Manuel
Vi a Gabriel entrar a la iglesia y acomodarse al lado de un hombre en la segunda fila de asientos. Se acomodó en una punta, así que aproveché para sentarme en los asientos de los laterales. Le sonreí cuando me miró, después desvié la mirada al hombre que lo acompañaba para saludarlo también.
—Padre Manuel, él es mi papá.
—Encantado, señor —dije extendiendo la mano hacia él.
—Igualmente. Soy Adrián —estrechó mi mano—. ¿Usted va a reemplazar al Padre Basilio? Escuché algo en el taller.
—Sí, en poco el Padre se jubila y yo me voy a quedar delante de la parroquia.
—Es bueno ver a gente joven que se interesa tanto en la religión —comentó—. Gabi está estudiando teología. Nos hubiera gustado que fuera al sacerdocio, pero él decidió una licenciatura.
La cara de Gabriel se volvió roja de repente haciendo que se me saliera una sonrisa. Él desvió la mirada al suelo, evidentemente estaba avergonzado por lo que había dicho su papá.
—La licenciatura en teología también es una buena carrera. Incluso podría trabajar acá, en la parroquia.
—Bueno, si Dios quiere, Gabi va a serle de ayuda en lo que necesite cuando termine sus estudios.
—Estoy seguro que sí. Incluso podría ayudar con los chicos misioneros. Te sabés toda la charla, ¿verdad? —Gabriel asintió—. Entonces, podés trabajar ahí mientras.
Le sonreí, aunque no me mirara, él no hizo más que volver a asentir. Le di unas palmaditas en el hombro y me acomodé. Paseé la vista, ahora, por la parroquia que se llenaba poco a poco. Algunos vecinos me saludaban, acomodándose a mi alrededor. Me di cuenta que me costaba un poco recordar los nombres. Estaba seguro que cuando llevara unos años acá, podría recordar a todos sin ningún problema, tal como hacía Basilio.
No pasó mucho hasta que el Padre salió al altar seguido por los monaguillos. Los dos chicos se sentaron a un costado, mientras Basilio daba la bienvenida a los presentes, abrió la Biblia e inició la misa. Sentí una mirada fija en mí, me giré encontrándome los ojos de Gabriel. Me miraba sin ninguna expresión en particular, más bien, parecía intentar descifrar algo en mí. Tenía las mejillas ligeramente rojas, no sabía si tenía calor o se debía a vergüenza por algo. Desvió la mirada unos segundos después, centrándose de nuevo en Basilio y sus palabras. ¿Necesitaba preguntar algo? Podría estar pasando un mal momento y necesitara hablar. Me giré de nuevo al Padre Basilio. Por un segundo se me había olvidado que tenía que prestar atención a la misa, en no mucho iba a estar en ese mismo lugar.
Cuando la misa terminó, me levanté para dirigirme a la puerta principal y saludar a los que asistieron. Apenas noté a Gabriel salir, parecía que se escondía de mí a veces. El poco tiempo que llevaba acá, él apenas me había hablado. Si no fuera porque nos cruzamos esta mañana, probablemente tampoco nos hubiéramos hablado demasiado. La mayoría de los jóvenes se acercaban a mí a hacerme preguntas, sobre todo para saber si Basilio estaba disponible. Pero él parecía huir de mí, casi como si me tuviera miedo. Cuando todos salieron, me volví a ver a los monaguillos guardar los elementos como siempre. Los chicos se fueron unos minutos después corriendo como siempre. Caminé hasta la reja principal y la cerré antes de mirar a la calle casi desierta. Pocas personas pasaban por la vereda volviendo de sus trabajos.
—Es muy tranquilo, ¿no?
Pegué un saltito cuando escuché la voz de Basilio, me giré para mirarlo, él me sonrió.
—Sí, se parece al barrio donde crecí —sonreí con un poco de tristeza—. Deberíamos entrar, hace frío y las Hermanas van a servir la cena.
Asintió y entró, lo seguí pensando en mi familia, en los recuerdos que tenía de Bahía Blanca, de mis amigos, de mi hermana cuando nos dábamos pataditas debajo de la mesa para molestarnos, pero que terminó siendo un signo de complicidad entre nosotros, sobre todo cuando nos quedábamos en casa de nuestra abuela. Caminamos hasta el comedor, nos sentamos en la mesa principal rodeados de monjas y novicias. Nieves era quien cocinaba hoy y las novicias apenas ingresadas se encargaban de servir la cena. En pocos días, las muchachas se iban al claustro antes de distribuirse por varias provincias. El plato de estofado me llegó de la mano temblorosa de una de ellas, no estaba seguro, pero creía que era Noelia, una chica bajita, delgada y de ojos como el carbón. Me di cuenta de lo malo que era para recordar los nombres, no era raro que me costara acordarme de los vecinos del barrio.
Comimos conversando amenamente. Hoy tampoco llegábamos a utilizar las cuatro largas mesas, la mayoría de las monjas de la parroquia estaban enclaustradas o en San Cayetano, según me había dicho Basilio. María también estaba enclaustrada, así que por unos días no iba a tener con quien hablar mientras no estaba practicando la misa del bautismo o cuando no tenía más nada que hacer que pasearme por la parroquia. Cuando terminamos de cenar, Basilio salió del comedor rápidamente, por mi parte, ayudé a las novicias a levantar lo que habíamos utilizado para llevarlos a la cocina. La Hermana Nieves siempre evitaba que me quedara a ayudarlas de más, bajo el argumento de "esto no es trabajo de hombres", me sacaban del comedor. Me encerré en mi habitación pensando que, cuando me hiciera cargo de la parroquia, cambiaría cómo se manejaban las cosas. Me cambié la ropa por mi pijama, apagué la luz y me acosté pensando en lo que me gustaría cambiar. Sabía que no lograría cambiar la tradición de toda la religión, pero al menos acá quería que las cosas fueran distintas. De repente, en mi mente apareció la cara de Gabriel. Había algo en mi cabeza que evitaba que dejara de pensar en él. Desde el primer día que lo vi me había llamado la atención al punto de necesitar hablarle. No entendía qué lo hacía tan llamativo para mí, después de todo, no era más que un chico joven como cualquier otro, pero no podía dejar de pensarlo. Cerré los ojos intentando centrarme en cualquier otra cosa que no fuera Gabriel y su cara colorada cuando hablábamos antes de la misa.
Me desperté cuando los primeros rayos de sol empezaban a asomar tímidamente. Abrí los ojos con pereza, al instante me acordé que no había orado por la noche, había estado tan sumido en mis pensamientos que ni siquiera lo había recordado. Normalmente era algo automático, lo hacía desde que era chico, pero anoche Gabriel se llevó toda mi atención. Me senté en la cama y, antes de siquiera desperezarme, junté mis manos entrelazando los dedos para comenzar a rezar. Al terminar, me levanté, saqué una camisa limpia y me metí en el baño. Me duché lo más rápido que pude y salí para ponerme frente al espejo. Me peiné y me afeité antes de salir listo por fin. Caminé hasta el comedor y me senté al lado de Basilio como siempre, él me saludó molestándome por la tardanza que tuve en salir de mi habitación. Nieves, encargada de nuevo de la cocina, me sirvió una taza de café con leche como ya empezaba a ser costumbre. Le agradecí antes de unirme a la oración de Basilio.
Pronto tuve que volver a mi habitación para preparar la misa que tenía que dar. Más bien, tenía que preparar la primera charla con los padres de los chicos. Imaginaba lo que tenía que decirles, pero no estaba seguro, después de todo, no nos habían preparado para esa parte en el seminario. Abrí el Leccionario y el libro sobre el ritual, anoté algunas cosas sin prestar demasiada atención. Sentía el estómago revolvérseme de los nervios. Era casi como si alguien lo retorciera como si fuera una esponja o un trapo al que se le quería sacar el agua por completo. Cerré los ojos unos segundos distrayéndome con el canto de los pájaros que entraban desde afuera. Al menos servía para que me calmara un poco a pesar de no estar avanzando demasiado. Respiré profundo y abrí los ojos con la idea de intentar concentrarme en lo que tenía que hacer, pero unos golpes en la puerta hicieron que me distrajera de nuevo. Me levanté y fui a abrir, del otro lado estaba la Hermana Belén, me avisó que Basilio quería que lo viera en la oficina principal. Hasta ahora, no había entrado ahí. Tenía entendido que era el lugar desde donde el Padre administraba la parroquia, donde tenía las listas de personas que llegaban y se iban. Estaba seguro que tenía mis papeles también. Eché a caminar por el ala contraria de la parroquia, el lugar por donde nunca iba; no le había preguntado a la Hermana dónde quedaba, pero no era un lugar demasiado grande como para perderme. Tenía que pasar frente a la puerta que llevaba al altar y girar a la derecha en una esquina. Al final del corto pasillo estaba la puerta. Toqué, desde adentro se escuchó un "pase". Entré pidiendo permiso como si no hubiera tocado la puerta antes,
—Sentate, por favor. Termino esto y hablamos.
Asentí sentándome en la silla que estaba del otro lado del escritorio. Basilio tenía la mirada clavada en unos papeles en los que escribía concentrado. Me dediqué a observar a mi alrededor, en poco ese lugar iba a pertenecerme, yo iba a estar en el lugar del Padre, iba a tener que encargarme de todo, así como lo hacía él. Pensé que hubiera sido útil que nos enseñaran algo de administración, de solo ver las gruesas carpetas etiquetadas que Basilio tenía atrás, me sentía perdido ya.
—¿Cómo vas con la preparación de la misa?
—Bien —suspiré—. Bueno, no muy bien. Cada vez que me siento para preparar lo que voy a decir, me asaltan los nervios.
Basilio se rio haciendo que su voz grave retumbara en las paredes prácticamente vacías.
—Me hacés acordar a cuando era joven —volvió a reírse—. Bueno —entrelazó las manos sobre el escritorio—, tengo que terminar algunas cosas, pero esperame en el altar, vamos a aprovechar el tiempo antes de la misa.
Asenté de nuevo sin decir nada. Me hizo una seña para que saliera, me levanté, le agradecí y salí para ir hasta el altar. Normalmente la parroquia estaba vacía cuando no había misa, pero la figura de una persona en el último asiento me llamó la atención. Era Gabriel, estaba arrodillado en reclinatorio con la cara ligeramente escondida detrás de sus manos entrelazadas, pero era posible saber quién era. Estaba a punto de caminar hasta él para saludarlo cuando Basilio me llamó desde la puerta por la que había entrado hacía unos segundos. Lo seguí hasta el cuarto donde se guardaba el alba con la mente en Gabriel. Sentí, por un segundo, que no podría concentrarme con él ahí. No quería que se fuera, me gustaría hablarle un poco más, pero ahora no iba a poder hacerlo, sino que le enseñaría lo poco que podía concentrarme en lo que debía hacer. Estaba seguro que iba a quedar en ridículo cuando me olvidara de lo que tenía que decir; que se iba a burlar o le iba a comentar al barrio entero que el nuevo Padre de la parroquia no servía ni siquiera para hacer una práctica de un bautismo. Sentí como si me estrujaran el estómago de nuevo, no esperaba otro espectador que no fuera Basilio.