Claudia estaba muy contenta observando su reino, un viejo Conde enganchado con su juventud y su belleza tenía una inmensa fortuna y su casa era enorme y lujosamente adornada. Y su habitación era impresionante. Claudia no había visto un lugar así en su vida, lleno de pinturas y esculturas que curiosamente eran de mujeres desnudas. Ese Conde se las traía y ella había sido objeto de mucho interés para el viejo Conde Mortimer. A ese hombre ella le había gustado mucho y la había convertido en un capricho y un deleite personal. Mientras Claudia lo veía dormir a su lado se imaginaba una vida de extravagancias a las que podría acceder por medio se sus favores al Conde Mortimer. Estaba encantada con su suerte, aunque sus intereses sentimentales había cambiado de destinatario. Ya no sentía

