación. Lo más bajo de la pirámide estaba conformado por gente que constituía el trabajo en el campo venezolano, en su gran mayoría analfabetas por que las políticas de Estado nunca habían llegado tan lejos. El medio, lo conformaban trabajadores de industrias, sindicalistas y los más agraciados en las habilidades de liderazgo poco desarrolladas que pudieran, como evangelizadores, predicar los ideales del Marxismo. Finalmente, la cima de la pirámide, estaba compuesto por políticos que trabajaban desde la clandestinidad, líderes sindicales y empresarios, quienes desde sus deseos de poder utilizaban las masas para llevar a cabo sus deseos mas oscuros.
Las actividades principales del grupo consistía en hacerse con el poder de la forma pacífica o violenta, pero hacerse con el poder como el fin último, por eso su organización tenía presencia en cada rincón del país, contaba con personalidades importantes e influyentes dentro de los partidos o grupos culturales menos sospechados. Estaban divididos en un sector que se dedicaba a la guerrilla urbana y otro que se dedicaba a la extorsión, contrabando y robo de múltiples sectores productivos. Conjuntamente trabajaban fuera del país en alianzas con grandes empresarios, movimientos sindicales y figuras políticas, como ministros y presidentes, en muchos lugares del mundo. Estaba formada como una red o un árbol que aparentaba bajas y escasas ramas, pero con fuertes e inamovibles raíces que se expandían por sus alrededores.
El tema a tratar por aquellas misteriosas personas, consistía en un plan secreto de nuevos manejos de la organización en la región andina, por lo cual estaban reunidos las personas más allegadas a los lideres, los cuales eran indistinguibles debido a su cambio constante y que solo eran reconocibles por su alias, acompañado de un santo y seña que se enviaba días antes por un correo que pasaba de mano en mano, hasta llegar a su destino.
Desde hace unos días, muchos de los involucrados en la región andina estaban cansados de no permanecer en la acción, debido a que no conformaban sino una ruta de transporte, principalmente de armas y municiones, hacia el interior y la capital del país. Esto genero que la conversación de aquella noche de muy bajas temperaturas debido a la altura geográfica, se llenara cada vez más y más de una posición descontenta de todos los involucrados.
Una de las personas reunidas en aquella casa, exclamo sobre el tema que estaba tratando en voz baja, como si fuera un secreto.
-¡En este maldito pueblo no queda na´!
Golpeando fuertemente la mesa de forma desesperada e inoportuna. Sin embargo, otro sujeto detrás de una ruana y un sombrero de cogollo, quien era claramente el líder, se tomo la serenidad de contestarle.
-Camarada, ruego se tranquilice. Por favor vuelva a su asiento y sigamos con nuestro plan.
Exaltado, como si de una ofensa se tratase, aquel hombre altanero y mal hablado, exclamo
-¡Váyase al carajo usted, oiga, su merced no manda aquí!
-Simplemente, le ruego que se calme –contesto de nuevo, con tono apacible–
-¿Sabe qué? Yo mejo´ me voy de aquí, adiós a todos. No sigo en esta vaina. –Dijo, dándose media vuelta, rumbo a la salida–
En aquella casa silenciosa, después de las palabras altaneras, solo pasaron unos segundos de silencio para que luego se escuchara un golpe seco.
El cuerpo de aquel sujeto quien se atrevía a dejar la organización de mala gana, que no había dado ni un par de pasos hacia la salida, cuando yacía sobre el suelo de tierra. Había caído de bruces frente a la puerta de aquella sala, entre la oscuridad y la poca luz proporcionada por las escazas velas con las que se alumbraban, podía percibirse ligeramente un agujero de bala que había traspasado de un punto a otro la cabeza, la sangre estaba por toda aquella habitación, era como si alguien hubiera dejado caer una lata de pintura roja en el piso y hubiera salpicado las paredes de color azul celeste.
Los presentes no podían moverse de lo impresionados que estaban, el acontecimiento no podía parecerles más que un mal sueño, uno de ellos, había caído por la obra de otro de sus miembros. Allí se hallaba su asesino, sentado, con su brazo derecho apuntando hacia la puerta, en su mano empuñaba un revolver Nagant M1895 calibre 8mm de fabricación francesa, un arma simple, pequeña pero sumamente efectiva, en su cañón tenía un accesorio no conocido por los presentes, era relativamente nuevo para muchos, un silenciador.
Algunos de los presentes, aun absortos, no habían caído en cuenta de que se trataba del hombre de ruana, apacible y de carácter afable que intento hacer entrar en razón a aquel que yacía hombre muerto en la habitación. Sus camaradas habían quedado anonadados con aquel hecho, solo la disposición del acontecimiento traumático a algunos les permitía ver atónitos el cuerpo en suelo, otros observaban llenos de pánico el arma y la cara de quien había disparado.
-Insistí en que permaneciera sentado. Esto creo que les enseñara una lección a todos los presentes: La única forma de retirarse de esta organización es por la muerte o la victoria. ¿Entendido camaradas?
Todos asintieron ante las palabras de aquel sujeto, quien no había perdido la calma a pesar de haber asesinado a uno de sus semejantes.
Quien había disparado, se distinguía entre los otros miembros por el alias de “Sucre”, todos los líderes contaban con algún alias que pudiera distinguirlos de su vida social, esto se debía principalmente a que saber sus verdaderos nombres podría ser perjudicial para la profesión o rango que ocuparán. Sin embargo, este llevaba por nombre Jesús Faría ante la vida pública, su ocupación era sindicalista, líder y m*****o pleno de las sindicatos de las industrias petroleras más importantes del país. Entre todos los miembros del grupo era considerado uno de los más aguerridos y valientes, pues llevaba a cabo misiones que podrían ser consideradas altamente peligrosas. Sin embargo, su testarudez, analfabetismo y poca intelectualidad de tiempos pretéritos, lo había condenado a estas actividades dentro de la organización.
Prosiguió con la conversación, interrumpida solo por aquel que se había atrevido a alzar la voz.
-Lo que vamos a hacer hoy es simple muchachos. Nos dirigiremos a la frontera con el país hermano a buscar un hermoso regalo que nos tiene directamente el alto mando. Algunas ametralladoras, armas alemanas y otras cositas, las montaremos en un camión después y asunto arreglado. Saquen a esa basura del piso que partimos en algunas horas.
Sin decir otras palabras, se levanto, guardo el revólver entre su pantalón, tomo una vela de las pocas y se dirigió a una habitación que previamente, los presentes habían condicionado para él.
Unas horas más tarde del vil asesinato cometido por Faría, el cuerpo que estaba en el suelo había desaparecido, aquellos hombres salieron de la casa abandonada en plena madrigada para dejar el cuerpo de su ex compañero en alguno de los barrancos de aquellas numerosas colinas, en las que se encontraban escondidos, ocultándolo así de la vista de las autoridades o personas que pudieran pasar por aquel lugar.
En el momento en que “Sucre” había salido de su dormitorio alcanzaba su reloj de bolsillo a señalar las 5:25am, era hora de proseguir hasta el punto donde el solo sabía que sería recogida la mercancía, tomo sus cosas, ordeno a los que no se hallaban aun despiertos y partieron aquella noche entre los sonidos de sapos y grillos, para internarse en las cobijas de la oscuridad.
Caminaron hasta un punto desconocido entre la frontera colombo-venezolana para recoger un cargamento de armas y municiones que serian entregado por soldados colombianos antes del amanecer, cuando llegaron al tal punto, estaban exhaustos, así que se detuvieron para descansar. Una vez llegada la mercancía a las manos de nuestros conspiradores, partieron hacia un camino de tierra a unos 200 kilómetros del lugar donde se encontraban, los esperaban algunos camiones y personas, depositaron las cajas con armas y municiones en ellos, los cuales posteriormente serian cargados con plátanos, entre otras frutas, para cubrirles y pasar desapercibidos.
Faría se despidió de sus compañeros, pero no sin antes dar órdenes precisas para asegurar el orden que debían seguir manejando, de lo contrario, podrían afrontar serias consecuencias de otros liderazgos más fuertes y viles que él. Los camiones partieron desde aquella profunda y olvidada localidad del Estado Táchira, hasta la ciudad capital. Los únicos retenes que encontraron eran de la misma organización para ordenar y redistribuir los demás camiones, que en total eran uno siete, y que solamente entraron dos a Caracas, uno de ellos manejados por él.
Una vez en la capital, ya entrada la madrugada, estacionaron en una de las casas del sector de Catia, en la Parroquia Catedral, ubicada al noroeste de Caracas. Allí descargaron el camión que manejaba el mismo Faría y el otro camión prosiguió al otro extremo de la ciudad. Una vez seguros ambos cargamentos, la siguiente noche, 5 de enero para ser más precisos, se reunió con Faría en la casa un grupo de políticos que se encargarían de discutir los planes para los que se utilizaría el armamento proveniente de Colombia.
Entre los presentes se encontraba el senador por el Partido Socialista de Venezuela, Juan Bautista Fuenmayor, principal líder también del ARDI, además de otro par de congresistas miembros del mismo partido, Francisco José Delgado cofundador del PSV, y Miguel Acosta Saignes, entre otros conspiradores de los partidos de Acción Democrática y Unión Republicana Democrática, pero estos últimos estaban compuestos de pequeños militantes juveniles que se habían infiltrado en aquellos partidos para dañar la ideología de otros de sus colegas.
Fuenmayor presidia aquella noche la junta, en un pequeño podio improvisado, en aquella extensa casa, delante de unos 30 militantes del PSV y ARDI, se aclaro la garganta para declarar las siguientes frases, que para quien las escuchase, resultarían poéticamente llenas de fanatismo.
-Caballeros, más que eso, corrijo, camaradas. Considero que ha llegado el momento de la patria unida, fuerte y soberana. Este es el momento de organizar nuestras clases proletarias y sobre todo, sindicales, para dar la batalla en los diversos terrenos que debemos albergar. Mañana, 6 de enero, nuestras manos liberaran el yugo tiránico que los imperios popularizaron como nuestros líderes y que traicionaron a la generación del 28. Nosotros tenemos la obligación solemne de darle una indemnización a aquella generación traicionada, mancillada y puesta de rodillas, ese día será mañana camaradas. Por eso a continuación detallaremos los pasos a seguir por los involucrados en nuestro plan.
De esa forma, culminaban las palabras, pero la demagogia seguía el curso a través de aquel macabro plan. Según todo lo construido, se proyectaba dar un duro golpe a la institucionalidad republicana a través de un atentado directo al presidente Betancourt cuando terminara la solemne ceremonia inaugural al nuevo año de la patria, donde estaría todo el alto mando militar, los senadores y congresistas más influyentes de la nación, incluida la prensa y algunos magnates.
Para la extrema izquierda iba a ser el punto cumbre de la caída de la democracia venezolana, sin embargo, a pesar de que el plan seria asesinar a Betancourt con algunos disparos de tiradores que se posicionaran en puntos estratégicos, Faría propuso intercambiar los disparos, que podían ser poco certeros, por una explosión a través de dinamita, la cual sería colocada en alguno de los automóviles de los presentes en la reunión actual. Al principio fue tomado como un descabellado plan que podría resultar con cualquiera muerto, menos el objetivo.
Para algunos de los presentes, en los cuales se encontraba Delgado, estaban dispuestos a asumir el riesgo de la dinamita, pero magnificaron la explosión, colocándola no en un solo automóvil, sino en dos. Esto termino de convencer a los presentes, quedando como el plan definitivo para articular a la mañana siguiente. Una vez culminado todos los detalles de la reunión, se escogieron a dos voluntarios para colocar la dinamita en los automóviles que estarían en la puerta por donde presuntamente saldría el presidente, para poder colocarlas tendrían que portar uniformes del ejército robados para así poder entrar y salir del edificio sin levantar sospechas. Uno de los voluntarios, era el mismo intrépido Faría.
Culminada la reunión, Faría se quedo guardando las sillas de la reunión, ya entrada la noche, cansado por el extenso y complejo plan, decidió irse a descansar en una de las habitaciones, entro, dejo el revólver sobre la peinadora ubicada en la esquina contraria a la cama, quito sus botas con un poco de esfuerzo y se arrojo sobre el colchón esponjoso. A pesar de su agotamiento físico, no pudo dormir aquella noche, la razón se hallaba en lo más profundo de su psique, palpitando entre sus pensamientos, estaba el deseo de muerte que propinaría la mañana siguiente, sentía en aquella oscura habitación que vivía para producir materialmente el caos, no le importaba permanecer o no dentro de la política, solo quería ejercer el poder a través de la fuerza que desde muy niño le fue inculcada.
Tramando esto, entre sus pensamientos, solo sonreía con los ojos cerrados, imaginando como el país podía cambiar gracias a lo que, según aseguraba en su vil fantasía, haría él para liberarla de la maldad que se cernía desde hace décadas. Pensó que solo el caos podía traer orden y que para eso era necesario su obra en el país. Así paso toda aquella noche, hasta que el alba se pronunciaba en el horizonte. Se vistió rápidamente, espero con un poco de café la llegada de su otro compañero, llamado Pedro, preparo la dinamita, algún par de pistolas automáticas por si las cosas salían diferentes, aunque serian escoltados luego de las explosiones por camaradas armados que evitarían una posible captura, y se marcharon al punto de donde saldrían rumbo al Congreso Nacional.